Éxito: sentirse útil es clave para el bienestar juvenil, según estudio
Éxito: sentirse útil es clave para el bienestar juvenil

Durante años hemos respondido casi sin pensar una de las preguntas más importantes que puede hacerse una persona: ¿qué significa tener éxito? La respuesta suele venir acompañada de imágenes conocidas: un buen título universitario, un cargo importante, un salario alto, prestigio, reconocimiento e influencia. Sin proponérnoslo, también hemos educado a nuestros hijos bajo esa misma lógica, repitiéndoles que estudien, se preparen, desarrollen sus talentos y lleguen tan lejos como sea posible. Todo eso tiene valor. El problema aparece cuando confundimos el medio con el fin.

La evidencia científica detrás de una intuición

Hace unas semanas, mientras preparaba el discurso de graduación para los estudiantes de último año de nuestro colegio, me encontré reflexionando precisamente sobre esa idea. Quería invitarlos a pensar que el éxito no consiste únicamente en acumular logros, sino en construir una vida con propósito, relaciones significativas y una contribución positiva para los demás. Días después llegó a mis manos un estudio elaborado por Gallup, Making Caring Common de Harvard y la Walton Family Foundation que pareció poner evidencia científica a esa intuición.

El dato que más me sorprendió no fue sobre ansiedad, depresión o redes sociales. Fue otro, mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: uno de cada tres jóvenes de la Generación Z afirma que no siente que sea necesario para otras personas. No dice que no tenga amigos. No dice que esté solo. Dice que siente que nadie realmente lo necesita. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación.

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Bienestar: más allá del autocuidado

Durante años hemos intentado responder a la creciente preocupación por la salud mental de los jóvenes fortaleciendo el acompañamiento emocional, enseñando estrategias para manejar el estrés y promoviendo el autocuidado. Todo ello sigue siendo indispensable. Sin embargo, este estudio plantea una pregunta distinta: ¿y si una parte del bienestar no depende únicamente de sentirse querido, sino también de sentirse útil?

Los resultados muestran que los jóvenes que con mayor frecuencia ayudan a otros, participan en actividades de servicio, cuidan personas, lideran iniciativas o sienten que contribuyen de manera significativa reportan mayores niveles de bienestar, esperanza y sentido de propósito. No se trata simplemente de hacer voluntariado de vez en cuando. Se trata de experimentar algo profundamente humano: descubrir que nuestra existencia mejora la vida de alguien más.

La paradoja de la generación más atendida

La conclusión resulta incómoda porque cuestiona una tendencia muy presente en nuestra forma de educar. Con la mejor intención, hemos construido entornos donde los adultos resolvemos buena parte de los problemas de los jóvenes. Organizamos sus horarios, intervenimos rápidamente en sus conflictos, evitamos que enfrenten frustraciones y tratamos de despejarles el camino. Lo hacemos por amor. Nadie duda de ello. Pero quizá, sin querer, también les estamos quitando oportunidades para asumir responsabilidades reales, cuidar de otros, tomar decisiones importantes y experimentar esa poderosa sensación de ser necesarios.

Hay una paradoja difícil de ignorar. Nunca una generación había recibido tanta atención a su bienestar. Nunca habíamos hablado tanto de autoestima, inteligencia emocional o salud mental. Y, al mismo tiempo, millones de jóvenes experimentan una profunda falta de sentido. Tal vez porque el bienestar no se construye únicamente mirando hacia adentro. También se construye mirando hacia afuera.

Lecciones del Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto

Las investigaciones más prolongadas sobre desarrollo humano parecen apuntar en la misma dirección. El famoso Estudio de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, que lleva más de ocho décadas siguiendo la vida de cientos de personas, ha mostrado que las relaciones profundas constituyen uno de los mejores predictores de una vida larga y satisfactoria. Este nuevo estudio añade un matiz igualmente importante: esas relaciones florecen cuando dejamos de ser únicamente receptores de cuidado y nos convertimos también en personas capaces de cuidar, apoyar y servir.

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Quizá por eso necesitamos revisar la manera como definimos el éxito. No porque el esfuerzo, la excelencia académica, el emprendimiento o el desarrollo profesional hayan perdido importancia. Todo lo contrario. Necesitamos buenos médicos, ingenieros, científicos, artistas, empresarios y educadores. Necesitamos personas preparadas para enfrentar problemas cada vez más complejos. Pero la verdadera pregunta no es solamente qué tan lejos llegarán. Es para qué llegarán hasta allí.

Redefiniendo el éxito: de los logros al servicio

Una sociedad puede producir profesionales extraordinarios y, al mismo tiempo, ciudadanos profundamente desconectados de los demás. Puede formar personas altamente competentes que nunca descubran que el mayor significado de sus talentos aparece cuando estos se ponen al servicio de una causa, una comunidad o una persona. Como educadores solemos preguntarnos qué conocimientos necesitarán nuestros estudiantes para el mundo que viene. Quizá deberíamos complementar esa pregunta con otra igual de importante: ¿qué responsabilidades reales les estamos permitiendo asumir desde hoy?

Porque el propósito no aparece mágicamente al terminar la universidad. Se cultiva desde la infancia cuando un niño descubre que puede cuidar a un hermano menor, acompañar a un compañero que está pasando un mal momento, liderar un proyecto, enseñar algo que sabe hacer o comprometerse con una causa que trasciende sus propios intereses. Tal vez la conversación sobre el bienestar juvenil necesita un cambio de enfoque. Además de preguntar cómo hacemos para que nuestros hijos sean felices, deberíamos preguntarnos cómo hacemos para que sean importantes para alguien. Cómo creamos más oportunidades para que contribuyan, lideren, sirvan y descubran que tienen algo valioso para ofrecer al mundo.

Conclusión: el éxito que realmente importa

Porque, al final, las personas más exitosas no son necesariamente las que acumulan más reconocimientos, más dinero o más prestigio. Son aquellas cuya ausencia dejaría un vacío porque hicieron la vida de otros un poco mejor. Quizá esa sea una definición de éxito menos llamativa para las redes sociales y más difícil de medir en una hoja de vida. Pero también es una definición que la evidencia empieza a respaldar y que vale la pena recuperar. Después de todo, una vida verdaderamente exitosa no es aquella en la que el mundo gira alrededor de nosotros. Es aquella en la que logramos convertirnos en alguien de quien otros pueden decir, con gratitud: “Mi vida fue mejor porque estuvo aquí”.

Por Camilo Camargo