Leonor y su duelo no autorizado: la sombra de las pérdidas invisibles en Altagracia
Duelos no autorizados: las pérdidas invisibles en Altagracia

En Altagracia, la muerte se mide en gramos de silencio

En el pueblo de Altagracia, la contabilidad del dolor sigue reglas de mercería: solo cuenta lo que tiene peso, nombre y espacio en la fosa común. Un embarazo que se detiene es catalogado como una avería biológica, un incidente que se limpia con cal y se borra del registro emocional de la comunidad. En este mercado donde solo se autorizan ciertas lágrimas, lo que nunca respiró oficialmente no merece luto ni reconocimiento.

Leonor: una sombra que carga un vacío atroz

Leonor camina por las calles sin el atuendo negro que la tradición exige. El boticario y el cura han decretado que no se llora lo que nunca tuvo rostro legal, pero ella avanza doblada sobre sí misma, protegiendo su vientre como si guardara una brasa clandestina. Su sombra se ha convertido en la más obscena del pueblo: una cuna de humo para lo que ella llama el hijo de viento, una silueta cuyo peso no proviene de lo que carga, sino del vacío devastador que proyecta sobre el asfalto de Altagracia.

"No seas exagerada, Leonor. Eres joven, el útero no tiene memoria", le espeta su tía mientras le sirve una sopa que sabe a resignación forzada. Leonor no escupe el caldo por educación, pero percibe en cada cucharada el sabor del arsénico social. ¿Cómo explicarles que ella ya había bautizado al silencio con un nombre secreto? ¿Cómo hacerles entender que sus pechos se han convertido en dos piedras sin boca, y que en su mente ya había trazado un mapa completo de pasos infantiles que jamás ensuciarán el polvo de la plaza?

El lavadero público: un altar de duelos compartidos

La sombra de esa cuna de viento arrastra a Leonor hasta el lavadero público del pueblo. Allí, entre el vapor caliente y la mugre acumulada, sus ojos encuentran a otra mujer: una joven que nunca denunció la dentellada que la asaltó en un callejón oscuro, y cuyo calvario terminó en una habitación de mala muerte. No existen cintas negras para quienes mueren por dentro, sin testigos ni certificados médicos.

Sus miradas se encuentran sobre el agua sucia del lavadero, sellando un pacto de reconocimiento mutuo que no requiere firmas ni testigos. "Tenía diez semanas de universos", susurra Leonor, desafiando la aritmética fría que rige en Altagracia. "Yo tenía un miedo que se volvió agujero", responde la joven, validando el dolor que ambas cargan.

La transformación: de grillete a incendio de luz

En ese instante preciso, la cuna de viento deja de ser un grillete que arrastra a Leonor. Al validar que el "casi" constituye una patria completa del alma y no un simple informe médico, la sombra de Leonor se transforma en un incendio de luz. Comprende finalmente que su luto no es por una "interrupción" biológica, sino por un futuro que fue absoluto en su deseo más íntimo.

Esa misma noche, Leonor no escondió las pequeñas ropitas que había tejido durante semanas; las colocó sobre la mesa del comedor con el permiso implícito para existir como testimonio de su amor. En Altagracia siguen ignorando los latidos que se apagan en la sombra, pero Leonor ya se ha convertido en la dueña absoluta de su propia y hermosa oscuridad.

Como Mateo y su cuervo, como Elena y su llave misteriosa, Leonor con su cuna de viento pertenece a esa categoría de seres ilegítimos según los registros oficiales, pero que se reconocen mutuamente en el silencio compartido de los duelos no autorizados por la moral de parroquia.