Innovar o repetir: la urgencia de pensar en la era de los algoritmos
Innovar o repetir: la urgencia de pensar en algoritmos

La urgencia de pensar en tiempos de algoritmos

El pensamiento es, ante todo, una expresión de lo humano. Surge de la experiencia, de la duda y del contacto con otros. Hablo desde un lugar personal: soy educador por vocación y profesor por oficio. En mi infancia, mis abuelas me enseñaron —sin nombrarlo así— que educar es transmitir cultura: gestos, valores, formas de habitar el mundo. En ese sentido, todos educamos. El profesor, en cambio, se ocupa de un campo específico del saber. No siempre de su sentido.

Con los años entendí que enseñar no es repetir contenidos, sino volver constantemente sobre lo aprendido para transformarlo. Hay una diferencia sustancial entre quien piensa y crea y quien simplemente reproduce información. Esa diferencia, hoy, se vuelve crucial.

La era del pensamiento inteligente para la innovación

Vivimos en una época que podría definirse como la era del “pensamiento inteligente para la innovación”. La producción de conocimiento ya no depende exclusivamente de la mente humana. Las máquinas, a través de sistemas algorítmicos, procesan datos y ofrecen respuestas en tiempos que superan nuestras capacidades. La eficiencia se ha convertido en el criterio dominante. Y con ella, una paradoja inquietante: mientras más información tenemos, menos pensamiento propio ejercitamos.

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El problema no es la tecnología en sí, sino el lugar que ocupamos frente a ella. La mayoría de las personas ha sido desplazada al rol de consumidora de información, no de creadora de conocimiento. Se estandarizan lenguajes, decisiones y formas de actuar bajo la promesa de “ganar tiempo”. Pero ese tiempo, convertido en unidad de medida de la productividad, termina por vaciarse de sentido.

El ocio como espacio de pensamiento

En ese proceso hemos ido perdiendo algo esencial: el ocio como espacio de pensamiento. La contemplación, la pausa, la conversación sin finalidad inmediata han sido reemplazadas por la urgencia de producir. Todo debe ser útil, rápido y medible. Incluso la innovación corre el riesgo de reducirse a una consigna vacía.

Conviene recordar que innovar implica dos cosas: mejorar lo existente o crear algo nuevo para resolver problemas reales. No se trata solo de eficiencia, sino de sentido. Sin embargo, en muchas instituciones —educativas, empresariales, incluso gubernamentales— la innovación se confunde con la repetición acelerada de modelos importados o con la adopción acrítica de tecnologías.

Necesidad de personas capaces de pensar

Hoy, más que nunca, necesitamos personas capaces de pensar. Profesores que no se limiten a transmitir contenidos, sino que formen criterio. Médicos que investiguen, no solo que apliquen protocolos. Ciudadanos que cuestionen, no solo que consuman.

Una ciudad como Cali —y el país en general— enfrenta desafíos complejos: desigualdad, violencia, crisis ambiental, precariedad laboral. Ninguno de estos problemas se resolverá con fórmulas repetidas ni con soluciones automatizadas. Requieren pensamiento crítico, creatividad y, sobre todo, una formación que priorice la capacidad de preguntar.

Reflexionar sobre la innovación como base para el bienestar social es posible, sí y solo sí, se pueden ver oportunidades donde otros ven dificultades insuperables e inalcanzables.

Innovar o repetir

La tensión es clara: innovar o repetir. Pero innovar no es adoptar lo último en tecnología, sino atreverse a pensar distinto. Y pensar distinto implica detenerse, incomodarse y salir del molde.

Si renunciamos a esa capacidad, no serán las máquinas las que nos reemplacen. Seremos nosotros quienes habremos dejado de ejercer lo más humano que tenemos: la posibilidad de pensar.

Opinión de José Darwin Lenis.

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