Madres en prisión: cartas de amor y esperanza desde Bucaramanga
Madres en prisión: cartas de amor desde Bucaramanga

Un aborrajado valluno, el calor de Barrancabermeja o el chicharrón de una bandeja paisa son tesoros inalcanzables para ellas. En la calle 45 de Bucaramanga, cinco mujeres rompen el silencio del encierro para enviar un mensaje a sus hijos. “El peso de un error” las separa, pero la maternidad las mantiene vivas.

Una celebración diferente en la CPMSBUC

Eran las 9:00 a. m. en plena calle 45, vía a Chimitá. El equipo de Vanguardia se resguardaba bajo la sombra de un gigantesco árbol que adorna la entrada de la Cárcel y Penitenciaría de Media Seguridad para Mujeres (CPMSBUC). La visita tenía un propósito claro: celebrarles el Día de la Madre y sacar de la cotidianidad a cinco de las 244 internas que pagan una condena allí.

Aunque en este mismo espacio conviven cientos de tradiciones, culturas, pensamientos y distintas historias de vida, hay algo que las une: la maternidad. Según datos del penal, 223 internas son madres, pero en las conversaciones cotidianas la mayoría insiste en algo: “Extraño mi casa, quiero ver a mis hijos, extraño a mi mamá”, pues son en esos casos de distancia y encierro donde el tiempo parece transcurrir con mayor lentitud.

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Momentos de ternura entre rejas

Después de varios controles de seguridad, cinco mujeres: una caleña, una barranquillera, una paisa y dos barranqueñas, se sentaron a compartir un momento entre mujeres. Recibieron de parte de Vanguardia un pequeño obsequio para celebrarles el día. “Mi Dios le pague”, decían todas mientras revisaban con curiosidad el paquete. Una peinilla, una crema hidratante, un brillo labial, un set de moñas y una mascarilla eran el contenido de aquella bolsa. “Yo nunca he usado algo similar”, dijo una de ellas mientras mostraba la mascarilla. “¿En serio?”, le replicó otra con asombro. “Eso es delicioso para las noches”, agregó otra mientras le mostraba las instrucciones de uso.

A propósito del Día de la Madre, la conversación inició desde aquel punto. Todas estaban de acuerdo en algo: darían lo que fuera por tener a sus familiares cerca en una fecha tan especial. Sin embargo, “el peso de un error”, “la consecuencia de una rabia”, “el precio de hacer las cosas mal”, como ellas mismas lo describen, hoy les quita esa posibilidad. Por su condición de foráneas, no suelen recibir visitas, pues para la mayoría la falta de recursos es una limitante más.

“Si tuvieran la oportunidad de decirles algo a sus familiares ese día, ¿qué les dirían?”, mencionó una de las periodistas. Conmovidas y expectantes, empezaron a hablar: “Que me perdone”, dijo una. “Que la extraño”, agregó otra. “Que tenga fuerza, que sé que pronto volveremos a estar juntas”. Hoy, a través de nuestros canales, les envían estas cartas:

“Yo cambié por mi hija”: Ingrid Daniela Rodríguez

“Lo que más extraño de mi tierra es la salsa, porque aquí lo que escuchan son cumbias”, dice ‘Dani’ mientras recuerda su ciudad natal, Cali. No titubea al señalar que, si tuviera la oportunidad, comería un aborrajado con un vaso de champús, dos manjares tradicionales del Valle del Cauca.

Lleva siete años privada de la libertad, más de 2.500 días extrañando sus raíces, pero, sobre todo, anhelando el momento en el que pueda abrazar la libertad en compañía de las personas que más ama: su hermano, su madre y la pequeña Salomé, su hija de tan solo 9 años. Sin embargo, para esta caleña de 26 años, la nostalgia de lo que ha quedado atrás es el motor que mantiene vivo su deseo de salir adelante, porque, como insiste en el relato de su historia: “Yo cambié por mi hija, sé que ella me necesita”.

Dentro de la institución, Ingrid se desempeña como auxiliar pedagógica en el DIER, sigla de Desarrollo Infantil en Establecimientos de Reclusión, un programa que fortalece el vínculo entre madre e hijo dentro de las cárceles. La iniciativa, creada gracias a la Ley 1709 de 2014, tiene como objetivo brindar atención a niños desde la gestación hasta los tres años de edad. Ingrid acompaña a los menores durante su estadía, les brinda cariño y seguridad en un espacio adaptado para ellos.

“Cuando caí presa, mi hija tenía 2 años. No pude cuidarla y me he perdido los mejores años de su vida. Hoy, con estos niños, he tenido una segunda oportunidad”, asegura.

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“Es la tercera vez que recibo un regalo del Día de la Madre”: Silvia Juliana Serpa

El asombro, la nostalgia y la ternura permeaban su rostro mientras revisaba con curiosidad el regalo que tenía en sus manos. Sus ojos, desbordados de lágrimas, parecían gritar su realidad: este es el primer Día de la Madre en el que Silvia está lejos de las personas que más ama, sus hijos y su mamá.

Van seis meses que, para ella, “se han sentido como una eternidad”, y su condena es de nueve años. “Es duro estar aquí, aún recuerdo el primer día, yo temblaba”, menciona. Tiene 50 años y jamás pensó que tendría que vivir algo similar. Aunque aún está en proceso de aceptar esta nueva realidad, pide a la vida una segunda oportunidad.

“En medio de todo puedo decir que estoy bien. Aquí me han dado la oportunidad de estudiar, de estar en talleres culturales, de hacer cosas diferentes, de tener una esperanza. Nadie está exento de vivir algo así”, afirma.

“Aquí aprendí a perdonar”: Dayanna Marcela Puerta

“Aquí aprendí a perdonar”, dice conmovida Dayanna cuando le preguntamos cuál ha sido su mayor enseñanza en la cárcel. Dayanna es de esas personas que al principio de una conversación son calladas o reservadas, pero después encuentran un lugar seguro para expresarse.

Tiene 29 años y tres hijos, de 3, 9 y 14 años. Su fuerte acento la delata: es barranqueña. Y una de las cosas que más extraña, además de su familia, es su ciudad. Sí, aunque para muchos el calor sofocante de Barrancabermeja es un dolor de cabeza, para ella el clima de su tierra es algo que extraña profundamente.

Dayanna lleva cuatro meses en Bucaramanga privada de la libertad. “Estoy aprendiendo a sanar”, continúa cuando recuerda la razón de su llegada a la cárcel. Ahora su vida es diferente: ha realizado diversos cursos que le ofrecen allí, entre ellos contabilidad.

“Cada persona se hace su ambiente”, menciona mientras escribe su carta, y eso es lo que ella ha aplicado mientras transcurren los meses. Dayanna habla de su madre como el amor de su vida. “Mi viejita de mi corazón”, “te amo”, “desearía estar contigo”, son solo algunas de las frases que escribía mientras intentaba contener las lágrimas.

“Dios me trajo aquí para cambiar mi vida”: Yusnely Ayala

“Extraño todo”, afirma Yusnely Ayala mientras recuerda a su familia y el tradicional Carnaval de Barranquilla. Tiene 32 años; su cabello largo y negro y su cuerpo esbelto son rasgos comunes en su lugar de origen: ‘La Arenosa’.

Tiene tres hijos y lleva seis años en prisión, aunque hace dos está en la Cárcel y Penitenciaría de Media Seguridad para Mujeres en Bucaramanga. Tener a su familia y amigos lejos hace mucho más difícil pasar los días en ese lugar.

Yusnely sonríe a pesar de todo. “Si Dios lo permite, nos vamos a volver a ver. No pierdo la esperanza”, va plasmando en su hoja mientras sus lágrimas caen. Si habla de sus hijos, dice que son su motivación. Pero, en medio del dolor, también reconoce que la cárcel ha cambiado su vida: ha tenido la oportunidad de estudiar y aprender.

“He hecho cursos de mercadeo y ventas, y de temas relacionados con el adulto mayor”, expresa. Cuando le preguntamos qué extrañaría al salir de allí, respondió sin pensarlo dos veces que el apoyo y la amistad de algunas dragoneantes, o “las seños”, como les dicen con cariño a las funcionarias.

“Es remover la herida”: Isabel Cristina Arboleda

“Es remover la herida”, expresa Isabel Cristina Arboleda cuando habla de la decisión de no permitir que sus hijos vayan a visitarla. “Verlos llegar es mi felicidad, pero verlos irse es la sensación más dura”.

Apenas dice sus primeras palabras, su acento deja claro que es de Medellín. Tiene 34 años y dos de ellos los ha vivido privada de la libertad. Tiene dos hijos, de 16 y 13 años. Y aunque decidió no volver a verlos para no agrandar su dolor, habla con ellos cada vez que puede.

Su familia es su apoyo incondicional. Su mamá está hospitalizada porque le diagnosticaron un cáncer que ya se ha extendido a varias partes de su cuerpo y, aunque saberlo la destroza, cuando Isabel habla con ella le pide algo con insistencia: “Mami, usted no me puede hacer esto, tiene que esperarme”, dice Isabel con una fortaleza de admirar.

Sin embargo, sonríe porque recuerda que tendrá la oportunidad de pasar 72 horas con las personas que más ama y extraña, un beneficio en Colombia que permite a internos en mediana seguridad salir sin vigilancia para fomentar la resocialización y fortalecer vínculos familiares. “Quiero abrazar a mi familia”, es lo primero que menciona.

“¿Qué es lo primero que le gustaría comer?”, le preguntamos a Isabel. Ella, sin dudarlo, respondió que una deliciosa bandeja paisa con mucho chicharrón y arepa, el plato insignia de la gastronomía antioqueña.