Un abrazo que contiene el dolor de toda una nación
En una sala de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), un hombre se arrodilla frente a dos mujeres. No hay gestos grandilocuentes ni épica en esta escena, solo el cuerpo doblándose bajo el peso de la culpa y el dolor compartido. "Yo sé que no es fácil, pero aquí estamos. Ustedes asumiendo su responsabilidad y nosotros enfrentando este dolor", había expresado momentos antes la hija que perdió a su padre en un asesinato. "Como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo".
El derrumbe emocional y la catarsis colectiva
El hombre se derrumba completamente y las mujeres lo abrazan. Los tres lloran desconsoladamente. En ese instante, todo el país parece caber en esa escena mínima: décadas de conflicto armado, ríos de sangre derramada, miles de historias familiares truncadas violentamente. Al final, todos lloramos con ellos. Este es el drama cotidiano de miles de familias colombianas que perdieron a sus seres queridos en las ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos.
Es también la historia de militares que cometieron atrocidades imperdonables, traicionando su juramento solemne de proteger a la población civil. Detrás de cada caso documentado hubo:
- Una hija que tuvo que crecer sin la guía paterna
- Una madre consumida por el dolor insoportable
- Familias enteras destrozadas por la ausencia
La pregunta fundamental: ¿para qué perdonar?
Existen daños que no se deshacen con el tiempo. Nada devuelve lo que fue arrancado violentamente, ningún proceso judicial por riguroso que sea puede resucitar a los muertos. Entonces, surge la pregunta inevitable: ¿cuál es el sentido del perdón en estas circunstancias?
El perdón se revela como un acto íntimo de soberanía personal. Ninguna autoridad estatal puede decretarlo o imponerlo, solo puede surgir de la voluntad auténtica de cada ser humano afectado. Este perdón no borra los hechos históricos ni alivia completamente el duelo. No reescribe la historia documentada ni exonera la responsabilidad de los culpables.
La cadena rota del rencor eterno
Sin embargo, el perdón cumple una función transformadora esencial: rompe la cadena silenciosa del rencor que ata permanentemente a la víctima al gesto criminal del victimario. Es profundamente liberador. Perdonar significa negarse rotundamente a que el odio tenga la última palabra en la historia personal y colectiva. "Este es un momento que necesitábamos para poder sanar y dejar salir este dolor", confiesa una de las mujeres participantes.
Cambiando el futuro desde el dolor del pasado
Tal vez el perdón no pueda modificar los eventos del pasado, pero sí altera radicalmente el porvenir. No corrige los registros históricos, pero desplaza fundamentalmente el lugar desde donde decidimos mirarnos como sociedad. En una nación acostumbrada durante décadas a contar muertos y clasificar víctimas, ese abrazo -frágil, imperfecto, profundamente humano- introduce otra contabilidad posible:
- La contabilidad de la memoria preservada con dignidad
- La contabilidad del dolor procesado colectivamente
- La contabilidad de los gestos que reconstruyen el tejido social
Y quizá, apenas quizá, la de una convivencia pacífica que todavía estamos aprendiendo dolorosamente a construir como país. Este proceso ha sido posible gracias a espacios como la JEP que propician estos encuentros restaurativos.



