La deuda de un migrante con las mujeres que abrieron sus puertas en Bogotá
Los hombres somos como espermatozoides que caminamos, también nos llaman migrantes. Nos detesta un señor de pelo color naranja, hijo de padres alemanes que se ha casado tres veces, dos de ellas con forasteras venidas de atardeceres checos y eslovenos. De él diría Mafalda: el mundo está enfermo de Trump. El amigo del pedófilo Epstein vive envalentonado porque tiene por almohada un rifle y fácil acceso al botón nuclear.
Como migrante, estoy en deuda con las mujeres que me acogieron entre sus cuatro paredes cuando salí en busca del insomnio bogotano. Jamás les llevé flores el Día Internacional de la Mujer, pero sus gestos permanecen grabados en mi memoria.
Primera llegada al barrio 12 de Octubre en 1964
La primera vez, en 1964, desembarqué en el bogotano barrio 12 de Octubre. Llegamos arriando first class de Aerocóndor los ilusos Rafa Uribe, Jairo Flórez y Fabio Muñoz, bueno como el pan, quien acaba de abandonar este acabadero de ropa llamado tierra.
Audacísima la casera que recibió a cuatro desempleados paisas que vivíamos jugando cartas. Antioqueño, ni grande ni pequeño, nos cacareaban. Belisario Betancur, migrante de Amagá, solía recordar la frase de un boga: no son gente, son unos paisas. Como nadie apareció a entregarnos las llaves de la ciudad, ninguna multinacional se interesó en nuestro talento y el hambre empezó a dar cornadas, regresamos a casa.
Segunda oportunidad y 45 años en la capital
A la segunda fue la vencida. Viví en Bogotá 45 años. Llegué en Flota Magdalena. Cuando empecé a devengar me instalé en casa de doña María, pitonisa costeña. Le gustaba la música de los Rolling Stones que yo oía. Alquilaba cuartos sin agua caliente. Adivinaba el azar para cuadrar caja.
Su esposo, don Rafa, celador, delgado como un alfil del ajedrez, era de esos típicos maridos que dicen: aquí se hace lo que yo obedezco. Compartíamos inquilinato con siete gatos, en una convivencia peculiar que marcó mis primeros años en la ciudad.
Viviendo en las torres de Salmona
Arriba de las torres de Salmona fui inquilino en el apartamento de Ernesto Franco, el autor de Copetín, tira cómica que publicaba en EL TIEMPO. Su esposa, la Paisa, como le decía, escondía la sonrisa cuando se acercaba el fin de mes para que no me fuera a colgar en el arriendo.
La Mona y yo hablábamos largo para que no se nos olvidaran el sonsonete ni la jerga antioqueña. Tardías flores virtuales para las mujeres que acompañaron mi soledad de migrante, aquellas que con pequeños gestos hicieron más llevadera la vida lejos de mi tierra natal.
Este relato es un homenaje a todas esas mujeres bogotanas y costeñas que, sin pedir nada a cambio, ofrecieron refugio y compañía a un antioqueño perdido en la inmensidad de la capital. Su solidaridad silenciosa es lo que verdaderamente hace grande a las ciudades que reciben migrantes.
