La emergencia de los 'therians': humanos que se identifican como animales en espacios públicos
Las calles y redes sociales contemporáneas asisten al surgimiento público de nuevas gestualidades que desafían los modos tradicionales de civilización. Se trata de los denominados therians o terios, humanos que deciden encarnar animales de manera performática mientras son observados por ciudadanos comunes en manadas que emiten mugidos y ejecutan conductas propias de las especies copiadas, incluyendo incluso actos como la defecación pública.
Un proceso de identificación y alienación
Este fenómeno implica un complejo proceso psicológico que comienza con la identificación: "yo me identifico con un perro". Sin embargo, rápidamente da paso a un segundo estadio de alienación y transferencia, donde se introyecta completamente la otra especie hasta llegar a afirmaciones como "El perro soy yo". Aunque parte de este comportamiento pueda atribuirse a modas contagiosas propias de la era digital, deja planteada una pregunta profunda: ¿por qué algunos humanos desean fervientemente convertirse en animales?
El término griego therians conduce etimológicamente a bestia. Estudiosos bíblicos han localizado en varias ocasiones este vocablo en textos sagrados, donde al parecer se utiliza para referenciar anticristos y monstruos contrarios a la figura de Cristo. Esta referencia religiosa parece estar en concordancia con las respuestas cada vez más frecuentes de ciudadanos espontáneos que, aterrorizados por estas performances terias y confundiéndolos con manifestaciones demoníacas, los atacan también en manada utilizando palos y patadas mientras maldicen su presencia pública.
El papel fundamental de las redes sociales
Nada de lo descrito sería posible sin la existencia y omnipresencia de las redes sociales digitales. Tal vez estemos siendo testigos de los primeros pasos de una confrontación gradual pero significativa entre los habitantes digitales y los físicos, entre identidades construidas en línea y realidades corporales tradicionales.
Junto con los terios se destapa otro grupo igualmente revelador: los hobby dogging. Estos individuos no se desdoblan en otra especie animal, sino que caminan por las calles halando una cuerda que simula llevar un perro, aunque en realidad arrastran un vacío palpable. Este perro imaginado manifiesta la frustración contemporánea de no poder mantener una mascota real, que exige cuidados significativos, quedando solamente una ilusión descarnada e invisible que resume el sentimiento de "lo amo, pero así, sin materialidad concreta".
Contexto generacional y humanización de mascotas
Todo este fenómeno se desarrolla dentro de un contexto social más amplio donde las nuevas generaciones muestran una marcada preferencia por tener mascotas en lugar de hijos. Estas mascotas son tratadas como personas completas, hasta llegar al punto en que sus dueños se hacen llamar papá o mamá de esas criaturas, en un proceso de humanización fanático y frecuentemente exhibicionista que redefine las relaciones entre especies.
No sería apropiado calificar estas conductas como dementes, pero sí es evidente que la racionalidad que tradicionalmente organiza lo real mediante categorías claras en el pensamiento se hace progresivamente más débil y permeable a nuevas formas de identificación.
Un precedente histórico: Nietzsche y el caballo de Turín
En 1888, el filósofo Friedrich Nietzsche, autor de la crítica más radical a los valores occidentales hasta el punto de declarar la muerte de Dios, caminaba por las calles de Turín cuando presenció a un cochero golpeando brutalmente a un caballo. El pensador corrió hacia el animal, lo abrazó con desesperación y rompió en llanto. Después de este episodio, Nietzsche solo escribió alucinaciones y fue declarado clínicamente loco hasta su muerte, un caso histórico que anticipa ciertas tensiones contemporáneas entre lo humano y lo animal.
Este fenómeno de los therians representa más que una simple curiosidad social: es un síntoma de las transformaciones profundas en la construcción de identidad en la era digital, donde las fronteras entre especies, entre lo real y lo performático, entre lo físico y lo virtual, se vuelven cada vez más porosas y cuestionadas.
