La furia del río Lebrija borró Vanegas pero no quebró el espíritu de sus habitantes
Han transcurrido nueve días desde que el río Lebrija, en un acto de furia desmedida, arrasó completamente la vereda Vanegas, ubicada en zona rural del municipio de Lebrija, Santander. Nueve jornadas desde que las aguas entraron sin pedir permiso a las viviendas, transformando la madrugada en un escenario de pánico colectivo donde Nancy Suárez Mantilla comprendió que seguía con vida gracias a lo que ella denomina una cadena de milagros celestiales.
Una convivencia que se tornó tragedia repentina
Vanegas es una vereda asentada aproximadamente a 70 metros del cauce del río Lebrija, un vecino acuático con el que sus residentes habían aprendido a convivir durante generaciones. Aunque en ocasiones anteriores el afluente había presentado crecientes, nunca antes había ocurrido un evento de tales dimensiones catastróficas. Nancy relata con amargura que nadie les había advertido que vivir en esa proximidad constituía un riesgo latente para sus vidas y pertenencias.
Por esta razón, aquel día nefasto no comenzó con señales de alarma. Había llovido intensamente durante toda la noche, y eran casi las 5:00 a.m. cuando Nancy, acostada en su lecho, escuchó los gritos desesperados de su esposo advirtiendo que el río había crecido de manera alarmante y que no disponían de tiempo para evacuar.
La discapacidad que complicó la huida
Nancy se levantó con parsimonia, no por subestimar la emergencia, sino porque padece discapacidad en ambos pies, condición que le dificulta enormemente caminar y moverse con rapidez. Mientras buscaba sus zapatos -no puede caminar descalza-, el agua irrumpió en su hogar con fuerza descomunal, como si la tierra se hubiera abierto para engullir todo a su paso.
Primero cubrió el piso, luego ascendió con velocidad vertiginosa. Cuando Nancy logró ponerse de pie, el líquido ya le alcanzaba las rodillas. En cuestión de minutos, quedó atrapada dentro de su propia vivienda: "Quedé entre el lodo, incapaz de moverme. De repente vi que mi esposo llegó con otro joven a rescatarme, pero el barro lo impidió. Nos quedamos los tres atrapados".
El ruido ensordecedor de la destrucción
Mientras tanto, en el exterior, se escuchaba un estruendo continuo y aterrador contra casas, paredes y puertas. El agua y el lodo seguían ascendiendo con premura, arrastrando cuanto encontraban en su camino. Esos minutos se transformaron en una eternidad angustiante. "La mente se me congeló, se quedó en cero", confiesa Nancy con voz quebrada.
Para salvar sus vidas, los tres intentaron subirse a un muro, pero durante el intento, Nancy cayó. El barro la jaló hacia abajo como si el suelo ansiara tragársela. Desde el piso, suplicó casi desesperada que la soltaran, que se salvaran ellos mismos.
Las manos que nunca se soltaron
Sin embargo, su vecino y especialmente su esposo se negaron a abandonarla. Su compañero se aferró a ella con todo su cuerpo, con sus brazos, con una determinación que no nació ese día, sino años atrás cuando decidieron unir sus vidas irrevocablemente. Mientras la corriente intentaba separarlos, él resistió, sostuvo su peso y luchó contra la fuerza del agua.
"Y cuando el agua seguía subiendo, entonces mi esposo, no sé cómo, abrió una lámina, levantó el techo y nos subimos. Éramos mi esposo, yo y nuestra perrita. El otro muchacho quedó hacia abajo, colgado...". Nancy afirma que ahí ocurrió el primer milagro tangible.
El paisaje apocalíptico desde el techo
Desde su posición elevada, Nancy observó la avalancha correr con furia, casas que se inclinaban antes de desplomarse, paredes que cedían ante la presión, gente desesperada gritando... una vereda completa siendo borrada metódicamente por el agua y el lodo. "Veía que las casas se caían y dije 'Dios mío, viene por la mía'... la casa temblaba", recuerda con los ojos húmedos.
Los gritos de auxilio provenían de todas direcciones, voces desesperadas que se perdían entre el rugido constante del agua. Nancy también gritaba. Pensó en su hijo, en que no volvería a verlo, en sus nietos queridos: "Le pedí a la Santísima Virgen del Carmen que me protegiera... Parecía el mar embravecido... en ese momento le supliqué a Dios que me diera alas para volar".
La incertidumbre que duró horas
La incertidumbre se prolongó durante horas interminables hasta que finalmente llegaron los equipos de rescate y pudo confirmar que sus demás familiares estaban con vida. Había frío penetrante, cansancio extremo y dolor profundo porque nadie sabía con certeza quién más había sobrevivido. Posteriormente supieron que había una víctima mortal: Antonio Libreros, un adulto mayor que residía en la vivienda más cercana al río.
La decisión desesperada de David
Mientras Nancy permanecía en el techo, aferrada al cuerpo de su esposo, y decenas de familias rogaban ser rescatadas, el río empujaba a otros habitantes a tomar decisiones inimaginables.
David Herrera, conductor de profesión, fue sorprendido por el Lebrija cuando intentaba regresar a la vereda. Desde la carretera, divisó desde una loma cómo Vanegas ya no era el lugar del que había partido la noche anterior. Observó el agua corriendo con fuerza descomunal y las casas comenzando a colapsar. Alguien le gritó que no avanzara, que se aproximaba otra avalancha aún más poderosa.
David no lo pensó dos veces. Por puro instinto de supervivencia, se lanzó al río y se dejó llevar por la corriente, sosteniendo un bolso con la esperanza de que las aguas lo depositaran más abajo. Su familia no supo de su paradero sino horas después, pues en Vanegas no había señal telefónica. Durante ese lapso, su nombre figuró entre los presuntamente desaparecidos.
El reencuentro emocionante
"La familia, mi esposa y mis hijos pensaban que yo estaba muerto, que me había ahogado. ¡Dios santo!", relata David con emoción contenida. Horas más tarde, cuando reapareció, fue su hija quien lo abrazó primero, sin preguntas, solo con un apretón que decía más que mil palabras. "Yo le dije, 'Mami, estoy bien'. Mi esposa me abrazó y me dijo: 'El agua nos acabó todo... pero no pasa nada, eso es material, lo importante es que los tres estamos vivos, es un milagro auténtico'".
El milagro compartido de sobrevivir
Como Nancy, cuando las aguas finalmente retrocedieron, David pudo regresar a lo que había sido su hogar, ahora reducido a escombros. Como ella, y al igual que más de 60 familias damnificadas, se quedó únicamente con la ropa que llevaba puesta. En Vanegas, las viviendas quedaron destruidas o sepultadas bajo capas de barro, las calles desaparecieron completamente. Algunas familias abandonaron el lugar, mientras otras permanecen refugiadas en hogares de vecinos o familiares que residen en zonas más elevadas.
Las historias de David y Nancy representan apenas dos relatos entre las decenas que se escribieron con tinta de tragedia y esperanza durante la emergencia. Ambos coinciden en que sobrevivir a lo ocurrido en Vanegas constituye un milagro indiscutible: en el caso de él, porque el río, a pesar de su furia desatada, lo devolvió con vida; y en el de ella, por la esperanza que se aferra al alma y, especialmente, por unas manos amorosas que nunca, bajo ninguna circunstancia, la soltaron.



