La Violencia Vicaria: Una Realidad Oculta en los Hogares Colombianos
En Colombia, la violencia contra las mujeres presenta múltiples facetas, algunas visibles y otras que se esconden en la cotidianidad de los hogares. La violencia vicaria, donde los hijos son utilizados como instrumento para dañar a la madre, representa una de las expresiones más crueles de este sistema. A pesar de su gravedad, sigue siendo una forma de violencia poco reconocida y discutida públicamente.
Cifras Alarmantes que Revelan una Crisis Silenciosa
En el año 2024, diversas organizaciones sociales documentaron más de 3.000 casos de violencia vicaria en todo el territorio colombiano. Este dato es especialmente preocupante considerando que ni siquiera existe una tipificación clara en la legislación nacional para este tipo de violencia. Pero antes de que esta violencia alcance su forma más extrema, existe un terreno fértil donde se desarrolla: la violencia silenciosa.
Esta violencia no deja moretones visibles, pero sí siembra un profundo miedo. Se manifiesta a través del control del dinero, de las decisiones personales y de los vínculos sociales. Muchas mujeres optan por callar porque saben o intuyen que hablar podría poner en peligro a sus hijos.
Santander: Un Reflejo de la Realidad Nacional
Entre enero y noviembre de 2025, más de 27.000 mujeres fueron víctimas de violencia intrafamiliar o sexual en Colombia. Santander no escapa a esta cruda realidad. En este departamento se registran en promedio 13 denuncias diarias de violencia intrafamiliar, donde el 73% de las víctimas son mujeres.
Las estadísticas son aún más reveladoras: se contabilizan 223 casos de violencia contra la mujer por cada 100.000 habitantes en Santander. Miles de estos episodios incluyen violencia psicológica, negligencia intencional y diversos tipos de abuso. Los datos confirman lo evidente: para muchas mujeres, el hogar sigue siendo el lugar más peligroso, y los agresores son, en su mayoría, hombres cercanos a ellas.
El Silencio como Estrategia de Supervivencia
¿Por qué persiste este silencio? La respuesta no se encuentra en la debilidad, sino en años de manipulación emocional, dependencia económica y amenazas veladas. Es el miedo a que una denuncia termine en retaliación: en la pérdida de la custodia de los hijos, en el aumento de la violencia o en la indiferencia institucional.
La violencia vicaria se sostiene precisamente sobre este miedo. No comienza cuando un hombre utiliza a los hijos para causar daño; comienza mucho antes, cuando una mujer aprende que su seguridad, y la de sus hijos, depende de no incomodar al agresor. Aquí radica el verdadero problema: seguimos esperando que las mujeres hablen, sin garantizar que hacerlo sea seguro para ellas y sus familias.
La Urgencia de Nombrar y Reconocer
Nombrar la violencia vicaria es urgente, pero no suficiente. Se necesita reconocer también esa red invisible de violencia psicológica, emocional y económica que la precede. Mientras estas formas sigan siendo minimizadas o ignoradas, seguiremos llegando tarde, cuando el daño ya sea irreparable.
El silencio en Colombia, y específicamente en Santander, no representa la ausencia de violencia. En muchos casos, es su consecuencia más evidente y dolorosa. Romper este ciclo requiere no solo de leyes más claras, sino de un cambio cultural que garantice seguridad real para las mujeres que deciden alzar la voz.



