Un martes, un campesino baja por uno de los caminos que alguna vez recorrió la legendaria figura de Francisco el Hombre, acordeón al hombro y asno de por medio. Trae dos bultos de yuca para venderlos en el mercado más cercano, como lo ha hecho toda su vida. Antes de llegar, unos hombres armados le salen al paso y le preguntan de qué vereda viene y hacia dónde va. Cuando responde, es reconvenido: a esa vereda le corresponde bajar sus productos los jueves, no los martes, disposición pensada para recaudar mejor los tributos. Esos hombres no representan a ningún ministerio; pertenecen a una organización armada ilegal. El campesino sabe que desobedecer le costará la vida, y regresa a su vereda con la mansedumbre de quien vive, desde hace años, bajo un orden brutalmente eficaz.
El control del tiempo como herramienta de poder
¿Quién marca el tiempo en ese territorio? Cuando una organización armada decide qué día baja la yuca, qué día se cosecha, qué día circula el ganado, no solo controla el espacio: coloniza el calendario. El tiempo agrícola, negociado entre el clima, la tierra y la costumbre, pasa a ser dictado por quien porta el fusil. La vereda ya no obedece a la lluvia ni a la luna, sino al turno que le asignó el hombre armado.
En muchos municipios de Colombia parece haberse producido una silenciosa división del trabajo. Los gobernantes elegidos administran presupuestos, celebran contratos e inauguran obras. Entre tanto, las organizaciones armadas ejercen el gobierno efectivo sobre amplios espacios del territorio. Los primeros administran; los segundos mandan. Los primeros conservan la autoridad jurídica; los segundos proyectan el poder cotidiano y, con frecuencia, el miedo que lo sostiene y lo disimula.
De la libertad del juglar al sometimiento del campesino
Francisco el Hombre es memoria de otro régimen de movimiento: el músico trashumante que desafiaba al diablo en un duelo de acordeones y ganaba el derecho a seguir su camino sin pedir permiso. Su leyenda supone un territorio donde caminar era un acto de libertad, no un trámite ante un poder paralelo. Hoy, el mismo camino exige contraseñas: el día correcto, la vereda correcta, la carga declarada. El campesino no negocia con el diablo; negocia con hombres que sustituyeron la ley por el calendario del tributo.
La soberanía no es una idea abstracta sino una experiencia cotidiana. Los ciudadanos descubren quién gobierna no leyendo la Constitución, sino observando quién resuelve las disputas, quién protege, o amenaza, los caminos. Esa observación simple contiene toda una teoría del poder.
El Estado ausente y la cartografía real del poder
Gobernar ha significado, históricamente, hacer visible una autoridad legítima sobre un territorio y una comunidad. Cuando esa autoridad deja de ser reconocida y otros ocupan su lugar mediante el miedo, los tributos, los símbolos y las armas, el Estado permanece en los mapas, pero comienza a desaparecer de la vida cotidiana.
Francisco el Hombre venció al diablo tocando su acordeón; el campesino de este martes solo puede vencer al miedo obedeciendo a quienes controlan por la fuerza los caminos. Entre esas dos leyendas, la del juglar itinerante y la del labriego sometido, se ha ido construyendo, territorio por territorio, la verdadera cartografía del poder en Colombia: no la que dibujan los mapas, sino la que martes tras martes impone el calendario del miedo.
Weildler Guerra, columnista de El Heraldo, reflexiona sobre esta realidad en su artículo. Según Guerra, la imposición de días específicos para actividades cotidianas es una muestra de cómo los grupos armados reemplazan al Estado en funciones básicas de regulación.



