La guerra contra las drogas: un ciclo de fracasos que Colombia no logra romper
La guerra contra las drogas ha demostrado ser un fracaso histórico que continúa repitiéndose sin resultados positivos. Este discurso se ha convertido en una mentira colectiva aceptada por gobiernos y sociedades, a pesar de su evidente ineficacia.
La retórica repetida de gobiernos colombianos y estadounidenses
Las declaraciones de los gobiernos de Estados Unidos y Colombia repiten constantemente las mismas palabras vacías. Ahora le corresponde al presidente Gustavo Petro unirse a este coro para predicar exactamente lo mismo que sus predecesores. Como antes, su administración opta por estrategias fallidas como el glifosato y los bombardeos selectivos.
Mañana constataremos nuevamente que el consumo de sustancias ilícitas no disminuye significativamente. En las grandes ciudades del norte global, igual que ayer, se seguirá traficando con cocaína y otras drogas. El mercado ilegal persiste a pesar de décadas de esfuerzos militares y policiales.
La metáfora de Sísifo aplicada al prohibicionismo
De la misma manera que Sísifo en la mitología griega, la sociedad colombiana enfrenta un tormento absurdo. Como señalaba Albert Camus, el hombre absurdo contempla su sufrimiento y hace callar a todos los ídolos. En medio de esta lógica trágica, una y otra vez, la sociedad termina aceptando que es inevitable hacer el esfuerzo para subir la piedra a la cima de la montaña, solo para verla rodar nuevamente hacia abajo.
Es sorprendente la capacidad que ha tenido la mirada prohibicionista para renovarse constantemente. Se mantiene un discurso perverso que justifica medidas extremas mientras los resultados siguen siendo negativos. Mientras tanto, amparados en las economías ilegales, se consolidan los ejércitos irregulares y grupos armados al margen de la ley.
La relación indisoluble entre cultivos y grupos armados
Junto con los cultivos de coca siempre habrá grupos armados dispuestos a defenderlos. Esta realidad se ha mantenido constante durante décadas en Colombia. La guerra continúa sin perspectivas reales de solución mientras persista este vínculo económico-militar.
La primera expresión de la poca eficacia que ha tenido la prohibición es la permanencia, a nivel internacional, del consumo de estupefacientes. Algunos analistas consideran que la guerra contra las drogas comenzó formalmente en 1971, con el gobierno de Richard Nixon en Estados Unidos.
Los orígenes históricos de una guerra fallida
En sus palabras memorables, Nixon declaró que la adicción a las drogas era el enemigo público número uno de Estados Unidos. Para otros investigadores, la guerra fue lanzada oficialmente por el presidente Ronald Reagan en 1982. Durante todos estos años, abundan los análisis académicos que muestran profundo escepticismo frente a la conveniencia de este tipo de medidas represivas.
En 1991, en su crítica mordaz a la guerra contra las drogas, el economista Milton Friedman afirmaba de manera enfática que la violencia era causada por la prohibición y por nada más. Hace 35 años proponía lo evidente: buscar alternativas para evitar que se eternizara el absurdo.
El prohibicionismo como generador de violencia
Hoy, como antes, el prohibicionismo sigue creando las condiciones propicias para que se acentúe la violencia en Colombia y América Latina. Pese a los esfuerzos multimillonarios por combatirlo, el narcotráfico permanece como una industria floreciente. En este proceso ilegal participan agentes privados y públicos, órganos de control, policía y ejército.
El negocio del narcotráfico es posible porque todos los actores tienen su cuota de ganancia, y la cadena de corrupción no se interrumpe. Esta red de complicidades explica en parte por qué las medidas represivas han fallado consistentemente.
Las múltiples dimensiones del fracaso antidrogas
El fracaso de la lucha contra las drogas se observa en las calles de las grandes ciudades colombianas, en las selvas donde persisten los cultivos ilícitos, y en el tráfico internacional que conecta continentes. Los bancos y los paraísos fiscales continúan lavando los dineros de la cocaína, mostrando la hipocresía del sistema financiero global.
La mentira colectiva se adorna con declaraciones periódicas, y finalmente inútiles, en contra del sistema financiero que esconde dineros mal habidos. A pesar del reconocimiento formal del lavado de activos y de la evidencia contundente sobre los paraísos fiscales, no se toman decisiones estructurales que lleven a modificar este estado de cosas.
La doble moral en las políticas internacionales
Durante la administración de Donald Trump, se impuso con fuerza la lógica causal que subyace a su norma moral particular. En el caso de las drogas, según esta perspectiva, el demandante o consumidor no es culpable, y toda la responsabilidad recae sobre el oferente o productor. Pero cuando se trata de otros negocios controvertidos, como el de las armas de fuego, los productores no son considerados culpables según esta misma lógica.
La maldición que pesa sobre la hoja de coca contrasta marcadamente con la actitud complaciente frente a la producción y comercialización de armamentos a nivel global. Esta inconsistencia revela los intereses geopolíticos detrás de las políticas antidrogas.
La aceptación colombiana de la moralidad imperial
El gobierno colombiano nunca ha puesto en duda seriamente la moralidad imperial impuesta desde Washington. Tampoco lo ha podido hacer el presidente Petro, quien humildemente ha tenido que aceptar la tragedia de Sísifo que afecta a su país. Otra vez, el pueblo colombiano seguirá sufriendo los males derivados de la inútil guerra contra las drogas, mientras las estructuras de poder que se benefician de este conflicto permanecen intactas.



