Juan Bautista aún conserva la fotografía de su hermano desaparecido, un recuerdo que lo acompaña cada día en el cementerio Colombo-Árabe de Maicao, La Guajira. Desde hace más de veinte años, este hombre moreno y callado dedica su vida a custodiar las tumbas y a mantener viva la esperanza de reencontrarse con Donny, su familiar ausente desde 2004.
La rutina de un guardián de memorias
Los días de Juan transcurren sin grandes cambios. De domingo a domingo recorre los pasillos del camposanto, limpia el mármol de las tumbas, realiza pequeños arreglos en las lápidas y, al final de la jornada, aguarda por su hermano. El viento del desierto levanta la arena que se cuela entre las cruces y los mausoleos blancos, y Juan se detiene unos segundos para mirar el horizonte seco de Maicao antes de continuar su camino.
Conoce cada tumba como si fuera parte de su propia familia. Sabe cuáles reciben flores cada semana, cuáles permanecen abandonadas y cuáles guardan historias que nadie volvió a contar. Sin embargo, entre todos los muertos que custodia, hay uno que todavía no aparece: su hermano Donny, desaparecido en medio de las dinámicas violentas que atravesaron el Caribe colombiano.
Una esperanza latente
Juan guarda un retazo de periódico arrugado, con hojas desteñidas por el tiempo y el polvo, que renovó la ilusión de encontrar a su hermano. En esa hoja amarillenta quedó congelado el último momento en que la desaparición de Donny fue noticia. Después vinieron los años de silencio, las búsquedas improvisadas, las preguntas sin respuesta y las puertas cerradas.
En Maicao, tierra marcada por el tránsito fronterizo, la migración y el conflicto armado, las desapariciones se convirtieron en heridas silenciosas. Muchas familias aprendieron a convivir con la incertidumbre: no saber si llorar a sus familiares como muertos o seguir esperándolos como vivos. Juan fue una de ellas.
La búsqueda institucional
La esperanza volvió a encenderse cuando funcionarios de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) llegaron al territorio para adelantar procesos humanitarios y recopilar testimonios de familias buscadoras. Juan decidió hablar, contó lo que sabía, entregó información, recordó fechas y volvió a narrar una historia que durante años cargó casi en silencio.
Desde entonces participa en jornadas de búsqueda y toma de muestras genéticas con una mezcla extraña de dolor y alivio. Dolor porque cada diligencia le recuerda la ausencia de su hermano; alivio porque después de tantos años alguien finalmente escucha.
Un cementerio lleno de memorias
En el cementerio Colombo-Árabe todos conocen a Juan. Lo ven caminar despacio entre las bóvedas bajo el sol intenso de La Guajira, siempre con una escoba, una llave o un balde en las manos. Algunos creen que cuida muertos, pero quienes lo conocen de cerca saben que también custodia memorias.
Mientras el tiempo sigue pasando sobre las tumbas de mármol caliente, Juan continúa abriendo las puertas del cementerio cada mañana, limpiando el polvo que deja el desierto y esperando. Porque incluso después de dos décadas, todavía conserva la ilusión de encontrar a su hermano para darle una última despedida.
Según cifras de la UBPD, en Colombia hay al menos 136.010 personas desaparecidas que siguen siendo buscadas por sus familiares. En la Alta y Media Guajira, al menos 591 personas permanecen en esa condición, como Donny, el hermano de Juan.



