La guerra contra las drogas: Un fracaso de medio siglo que sigue cobrando vidas
Guerra contra drogas: 50 años de fracaso y dolor

La guerra contra las drogas: Un fracaso de medio siglo que sigue cobrando vidas

El secuestro extorsivo y asesinato del pequeño Charles Lindbergh Jr en 1932 estremeció a Estados Unidos y al mundo, convirtiéndose en un símbolo de lo irremediable. De manera similar, la lucha contra la drogadicción ha demostrado ser una batalla perdida desde que el presidente Richard Nixon decretó la 'Guerra contra las drogas' en 1971, invirtiendo billones de dólares en perseguir capos y miembros de la cadena del narcotráfico.

Cinco décadas de estrategias fallidas

Medio siglo después, los resultados son desoladores: los ríos de sangre y lágrimas continúan fluyendo, el desplazamiento forzado persiste y no se ha avanzado ni un solo paso en la dirección correcta. Las instituciones se mantienen frágiles, las cárceles y cementerios están rebosantes, mientras fajos de dólares siguen fertilizando las actividades ilícitas.

Hemos perdido esta guerra de manera contundente. El negocio del narcotráfico se fortalece cada segundo, mientras los drogadictos transitan desde la marihuana hasta el mortal fentanilo, pasando por cocaína y heroína. Este mercado obedece a las leyes de oferta y demanda, creando un negocio global cada vez más rentable que genera degradación individual e institucional.

Las consecuencias humanas y sociales

Los daños son irreparables en la salud mental y física de millones de personas. Las tragedias familiares se multiplican alimentando la desesperanza: aceras repletas de adictos que disputan espacio con basuras y perros, ciudadanos que desvían la mirada pensando "eso no me toca".

El enfoque punitivo-policivo no ha surtido efecto alguno. El mercadeo de drogas psicoactivas se extiende y profundiza año tras año. Anualmente se invierten 100.000 millones de dólares en medidas coercitivas, mientras solo se destinan 151 millones a prevención. Mientras tanto, seguimos sepultando adictos, policías, soldados, líderes sociales y campesinos.

Recursos mal dirigidos y enfoques equivocados

Se emplean recursos gigantescos para erradicar cultivos frente a estómagos vacíos y escuelas agrietadas, confundiendo enfermos con capos. Se ataca la oferta sin reducir la demanda, mientras la pobreza y exclusión social fertilizan los cultivos ilícitos. Los conflictos se prolongan al creer ingenuamente que la militarización extinguirá las tragedias familiares.

El éxito se mide por toneladas de drogas incautadas, mientras el consumo y la dependencia crecen, especialmente en países que nos señalan como "¡culpables!".

Perspectivas culturales y soluciones alternativas

Afortunadamente existe una 'vacuna' eficaz y gratuita: regresar a la crianza afectuosa y vigilante de padres y abuelos. Como dice el refrán: "Dime con quién andas y te diré qué fumas".

En la Sierra Nevada de Santa Marta, los Arhuacos -al igual que los indígenas bolivianos- consideran a la coca una "planta sagrada", un puente hacia los dioses, alimento y medicina esencial para el mambeo con el poporo. Esta práctica facilita la comunicación con los ancestros y sublima pensamientos y trabajos comunitarios. Sus maestros recomiendan sabiamente: "¡No traguen entero!".

Comparaciones reveladoras

La caña de azúcar es al alcohol etílico lo que la hoja de coca a la cocaína. Nadie sataniza ni fumiga los cañaduzales, tampoco se le declara guerra a los campesinos que cultivan caña. Sin embargo, mientras las drogas psicoactivas generan 400.000 muertes anuales, el alcohol etílico provoca 3 millones por cirrosis, cáncer, accidentes de tránsito, violencia intrafamiliar y suicidios - siendo un tóxico regulado y gravado con impuestos.

La coca no es cocaína. Esta última es el resultado de procesar químicamente la planta, contra quienes se han liberado batallas inútiles durante medio siglo. Imploramos que la paz que merecemos no corra la suerte de Charles Lindbergh, muerto el 12 de mayo de 1932, dos meses después de su secuestro extorsivo.

Lo mismo ocurre con los cultivos bautizados como ilícitos: nosotros ponemos los muertos; otros, sus insaciables narices.