Catalina Uribe Rincón, en su análisis, destaca que las manadas masculinas se están volviendo cada vez más eficaces en la sociedad actual. Durante los sanfermines en Pamplona, España, la imagen de hombres corriendo uniformados frente a toros evoca el recuerdo de La Manada, el grupo que en 2016 violó a una mujer de 18 años, grabó la agresión y la compartió en un chat grupal. Inicialmente condenados por abuso sexual a nueve años, el Tribunal Supremo español elevó la pena a 15 años por violación, intimidación y cooperación.
Uniformidad y violencia: una estética de nuestro tiempo
Uribe reflexiona que la escena de hombres vestidos iguales, corriendo y empujándose, ya no es exclusiva de Pamplona. El pasado 4 de julio, cientos de miembros del Patriot Front, nacionalistas blancos, marcharon en Washington con pantalones caqui, camisas azules y banderas confederadas, formando una estampida de cuerpos indistinguibles. Esta uniformidad se repite en contextos como el fútbol: tras el triunfo del París Saint-Germain en la Champions League, hordas de hombres con torsos descubiertos salieron a las calles, cantando, usando pólvora y subiéndose a estatuas. Las mujeres, por supervivencia, aprenden a hacerse a un lado en esta coreografía no enseñada. Una profesora mayor pidió acompañamiento para salir porque le estaban pasando por encima.
El fútbol como catalizador de violencia doméstica
El fútbol no causa violencia contra las mujeres, pero revela cómo algunas alegrías masculinas se convierten en permiso para la agresión. En Colombia, datos de la Sijín y estudios de la Universidad Javeriana y la Universidad de Lancaster, recogidos por De la Urbe de la Universidad de Antioquia, muestran que cuando juega la Selección Colombia aumentan en promedio 19 denuncias de violencia intrafamiliar, de las cuales el 79% de las víctimas son mujeres. En Inglaterra, el abuso doméstico sube un 26% cuando la selección gana o empata y un 38% cuando pierde. La manada celebra, pierde o empata, y el cuerpo de la mujer es el que paga.
El absurdo de llamarse "La Manada"
Uribe critica que el movimiento político de Abelardo de la Espriella, conocido como "La Manada", adopte ese nombre. Los biólogos recuerdan que los tigres, su símbolo, no viven en manada, salvo madres con crías. Además, "La Manada" ya nombra en Europa un grupo de hombres que violó a una mujer creyendo tener derecho a hacerlo. Para Uribe, esto no es ignorancia sino una revelación: la manada no es un grupo animal con instinto, sino una horda de masculinidad que avanza porque el otro avanza, como ejércitos improvisados envalentonados por el anonimato del grupo.
El feminismo relegado en la política colombiana
El problema es que las manadas se fortalecen en estos despliegues de masculinidad, mientras discursivamente convencen de que el enemigo es el feminismo. En Colombia, con un gobierno de izquierda, el feminismo se olvidó porque se asumió que la izquierda ya defendía a las mujeres. Pero la manada progresista también tuvo sus cascos, escudos y la Primera Línea machirula. Los reclamos feministas se volvieron incómodos, secundarios, desleales. Ahora, con la derecha, cualquier alusión al feminismo suena a insulto. Hasta Paloma Valencia tuvo que desmarcarse del término para no perder votantes. La igualdad sí, la palabra no; la deuda sí, el movimiento que la ha nombrado no.
Masa vs. manada: una doble moral histórica
Históricamente, a las mujeres se les negó el voto con el argumento de que votarían en masa bajo influencia de sacerdotes y maridos. Siempre eran masa cuando reclamaban derechos: emocionales, manipulables, rebaño, multitud. Pero cuando los hombres se agrupan para marchar, gritar, intimidar, eso ya no es masa, sino manada. Y entonces hasta les aparece un nombre de campaña. Uribe concluye que esta doble moral persiste, y el feminismo sigue siendo desplazado en el discurso político colombiano.



