La verdad como primera víctima en los conflictos bélicos
Como bien se sabe, en toda confrontación armada la primera víctima que cae es siempre la verdad. Lo que está ocurriendo actualmente con Irán confirma esta regla de manera contundente. Con el transcurso de los días, la ofensiva liderada por Estados Unidos –en estrecha alianza con Israel– ha ido modificando sus argumentos de manera notable: primero fue la amenaza nuclear inminente, luego la neutralización de misiles, y más tarde la promesa de liberar a un pueblo sometido por un régimen considerado brutal.
Cuando las razones para una intervención cambian con tanta facilidad, lo que realmente se debilita no es el enemigo sino la credibilidad de quienes las esgrimen.
De Irak a Irán: un patrón que se repite
Nadie en su sano juicio puede defender al régimen de los ayatolás iraníes. Se trata de un gobierno autoritario, represivo y estructuralmente hostil hacia las libertades básicas. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre condenar una tiranía y legitimar una intervención extranjera arbitraria construida sobre mentiras.
La inconsistencia comienza con el pretexto nuclear. En junio del año pasado, tras los bombardeos de la denominada operación Martillo de Medianoche, Donald Trump aseguró que el programa nuclear iraní había quedado completamente desmantelado. Si esa afirmación era cierta, ¿por qué reaparece ahora la urgencia de actuar? ¿Mintió entonces o está mintiendo ahora?
En este punto resulta inevitable recordar a George W. Bush y las célebres armas de destrucción masiva en Irak. Con una diferencia nada menor: Bush, al menos, solicitó autorización al Congreso estadounidense, aunque lo hiciera respaldado en informes falsos que posteriormente se desmoronaron. En esta ocasión ni siquiera se cumplió ese trámite formal.
Venezuela: el petróleo como interés central
Lo ocurrido con Venezuela respondió a la misma lógica engañosa. Para justificar el rapto del sátrapa Nicolás Maduro se invocaron vínculos criminales y la defensa de la seguridad hemisférica, cuando en realidad la tiranía bolivariana representaba una amenaza principalmente para los propios venezolanos, no para Estados Unidos.
El mismo Donald Trump terminó despejando cualquier duda al respecto: su interés central era el petróleo venezolano. La democracia podía esperar.
En esa misma línea se hace más notorio el hilo conductor de los combustibles fósiles. Tanto Irán como Venezuela eran proveedores relevantes de petróleo que terminaba en buena medida en China. En 2025, aproximadamente 1,3 millones de barriles diarios iraníes llegaban a refinerías chinas, junto con cientos de miles de barriles venezolanos.
Reducir esos flujos energéticos no derrumba económicamente a Pekín, pero sí altera significativamente sus cuentas energéticas. De esta manera, Trump juega estratégicamente a dos bandas: afecta los suministros para China mientras refuerza una alianza clave con Israel.
La dimensión política y los costos humanos
Más allá del cálculo energético y económico existe una dimensión política profundamente significativa. Durante décadas, Benjamin Netanyahu ha mantenido una obsesión con Irán, presentándolo constantemente como una amenaza existencial para Israel.
Desde la ONU hasta el Congreso estadounidense, su discurso ha girado persistentemente alrededor del peligro iraní. Con Trump en la Casa Blanca, y sin las cortapisas diplomáticas habituales, finalmente pudo lanzarse de frente contra el régimen iraní.
La coyuntura no podía ser más favorable para Netanyahu. Con elecciones a la vista y procesos judiciales abiertos en su contra, el primer ministro israelí necesita proyectar autoridad y éxito, al mismo tiempo que busca disipar de la memoria colectiva el mayor fracaso de seguridad en la historia de su país: el fiasco que permitió los ataques de Hamás en octubre de 2023.
Las guerras, aunque costosas en vidas humanas, suelen producir cohesión interna y resultan políticamente eficaces para quienes las promueven.
Al hablar de costos humanos, en Irán surge otra falacia preocupante. Si la idea declarada era debilitar a un régimen que margina a las mujeres y las trata como ciudadanas de segunda categoría, no se puede justificar de ninguna manera que en los primeros bombardeos hayan muerto cerca de cien niñas iraníes. Esta realidad resulta simplemente inaceptable desde cualquier perspectiva humanitaria.
Intereses versus valores en la política internacional
En el ámbito de las relaciones internacionales, los valores se defienden en público con discursos grandilocuentes, pero los intereses concretos se negocian en privado con pragmatismo despiadado. Y en Irán –al igual que antes ocurrió en Irak o en Venezuela–, el libreto se repite con inquietante similitud.
No se trata fundamentalmente de la libertad. No es principalmente la seguridad. Tampoco es la democracia el objetivo central. Y esta discrepancia entre el discurso y la realidad no constituye una contradicción accidental, sino una mentira calculada y repetida.
La verdad sigue siendo la primera víctima en estos conflictos, mientras los intereses petroleros, las alianzas estratégicas y las agendas políticas domésticas determinan el curso de acciones que afectan profundamente a poblaciones enteras.



