La agenda en la cama: cuando el sexo se convierte en una tarea por cumplir
En la columna Sexo con Esther, la escritora Esther Balac aborda un fenómeno contemporáneo preocupante: la transformación de la intimidad sexual en una actividad gestionada con mentalidad empresarial. Según su análisis, muchas personas abordan el encuentro íntimo como si fuera una reunión de comité, con objetivos claros, tiempos definidos y una obsesión sospechosa por "hacerlo bien".
El protocolo que apaga el deseo
Balac describe escenas donde los cuerpos están presentes pero las cabezas están ocupadas en evaluaciones constantes. "Se acomodan, hacen su check mental y arrancan como si alguien fuera a levantar un acta", escribe la columnista. En estos casos, el encuentro íntimo termina pareciéndose a un informe estructurado: introducción, desarrollo y cierre, con la esperanza de buenos indicadores y una sensación general de cumplimiento.
Aparece entonces el lenguaje del rendimiento: comparaciones con encuentros anteriores, medición de avances, ajustes necesarios. Incluso hay quienes, sin expresarlo verbalmente, sienten que algo "quedó debiendo". En este afán tan serio y aplicado, la cama pierde su elemento más valioso: la capacidad de sorprender.
El problema del enfoque productivista
El núcleo del problema, según Balac, radica en el enfoque: "Se intenta gestionar el aquello como si fuera una tarea pendiente, cuando en realidad es un espacio para perderse un poco". La columnista subraya que no se trata de cumplir objetivos sino de dejarse llevar, no de optimizar procesos sino de sentir genuinamente.
Este cambio de perspectiva resulta particularmente difícil para quienes viven bajo la lógica del control, los resultados y la eficiencia que caracteriza al mundo contemporáneo. La paradoja que identifica Balac es clara y contundente: cuanto más se esfuerzan por hacerlo bien, peor suele salir.
Las reglas no escritas de la intimidad
La autora enfatiza que el encuentro íntimo tiene sus propias reglas, y ninguna comité puede cambiarlas: no gana el más eficiente sino el más presente, no el que ejecuta mejor sino el que se suelta sin tanto cálculo, no el que dirige sino el que se deja llevar sin pensar constantemente en el siguiente movimiento.
Balac señala un punto incómodo pero revelador: muchas personas son brillantes en todos los aspectos de su vida productiva, pero fracasan estrepitosamente en permitir que el instinto y las ganas actúen libremente. "Soltar el control no se aprende en la vida productiva, se aprende justo en esos espacios donde no hay nada que demostrar", reflexiona.
La conclusión necesaria
Al final de su análisis, la columnista ofrece una conclusión directa y sin rodeos: el encuentro íntimo no necesita gerentes que lo gestionen, necesita personas con ganas auténticas. Y, preferiblemente, con menos agenda y menos planificación.
El mensaje central de Balac resuena con claridad: cuando la mentalidad productiva invade la intimidad, transforma lo que debería ser un espacio de conexión y placer en un protocolo vacío que cumple funciones pero no enciende pasiones. La invitación implícita es recuperar la espontaneidad, el dejarse llevar y la capacidad de sorprenderse mutuamente, elementos que ninguna agenda puede programar ni ningún comité puede evaluar.



