La tragedia invernal que conmueve a Colombia
Rememorando los peores días del fenómeno de La Niña hace quince años, el país entero se ha conmovido esta semana con las imágenes devastadoras de las inundaciones provocadas por las inesperadas y fuertes lluvias de comienzo de año. Más de 150.000 damnificados, familias que lo han perdido todo, cultivos arrasados y cascos urbanos completamente bajo el agua han generado una movilización social sin precedentes.
La urgencia de una respuesta eficiente
El conmovedor panorama en departamentos como Córdoba y municipios como Montecristo en Bolívar ha llevado a la sociedad colombiana a unirse para llevar alivio a quienes sufren los estragos del invierno. Esta situación crítica obliga no solo a la solidaridad ciudadana, sino especialmente a la eficacia en la ayuda institucional. El sufrimiento de miles de personas ha generado una impresionante reacción de apoyo y empatía que se traduce en millones de voluntades dispuestas a aportar, lo cual resulta profundamente alentador en medio de la tragedia.
El reto fundamental, como bien conoce un país que ha enfrentado numerosos desastres naturales a lo largo de su historia, consiste en transformar esta solidaridad en una respuesta gubernamental eficiente que permita llevar a los territorios afectados exactamente lo que necesitan y en el momento preciso. La evidente urgencia de desplegar un plan integral de atención y reconstrucción amerita que la discusión nacional se concentre, de manera prioritaria, en identificar e implementar las soluciones más rápidas y efectivas disponibles.
La polémica respuesta gubernamental
El Gobierno Nacional ha apostado por declarar una emergencia económica -la cuarta de su actual mandato- bajo la cual aplicaría impuestos al patrimonio de grandes empresas, gravámenes a juegos de azar e inversiones forzosas al sistema financiero. A primera vista, un estado de excepción que permite al Ejecutivo implementar medidas tributarias sin pasar por el Congreso podría parecer el camino adecuado para enfrentar una ola invernal de proporciones catastróficas.
Sin embargo, la cuestión central no radica en qué herramienta le genera a la Casa de Nariño más recursos frescos del sector privado, sino en cuáles son las alternativas concretas del Gobierno para atender de forma más efectiva y pronta la crisis humanitaria que hoy golpea a tantos compatriotas, muchos de ellos en condiciones de pobreza y vulnerabilidad extrema. El manejo adecuado de esta emergencia nacional no requiere únicamente recursos financieros adicionales, sino también el despliegue ejecutivo capaz y coordinado de toda la institucionalidad a nivel nacional, regional y local.
Problemas de ejecución y prioridades
Una administración que se ha caracterizado por problemas significativos de ejecución presupuestal y gasto público necesita enfocarse en "gobernar" este desastre natural, más allá de estar pensando constantemente en imponer nuevos tributos o en "forzar" inversiones desde el sector financiero. El impuesto al patrimonio para aproximadamente 15.000 empresas, con el que se aspira recaudar 8 billones de pesos, es un instrumento que ya comienza a despertar interrogantes fundamentales.
Estas dudas no solo surgen por su impacto potencial sobre la inversión privada y la carga fiscal excesiva que ya sufre hoy el sector empresarial, sino también por el tiempo considerable que tomaría su implementación y recaudo efectivo. Propuestas alternativas como la presentada por los gobernadores y la Federación de Departamentos, que solicitan destinar saldos no ejecutados de regalías por 6 billones de pesos directamente a la atención de las regiones afectadas, merecen ser evaluadas con seriedad y prontitud.
Un llamado a la unidad nacional
Acudir a herramientas excepcionales de recaudo, en lugar de optimizar el gasto público existente y orientar todo el aparato ejecutivo estatal a enfrentar la crisis humanitaria, está enviando el mensaje equivocado de que se pretende impulsar una reforma tributaria "por la puerta de atrás" ante la imposibilidad política de tramitarla normalmente en el Congreso. Esta aproximación enrarece aún más el ambiente nacional y genera nuevas tensiones en una coyuntura que exige, si no unanimidad, al menos unión básica frente a la tragedia.
Al Gobierno Nacional, y al presidente Gustavo Petro en particular, le convendría adoptar en estos momentos de dolor y pérdida para cientos de miles de colombianos un tono más conciliador y menos desafiante. Las regiones damnificadas requieren un primer mandatario capaz de convocar genuinamente a la unidad nacional y articular eficazmente los esfuerzos tanto públicos como privados para la mitigación inmediata y la reconstrucción posterior. También necesitan una voluntad política de apoyo completamente libre de lecturas en clave partidista o electoral por parte de la Casa de Nariño, tendencia que el primer mandatario ha insistido en mantener.
Liderazgo en tiempos de crisis
Ante la ola invernal y sus graves estragos humanitarios, el país necesita urgentemente un líder y un Presidente actuante más que uno beligerante. En estas crisis profundas, lo urgente y lo que legítimamente se espera de quienes cargan sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar es que comprendan el dolor colectivo y procedan sin dilación alguna a reaccionar con los recursos inmediatamente disponibles. Una vez logrado esto y aliviado el sufrimiento inicial, se debe pasar a evaluar con mayor serenidad los escenarios de reconstrucción a mediano y largo plazo, así como las lecciones institucionales para poder prevenir y mitigar futuros desastres.
Esta última constituye una verdadera obligación estatal en un contexto global de crisis climática creciente. Resulta un error estratégico invertir las prioridades nacionales, llevando discusiones de fondo y tensiones políticas a un escenario que evidentemente no es el indicado, priorizando lo político sobre lo urgentemente humanitario. La apremiante necesidad de aliviar el dolor de los damnificados, que todo el país comparte solidariamente, bien merece esa reflexión profunda y ese cambio de enfoque inmediato por parte de las autoridades nacionales.



