El fútbol ha alimentado durante años un monstruo al que algunos aún llaman, con irresponsable ternura, “fiesta popular”. Lo ocurrido en Medellín el jueves pasado, con la cancelación del partido de la Copa Libertadores entre el DIM y Flamengo, no fue otra cosa que vandalismo, terror y delincuencia organizada disfrazada de pasión. La barra brava criminal del DIM volvió a demostrar lo que son todas estas agrupaciones: estructuras violentas dedicadas al microtráfico, la extorsión y el secuestro de las tribunas. Son una peste que el fútbol incubó, toleró y celebró partido tras partido, engañado por las banderas y los cantos que la televisión, las fotos y las crónicas muestran como folclore.
El papel de la prensa
En este escenario aparece otro cómplice: buena parte de la prensa que cubre fútbol ha romantizado al delincuente porque “pone el ambiente”. Durante años, estos medios han vendido como patrimonio cultural lo que era una amenaza delincuencial, por miedo a perder audiencia. Hoy se escandalizan porque el monstruo destruye. Hay una sobrevaloración romantizada de eso que llaman “hinchada”.
Periodismo, barras y noticias falsas
Además, algunos periodistas y ‘periodistas hinchas’ validaron la brutalidad del jueves pasado basándose en una noticia falsa y desmentida. Sin pruebas, aseguraron que los jugadores del DIM regalaron dos finales el año pasado por supuestos intereses económicos individuales, sin investigación ni testimonios ciertos. Todo por un fake de redes sociales. Así es el periodismo de hoy.
Otro aspecto nada menor: Raúl Giraldo, dueño del DIM, quedó retratado. Salir a restregar dinero y soberbia frente a una hinchada furiosa por la eliminación en la Liga local fue una provocación tan grotesca como imprudente. Pero una torpeza no legitima la barbarie. El fuego no se apaga con fuego. El insulto no justifica la destrucción. La ley del Talión solo produce más ruinas.
Al final, dueño y barra son espejos. Se merecen. Son idénticos en su incapacidad de entender límites. Indefendible lo de Giraldo. Indefendible lo de la barra criminal. Mientras tanto, el fútbol sigue con tribunas enteras tomadas por hampones y no pasa nada.
Convivencia con las barras
Los equipos en general son responsables por su connivencia y patrocinio a estas barras, denunciado hace décadas. Sus apoyos han sido la gasolina con la que luego son incinerados cuando llegan las derrotas, las amenazas, la violencia, los desórdenes y las cancelaciones de partidos. Pasó el jueves, pasó antes muchas veces y seguro volverá a pasar, porque nadie en ningún sector ha querido tomar las medidas ya probadas para sacar esa peste de los estadios.
No ha habido voluntad política ni antes ni ahora, ni nacional, departamental o municipal: ni detectores de metales, ni lectores de cédulas para impedir el ingreso de criminales con antecedentes, ni operativos de seguridad reales para detener a los vándalos en flagrancia o con pruebas de videocámaras. Nada. El fútbol –sus equipos y directivos– tampoco hace nada por temor y conveniencia, y la prensa en general ha romantizado a estas barras bravas criminales, estructuras organizadas escondidas bajo el sofisma de la pasión.



