Hoy, TransMilenio es sinónimo de inseguridad, desaseo, falta de cultura ciudadana, abandono y desidia; una realidad que, a juzgar por los resultados, poco parece importarles a sus directivos. Para ellos, pareciera ser más cómodo ignorar la evidencia que viven los bogotanos a diario dentro del sistema y refugiarse en cifras, cálculos y reportes que no reflejan la experiencia real del usuario.
Problemas estructurales ignorados
No se entiende cómo se pretende luchar contra los colados en un sistema que tiene más de una estación sin puertas. Tampoco se explica cómo se paga a una empresa de vigilancia mediante contratos multimillonarios mientras la inseguridad sigue siendo pan de cada día. Y resulta aún más contradictorio exigir respeto por un sistema que, en la práctica, trata de forma agresiva al ciudadano, con estaciones que distan mucho de ser ejemplo de aseo, higiene y sana convivencia.
Descontento ciudadano en aumento
¿En qué mundo viven la gerente de TransMilenio y su equipo técnico, que no han advertido que estos hechos alimentan el descontento y el desapego ciudadano? No se trata de celebrar reducciones marginales en cifras de inseguridad. El punto de fondo es que los delitos no deberían ocurrir dentro de buses ni estaciones, y es obligación del sistema garantizar que la dignidad de los bogotanos y bogotanas no sea vulnerada.
Ya basta de la costumbre institucional de mirar hacia otro lado frente a la realidad que viven los usuarios. Ya basta de escudarse en indicadores técnicos que poco dicen sobre la experiencia cotidiana de millones de personas. La gestión pública no puede reducirse a balances en papel cuando lo que está en juego es la calidad de vida urbana.
Propuestas para un cambio real
Se requiere que la gerente de TransMilenio recorra personalmente las estaciones, que se suba a los buses en horas pico y que experimente de primera mano lo que viven los ciudadanos. Solo así podrá contrastar sus informes con la realidad y comprender la urgencia de actuar con decisiones concretas y visibles.
Pero más allá de visitas simbólicas, lo que se necesita es un cambio de enfoque: pasar de administrar un sistema a transformarlo. Eso implica asumir responsabilidades, corregir fallas estructurales y recuperar la confianza ciudadana con hechos, no con discursos. TransMilenio no puede seguir siendo un problema que los bogotanos padecen a diario; debe volver a ser una solución digna, eficiente y segura para la ciudad.
La urgencia de actuar sin esperar el metro
Tampoco nos podemos esperar a que el metro empiece a rodar, porque nos podemos quedar como los que soñaban con el posconflicto durante el gobierno de Juan Manuel Santos: con la expectativa y sin las soluciones. Si no existe la voluntad de escuchar, reconocer errores y actuar con firmeza, el deterioro continuará profundizándose. Y con él, crecerá la distancia entre las instituciones y la ciudadanía, una brecha que ningún informe técnico podrá cerrar. Porque, al final, un sistema de transporte no se mide solo en kilómetros o en balances financieros, sino en la dignidad con la que moviliza a su gente.
Por Óscar Sevillano



