Miguel Uribe Londoño: La historia del hombre que decidió no romperse tras dos asesinatos
Miguel Uribe: La historia tras dos asesinatos que no lo quebraron

Miguel Uribe Londoño: El testimonio de un hombre que decidió no romperse

No hay introducción posible cuando el invitado llega con el dolor a cuestas. No hay libreto ni repetición. Hay silencios que pesan más que las palabras, e historias que no se entrevistan: se escuchan. Miguel Uribe Londoño se sienta frente a mí sin imposturas. No viene a explicar su tragedia ni a justificar su camino. Viene, más bien, a contar cómo una vida marcada por la violencia, el poder, la injusticia y la pérdida terminó convirtiéndose en una responsabilidad con Colombia.

Dos muertes que nadie debería cargar

Hablar de Miguel Uribe es hablar de un hombre atravesado por dos muertes que nadie debería cargar. Primero, el asesinato de Diana Turbay, periodista, esposa y madre, secuestrada y asesinada por el círculo de Pablo Escobar cuando su hijo tenía apenas cinco años. Décadas después, el asesinato de Miguel Uribe Turbay, su hijo, su proyecto de vida, su compañero político y humano.

"No busco una explicación", dice con una serenidad contenida. "La dejo en manos de Dios. Si intento entenderlo, tendría que cuestionar mi fe, y no quiero hacerlo." Ese es el punto de partida de esta historia: un hombre que decidió no romperse.

La infancia de un hombre que aprendió a resistir

Miguel Uribe nació en Medellín, en una familia profundamente antioqueña. Nueve generaciones de raíces paisas lo preceden. Creció entre fábricas, máquinas, disciplina y estudio. Fue un niño criado en la exigencia, sí, pero también en el afecto. "Quise que mi hijo me recordara como yo recordaba a mi padre", dice, al volver sobre su propia infancia.

Estudió economía en Estados Unidos y se formó en banca, finanzas y administración. Tenía una carrera clara en el sector privado, incluso por fuera del país, hasta que la política apareció, como suele hacerlo, de manera inesperada. Con apenas 26 años llegó al corazón del poder: trabajó en el gobierno de Julio César Turbay, se movió en espacios decisivos del Estado y vivió desde adentro una época compleja, atravesada por violencia, narcotráfico y presión armada.

Diana Turbay: amor, periodismo y valentía

Conoció a Diana Turbay el mismo día de su posesión en el gobierno. Periodista rigurosa, mujer decidida, figura clave en la historia reciente de Colombia. Se casaron en 1985. Juntos impulsaron proyectos periodísticos y compartieron una visión nítida del país.

Diana no solo hizo periodismo: también ayudó a abrir caminos de paz. Fue clave en los primeros acercamientos con el M-19. Creía en la palabra, en el diálogo, en la posibilidad de una Colombia distinta. En 1990 fue secuestrada y, cinco meses después, asesinada.

Miguel Uribe lo recuerda sin dramatismos artificiales, pero con una precisión que duele. Cuenta cómo la buscó por todo el país, cómo habló incluso con grupos armados, cómo Diana, desde el cautiverio, le pidió a su padre que no negociara con los extraditables. "Nunca puso a su familia por encima del país." Ese mensaje marcaría para siempre a su hijo.

Un padre, un hijo y una misión

Miguel creció con la ausencia de su madre y con la presencia absoluta de su padre. "Siempre estuve con él", dice. No solo como figura paterna, sino como formador, lector y guía. Miguel aprendió política, ética y sentido de país desde la herida.

La vida no le dio tregua. En 1999, Miguel Uribe fue acusado injustamente en un proceso judicial que terminó en absolución total, pero que lo dejó marcado durante años. "En Colombia, una acusación ya es una condena", afirma. Aun así, siguió adelante: trabajó, estudió, resistió. Y vio cómo su hijo se abría camino en la política, convencido de que Colombia podía ser distinta.

El discurso que cambió todo

Cuando Miguel, su hijo, muere, Miguel Uribe enfrenta una decisión imposible: callar o hablar. En la Catedral, frente al país, eligió hablar. Ese discurso, sereno y firme, sin rencor, marcó un punto de quiebre.

No fue un discurso de odio. Fue una invitación a la unión, incluso con quienes habían sido adversarios. Reconoció liderazgos, pidió acuerdos, habló de país. Y, sin buscarlo, quedó expuesto ante la opinión pública como una voz propia. "No quería estar aquí", dice. "El que debía estar sentado era Miguel, no yo." Pero entendió que el silencio también podía ser una forma de renunciar.

Del duelo a la decisión

Miguel Uribe no se presenta como víctima para obtener poder. Se presenta como alguien que entiende el dolor de miles de colombianos. "Los padres no deberían enterrar a sus hijos", repite. "Eso es antinatural."

Su decisión de continuar el legado de su hijo no nace de la ambición, sino de la convicción: de creer que la voz de Miguel no podía ser silenciada dos veces. Su historia personal le dejó una mirada distinta sobre la violencia, la guerra, el narcotráfico y las víctimas.

"No tengo rencor", insiste. "Quiero reconciliación. No podemos seguir destruyéndonos." Miguel Uribe no busca conmiseración. Busca ser entendido. No pide indulgencia: pide ser escuchado.

Este no es el retrato de un político tradicional. Es el retrato de un hombre que ha vivido el poder, la tragedia, la injusticia y la pérdida, y que aun así decidió no retirarse del mundo. Al final de la conversación queda claro que su historia no se explica desde la coyuntura, sino desde la vida: desde la suma de golpes que no lo quebraron, desde la fe que eligió no perder, desde una idea que se repite como promesa: Y que Colombia, de una vez por todas, aprenda a escuchar a quienes hablan desde la herida, y no desde el odio.