El vacío que dejó un taxista en Barranquilla: seis meses sin respuestas
El próximo 5 de marzo se cumplirán exactamente seis meses desde que Cristian David Pahuana Padilla, un taxista de 30 años, desapareció junto con su vehículo en las calles de Barranquilla. Lo único que queda de él es el eco de su última videollamada a su madre y un punto frío en el mapa marcado por el GPS de su taxi Hyundai Atos, modelo UYR 661.
La última conversación que todo lo cambió
Doña Marta, madre de Cristian, recuerda con precisión dolorosa cada segundo de aquel viernes 5 de septiembre de 2025. "¿Qué quieres que te lleve?", le preguntó su hijo desde los alrededores del Malecón, a las 3:45 de la tarde. Minutos después, cambió de opinión: "No, mami, mejor cuando vaya para la casa te vuelvo a llamar para llevarte algo rico". Esas fueron sus últimas palabras. A las seis de la tarde debía estar de regreso en casa, pero nunca llegó.
El teléfono se apagó y el taxi se desvaneció, dejando atrás solo preguntas sin respuesta. Esa noche, Doña Marta comenzó a caminar por el pasillo de su casa en la Ciudadela Metropolitana de Soledad, repitiendo como un mantra: "Cristian no ha llegado... raro, raro". A las dos de la mañana, la preocupación se convirtió en alarma. A las cinco, llamó a la novia de su hijo, pero tampoco allí había noticias.
El viacrucis institucional y el punto frío del GPS
El 8 de septiembre, después de intentar infructuosamente los días anteriores, Doña Marta pudo formalizar la denuncia por desaparición forzada. Desde entonces, ha recorrido los pasillos de instituciones oficiales con una esperanza que se desvanece con cada día que pasa. La Fiscalía no ha encontrado rastros significativos y lo único concreto es un dato técnico: la última ubicación del GPS marca cerca del barrio San Isidro en Barranquilla.
Lo más desconcertante para las autoridades y la familia es que el taxi nunca volvió a moverse después de ese punto. No ha aparecido abandonado, calcinado, desguazado ni vendido. Es como si vehículo y conductor hubieran sido tragados por la tierra, dejando atrás solo un vacío que se expande con el tiempo.
El dolor y los rumores que duplican el sufrimiento
Doña Marta enfrenta no solo la ausencia de su único hijo, sino también los comentarios crueles de quienes especulan sin conocimiento. "Dicen que él se fue... que esto es un montaje... que yo estoy actuando", relata con voz quebrada. "¿Tú crees que uno actúa este dolor? ¿Tú crees que yo voy a inventar algo así?".
Ángel, uno de los amigos más cercanos de Cristian, interviene con rabia contenida: "Compa, yo he escuchado cosas terribles. Que él se fue del país, que está escondido, que se metió en algo... ¡si Cristian no era malo!". La señora Marta insiste: "Mi hijo no era malo. Hasta los malos aparecen muertos... pero aparecen. A mi hijo no me lo han devuelto ni vivo ni muerto".
Las llamadas extorsivas que jugaron con su esperanza
Los primeros días después de la desaparición, sonaron llamadas de números desconocidos. Una voz afirmó que tenían a Cristian y pidió dinero, intentando dar prueba de vida con macabros detalles que resultaron falsos: Cristian nunca tuvo las orejas perforadas. Otra llamada prometía entregarlo en un CAI cercano a cambio de dos millones de pesos.
Estas llamadas extorsivas comenzaron justo después de que Doña Marta presentó la denuncia, según su testimonio. Aunque momentáneamente alimentaron la esperanza de que Cristian estuviera vivo, pronto se revelaron como fraudes que solo añadieron crueldad al calvario familiar.
La vida que quedó en pausa
Cristian desapareció sin lujos ni comodidades. "Él no tenía plata, no andaba en nada raro", asegura su madre. "Si algo tenía que pagar, yo hasta lo ayudaba...". Doña Marta asumió las deudas que dejó su hijo, protegiendo así a su nieta de comentarios y humillaciones. Incluso enfrentó actos de vandalismo contra su casa que la obligaron a recurrir a un préstamo bancario.
Ángel recuerda detalles que duelen por su cotidianidad: "Una semana antes me dijo: 'Joda, no tengo ropa y voy a salir el otro viernes'. Yo le presté una bermuda, dos suéteres...". El mismo viernes de la desaparición, Cristian llamó temprano para decir que le había ido bien, que había comprado ropa nueva con otro amigo y quería estrenarla. Esa ropa sigue doblada, esperándolo.
El apoyo psicológico y la fe que sostiene
Doña Marta se apoya en psicólogos, psiquiatras, en su familia cercana y en su fe. "Yo necesito paz", confiesa. "Por eso a veces hasta me quiero mudar. Aquí solo hay dolor y chisme". Su mayor anhelo no es venganza ni indemnización, sino claridad: "Si Dios me lo reclamó, yo acepto su voluntad... pero déjenme encontrarlo. Déjenme llorarlo. Déjenme enterrarlo. Déjenme vivir mi duelo".
Recuerda a su hijo como alguien "alegre. Muy alegre. Siempre bailando. Creyente. Con fe. Nunca se ha metido en nada malo. Él no me iba a dejar sola". Ángel confirma: "Él era de los que ponían música a todo volumen solo para hacerme bailar. Era luz. Era risa".
La pregunta que resuena en el silencio
A pocas semanas de cumplirse seis meses de búsqueda infructuosa, la casa de Doña Marta mira en silencio la ropa doblada que Cristian compró ese día. Barranquilla y todo su barrio siguen detrás de la pregunta que ella repite como una aguja en el pecho desde septiembre: "Vivo o muerto, ¿por qué no me lo devuelven?". Mientras tanto, el punto frío del GPS en San Isidro sigue siendo el único testimonio mudo de una desaparición que desafía toda lógica.