La sobreprotección infantil: cómo evitar errores afecta el desarrollo de niños y jóvenes
Durante años, los adultos en su rol de guías han actuado desde un sentimiento humano pero errado: evitar que los niños se equivoquen. Es común anticiparse al primer tropiezo, allanar el camino, intervenir antes de que algo les duela o incomode. Esta lógica, aunque bien intencionada, está dejando a niños y jóvenes mal preparados para la vida real según evidencia creciente.
La "inmunidad al fracaso" y sus consecuencias
Un artículo reciente de Russell Shaw en The Atlantic señala que estamos criando hijos con una especie de "inmunidad al fracaso". Padres que, con la mejor intención, hacen todo para que sus hijos no fallen, no se frustren, no se equivoquen. El problema es que el fracaso no desaparece, solo se posterga. Y cuando llega, puede encontrar a los jóvenes sin herramientas personales para enfrentarlo.
En las escuelas colombianas este fenómeno es cada vez más evidente:
- Estudiantes se angustian desproporcionadamente frente a una mala nota
- Se paralizan por no quedar en grupos determinados
- Sienten que equivocarse es señal de incapacidad, no parte natural del aprendizaje
El valor formativo del error
Crecer implica necesariamente incomodidad, frustración y error. No hay desarrollo sin tropiezos, ni autonomía sin ensayo, ni criterio sin equivocaciones previas. Más importante aún: no hay sentido de logro sin esfuerzo. Por eso es crucial no confundir bienestar con ausencia de incomodidad o retos.
Equivocarse enseña cosas que ningún éxito temprano puede enseñar:
- Ayuda a leer mejor el contexto
- Permite reconocer límites personales
- Desarrolla tolerancia a la frustración
- Enseña a asumir el impacto de las propias acciones en otros
- Descubre recursos internos que solo aparecen cuando las cosas no salen como esperábamos
Experiencias en deporte y educación
Esta idea aparece constantemente en diversos espacios. En el deporte de alto rendimiento, Michael Jordan lo expresó claramente: "No tengas miedo de fallar, porque mucha gente tiene que fallar para tener éxito". Jordan falló tiros decisivos y perdió partidos clave antes de llegar a la cima. Lo que lo distinguió no fue evitar el error, sino aprender más rápido y profundamente a partir de él.
La escuela, además de ser espacio de protección, es un laboratorio que prepara para la vida. Y la vida viene con momentos de goce y éxito, pero también con:
- Decisiones difíciles
- Frustraciones
- Rechazos
- Pérdidas
- Incertidumbre
Tensión en comunidades educativas
En Colombia y otros países, rectores y educadores señalan una tendencia creciente a proteger a los hijos, a toda costa, de situaciones que los saquen de su zona de confort. Cuando los padres intervienen inmediatamente, trasladan responsabilidades o buscan mecanismos para eximir a sus hijos de consecuencias, se pierde el valor pedagógico del error.
El artículo de The Atlantic plantea algo crucial: los niños necesitan experimentar el fracaso en contextos seguros, cuando las consecuencias todavía son manejables. No se trata de abandonar ni exponer sin cuidado, sino de permitir que se equivoquen cuando todavía hay red, acompañamiento y oportunidad de reflexión.
Replanteando prácticas educativas y familiares
Esto nos obliga a repensar muchas prácticas:
¿Estamos evaluando para aprender o para evitar el error? ¿Damos espacio al ensayo, revisión y mejora? ¿O convertimos cada resultado en algo definitivo, cargado de juicio y miedo? También invita a revisar cómo reaccionamos los adultos frente al error: ¿castigamos, rescatamos o ayudamos a pensar?
En los hogares colombianos ocurre algo similar. Cuando resolvemos por los niños, escribimos correos que no corresponden o evitamos cualquier incomodidad social, académica o emocional, el mensaje implícito es claro: no confío en que puedas manejar esto.
Equidad y normalización del error
Uno de los aprendizajes más importantes que puede tener un niño o adolescente es descubrir que su valor no depende del resultado. Que equivocarse no lo define. Que puede fallar y seguir siendo querido, acompañado y respetado.
También es cuestión de equidad. No todos los estudiantes llegan con las mismas herramientas, contextos o apoyos. Si convertimos el error en algo intolerable, reforzamos la idea de que solo algunos "sirven" para aprender. Cuando normalizamos el error como parte del proceso, abrimos espacio para trayectorias diversas, ritmos distintos y aprendizajes más profundos.
Preparación para el futuro real
Preparar para el futuro no es garantizar caminos despejados. Es formar personas capaces de orientarse cuando el camino se vuelve incierto. Personas que se sienten útiles, están motivadas, saben pedir ayuda, revisan sus decisiones, cambian de rumbo y persisten. Y eso solo se aprende equivocándose.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar las preguntas. No "¿cómo evito que mi hijo falle?", sino "¿qué aprende mi hijo cuando se equivoca?". No "¿cómo lo protejo de toda incomodidad?", sino "¿qué tipo de adulto quiero que sea cuando yo no esté para resolver?".
El desafío para madres y padres colombianos no es evitar que sus hijos se equivoquen, sino aprender a estar cuando se equivocan. Estar no es resolver, justificar ni borrar consecuencias. Es acompañar sin rescatar, escuchar sin dramatizar y ayudar a poner en palabras lo que pasó. Es pensar juntos qué se puede hacer distinto la próxima vez y transmitir, con hechos, que un error no define a una persona.
Esta presencia no elimina el malestar inmediato, pero construye algo mucho más duradero: confianza en la propia capacidad de aprender, asumir y seguir adelante. Porque, al final, equivocarse no es el fin del camino, sino una parte inevitable y profundamente formativa de aprender a vivir.