Una de las investigaciones más importantes sobre la felicidad señala, en contra de lo que muchos puedan pensar, que esta no está relacionada con el dinero, la fama o el poder. Las conclusiones del estudio, una investigación longitudinal realizada por la Universidad de Harvard que comenzó en 1938 y ha seguido las vidas de 724 personas y sus familias durante más de 85 años, destacan que las relaciones significativas son la clave de la felicidad. Sin embargo, hoy las personas pasan cada vez más tiempo interactuando con pantallas y, últimamente, con herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT, máquinas que funcionan a base de estadísticas.
La IA funciona cada vez más como un compañero de vida al que acudimos para consultarle sobre cuestiones médicas, personales y de salud mental, aunque investigaciones recientes han alertado sobre los riesgos de usar estas herramientas para consultas vinculadas a la salud. Sobre cómo se articula esta tecnología con las emociones, las relaciones personales y su uso en el ámbito de la salud mental, habló en entrevista con La Nación de Argentina la reconocida psiquiatra española Marian Rojas Estapé, autora de libros como Cómo hacer que te pasen cosas buenas, Encuentra tu persona vitamina y Recupera tu mente, reconquista tu vida, publicados en más de 40 países.
Efectos del uso intensivo de pantallas e IA
Preguntada sobre los efectos concretos que observa en su consulta vinculados al uso intensivo de pantallas y herramientas de IA, Rojas Estapé señala: "Lo que estamos viendo cada vez más es una mente agotada, sobreestimulada y con enormes dificultades para sostener el silencio, la espera y la frustración. En consulta, aparecen personas con más irritabilidad, más cansancio mental, más dificultad para concentrarse, más sensación de vacío y, al mismo tiempo, una necesidad casi compulsiva de estímulo constante".
La psiquiatra explica que el cerebro se acostumbra a la novedad, a la respuesta inmediata, al impacto breve y repetido. "Luego, la vida real, que es más lenta, más compleja y menos espectacular, empieza a parecer insuficiente. La inteligencia artificial entra en este escenario y puede agravarlo si se convierte en otra fuente de inmediatez total".
Según Rojas, si uno tiene una herramienta que responde al instante, organiza, resume, propone, entretiene y hasta acompaña, "el riesgo es que disminuya todavía más nuestra tolerancia a pensar despacio, a dudar, a buscar, a aburrirnos un poco, que es donde muchas veces nace la creatividad y la madurez". La experta aclara que el problema no es la tecnología en sí, sino el tipo de relación que establecemos con ella. "Cuando la tecnología sustituye, en lugar de complementar, el resultado es el empobrecimiento. Cuando acelera todo, pero no da profundidad, fragmenta. Y una mente fragmentada sufre, porque pierde capacidad de foco, de introspección y de presencia".
Dopamina e inteligencia artificial
En sus libros y charlas, Rojas habla mucho del rol de la dopamina en nuestra vida. Preguntada sobre cómo dialoga esto con la inteligencia artificial y si una IA puede ayudar a entrenar la inteligencia emocional, responde: "La dopamina es, en términos sencillos, la molécula de la motivación, de la anticipación, de la búsqueda de recompensa. El problema es que, cuando acostumbramos al cerebro a recibir pequeños premios constantes –respuestas inmediatas, validación rápida, estimulación permanente–, cada vez toleramos menos el esfuerzo que no genera resultados al instante".
La IA, bien usada, puede ser una maravilla, pero mal usada puede convertirse en una máquina de gratificación inmediata. "Ahora bien, también puede ayudarnos. Puede ser útil para entrenar ciertas habilidades si actúa como apoyo y no como sustituto del trabajo interior. Puede ayudar a poner nombre a emociones, a ordenar pensamientos, a ensayar conversaciones difíciles, a proponer ejercicios de respiración, al journaling o reflexión", explica.
Sin embargo, la inteligencia emocional no nace de una respuesta brillante, sino del contacto honesto con lo que uno siente. "Se entrena mirando hacia adentro, aprendiendo a tolerar el malestar, entendiendo la propia historia, regulando impulsos y aprendiendo a vincularse con los demás. La IA puede acompañar ese proceso, pero no reemplazar la experiencia humana de ser comprendido, sostenido y amado de verdad".
Riesgos en el desarrollo de vínculos
Consultada sobre los riesgos de desarrollar vínculos en un momento en que convivimos con asistentes virtuales, chatbots y agentes de IA, Rojas advierte: "El gran riesgo es que empecemos a preferir vínculos sin fricción, sin conflicto, sin exigencias. La relación con una IA puede ser cómoda: no contradice demasiado, no exige, no se cansa, no tiene heridas propias, no necesita reciprocidad real. Y eso puede volvernos menos tolerantes a lo más humano del vínculo entre personas: el desencuentro, la espera, la diferencia, la incomodidad, el esfuerzo de explicar, escuchar, reparar".
Los vínculos de verdad nos transforman porque nos confrontan. "Nos obligan a salir del narcisismo, del ego, a reconocer al otro como alguien distinto. Si una persona empieza a refugiarse sistemáticamente en interacciones donde siempre se siente validada, comprendida y adaptada a su medida, puede atrofiar su capacidad para amar en la realidad".
Rojas no cree que la IA vaya a eliminar el amor humano, pero sí puede desordenar nuestras expectativas. "Puede hacernos creer que un buen vínculo es uno en el que todo fluye, todo me calma y todo gira en torno a mí. Y eso no es amor: eso es adaptación algorítmica. El amor real tiene ternura, pero también tiene límites, verdad, compromiso y renuncia".
Uso de la IA en salud mental
Frente a casos de personas que se han suicidado luego de mantener conversaciones con una IA, la psiquiatra es clara: "Aquí hay que ser muy prudentes. La IA no debe posicionarse jamás como sustituto de un profesional y mucho menos en situaciones de riesgo grave, ideación suicida, psicosis, trauma severo o cuadros de alta vulnerabilidad. En personas frágiles, una herramienta que simula empatía sin comprender realmente el sufrimiento puede generar un espejismo peligrosísimo: la sensación de estar acompañado cuando, en realidad, no hay un otro responsable, clínicamente entrenado, ni éticamente presente".
Una buena forma de usar la IA en salud mental es aprovecharla como una puerta de entrada o apoyo complementario. "Por ejemplo, para ofrecer psicoeducación, ayudar a registrar síntomas, recordar hábitos protectores, sugerir técnicas básicas de regulación, facilitar el acceso a recursos de urgencia o animar a pedir ayuda profesional. También puede ayudar, entre sesiones, a sostener rutinas o a ordenar lo que a una persona le pasa".
Sin embargo, hay una línea roja muy clara: la IA no debe gestionar por sí sola una crisis vital. "En salud mental, el factor protector más poderoso sigue siendo el vínculo humano: alguien que detecta, contiene, interpreta, pone límites y se responsabiliza. Cuando una persona está al borde, necesita presencia humana, no solo interacción".
IA y estrés laboral
La automatización promete eficiencia, pero muchos hablan de que el trabajo, cuando incorpora IA, termina siendo mayor y más desgastante. Rojas opina: "Puede hacer ambas cosas. Si la IA se usa para quitar carga mecánica, ahorrar tiempo, reducir tareas repetitivas y permitir más espacio para el pensamiento profundo o el trato humano, entonces puede aliviar muchísimo. Pero si se usa para exigir más productividad, más velocidad, más disponibilidad y más comparación, entonces puede convertirse en otro acelerador del burnout".
Muchas personas no están agotadas solo por trabajar mucho, sino por trabajar sin pausas, sin sentido y sin control. "Si la IA hace que todo tenga que resolverse más rápido, que respondamos antes, que produzcamos más y que nunca desconectemos, aumenta el estrés. La tecnología no siempre libera; a veces coloniza más rincones de la vida".
Para que alivie, hacen falta límites concretos: claridad sobre qué tareas automatizar, respeto por los tiempos de descanso, criterios humanos para la evaluación del rendimiento y formación real para no vivir cada nueva herramienta como una amenaza. "La IA debería servir para devolver tiempo y energía a lo importante, no para exprimir aún más a personas que ya están al límite".
Límites para niños y adolescentes
Consultada sobre los límites que recomendaría a padres frente al uso de dispositivos inteligentes y asistentes de IA en niños, Rojas responde: "En la infancia, el cerebro se construye ‘en relación’, es decir, en el vínculo, con la presencia de padres, hermanos y amigos. La mirada, la voz, la espera compartida, el juego libre, el contacto físico y la regulación emocional que ofrece un adulto disponible son insustituibles. Por eso, el primer límite es muy claro: ningún dispositivo debe ocupar el lugar del vínculo".
La tecnología puede entretener e incluso enseñar algunas cosas, pero no puede reemplazar la presencia afectiva de un padre, una madre o un cuidador emocionalmente disponible. "Yo recomendaría retrasar al máximo la exposición innecesaria, evitar que los asistentes de IA se conviertan en ‘compañeros’ habituales del niño y supervisar mucho el tipo de interacción".
Una interacción demasiado temprana con la IA puede confundir procesos muy delicados del desarrollo emocional. "El apego sano se forma cuando el niño descubre que hay un otro real que responde, pero que no siempre responde de inmediato; un otro que contiene, frustra con amor, pone límites y enseña a esperar. Si el entorno se llena de sistemas que obedecen rápido, contestan siempre y se adaptan sin conflicto, podemos criar niños con menos tolerancia a la frustración, menos paciencia relacional y más dificultad para conectar con la complejidad del otro real".
Adulación constante y hábitos saludables
¿Qué efectos tiene recibir adulación constante por parte de una IA? Rojas explica: "La adulación constante puede ser muy seductora porque acaricia una necesidad humana profunda: sentirnos vistos, aprobados, reconocidos. Pero cuando esa validación se vuelve permanente y fácil, puede generar dependencia emocional, inflar el ego de forma frágil o dificultar el contacto con una verdad incómoda, pero necesaria".
Crecer psicológicamente exige a veces frustrarse, corregirse, asumir límites. "Si todo el tiempo recibimos un reflejo complaciente, corremos el riesgo de debilitarnos por dentro. Además, el cerebro se acostumbra rápido a aquello que le da bienestar inmediato. Y, entonces, puede empezar a buscar no lo verdadero, sino lo reconfortante. No lo que me ayuda a madurar, sino lo que me calma o me halaga. Eso empobrece mucho la vida interior".
En un entorno dominado por la IA, Rojas recomienda hábitos muy concretos: momentos sin pantalla, espacios de aburrimiento, lectura larga, deporte, contacto con la naturaleza, conversación cara a cara, silencio, oración o meditación para quien tenga esa práctica, y una higiene digital muy consciente. "También revisar una consulta esencial: ¿estoy usando esta herramienta para vivir mejor o para no enfrentarme a mí mismo? Esa pregunta ordena mucho".
Cambios en su propio trabajo
Finalmente, preguntada sobre cómo ha cambiado su propio trabajo con la incorporación de la IA, la psiquiatra confiesa: "Me ayuda para buscar información, para cotejar alguna duda de contenido. No la uso para nada emocional, pero sí me sirve para acceder a material o a ideas. Pero intento no delegarle demasiado, para no perder la práctica de elaborar y buscar lo mío".
Para ella, la clave es que la IA nos quite carga, pero no nos saque alma. "Que nos ayude a ser más eficaces, pero no menos humanos. Que nos dé herramientas, pero que no nos robe la capacidad de observar, de escuchar y de comprender de verdad a la persona que tengo delante".



