La Cuaresma: Un tiempo universal para la transformación personal
En la existencia cotidiana de cada ser humano existen momentos específicos para actividades concretas. Hay tiempo para el estudio, el trabajo, el descanso, el ejercicio físico o las reparaciones del hogar. Incluso hay espacio para decisiones de las cuales posteriormente nos arrepentimos. La sabiduría ancestral del campo nos enseña estos ritmos naturales: sembrar durante la luna menguante, cosechar en creciente, podar en el momento preciso. Son ciclos que permanecen inalterables porque responden a una lógica profunda de la naturaleza. De manera similar, la dimensión espiritual de la vida posee sus propios tiempos sagrados, y uno de los más significativos es precisamente el periodo de Cuaresma.
El verdadero significado de la ceniza
Numerosas personas acuden a los templos religiosos durante el Miércoles de Ceniza acompañadas incluso de sus mascotas, con la esperanza de que estos animales también reciban la señal sacramental, quizás con la creencia de que así "les irá mejor" en sus vidas. Sin embargo, el sentido auténtico de la imposición de cenizas no radica en atraer buena fortuna ni funcionar como amuleto protector; su propósito fundamental es despertar conciencia existencial. Este ritual no habla sobre destino predeterminado ni sobre casualidades afortunadas, sino sobre la necesidad de conversión personal. No constituye un gesto mágico para garantizar que todo salga perfectamente, sino una invitación profunda y seria a transformar el corazón humano desde sus cimientos.
¿Qué significa realmente convertirse?
En este punto resulta conveniente realizar una aclaración teológica accesible, dirigida a personas comunes como usted y como yo. La conversión genuina no se limita exclusivamente a modificaciones externas de conducta, como si se tratara de un desafío moral de cuarenta días que debe cumplirse bajo la vigilancia de un ojo divino que todo lo observa. No se reduce simplemente a "portarse bien" temporalmente. Según las Escrituras sagradas, convertirse implica un cambio radical de mentalidad, una renovación interior completa, creer firmemente que la vida y todas las cosas pueden ser diferentes. Esta enseñanza no proviene de mí, sino que fue proclamada por San Pablo, aquel perseguidor, adúltero, orgulloso y asesino de cristianos que posteriormente se transformaría en el gran Apóstol de Cristo: "No se acomoden a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).
Convertirse significa aprender a contemplar la realidad con ojos diferentes, pensar de manera distinta, ordenar el corazón según nuevos principios, y esta tarea corresponde a toda la humanidad. Es responsabilidad mía y suya, de quienes profesan fe y de quienes no, del sacerdote y del feligrés, del adulto y del joven. Aquí emerge el concepto de fe, que no equivale a emoción religiosa pasajera ni a costumbre heredada familiarmente; representa una actitud fundamental frente a la existencia. Consiste en ponerse en camino incluso sin poseer todas las respuestas definitivas. El ejemplo paradigmático es Abraham, cuando Dios le ordena: "Sal de tu tierra... hacia la tierra que yo te mostraré" (Génesis 12:1). El texto bíblico añade con notable belleza que partió sin saber específicamente hacia dónde se dirigía. Eso es la fe auténtica, querido lector: dar un paso adelante cuando la vida lo exige, iniciar una conversación pendiente desde hace tiempo, declararle a alguien que lo amas con todo tu ser o que, por el contrario, ya no sientes afecto y prefieres evitar mayor daño, asumir una responsabilidad significativa, tomar una decisión valiente aunque no tengas el mapa completo del futuro. ¿Qué te está pidiendo Dios en este momento presente, hacia qué destino quiere que te dirijas?
Un llamado universal más allá de las creencias
Quizás usted no se considere persona creyente, o no practique activamente el cristianismo. Esto carece de importancia decisiva. La Cuaresma no está reservada exclusivamente para los "religiosos", está destinada a la gente de carne y hueso, a quienes algún día volverán al polvo terrenal, y esa condición nos incluye a todos sin excepción. Si estos cuarenta días nos ayudan colectivamente a ser más conscientes de nuestra mortalidad, más libres de ataduras innecesarias y más auténticos en nuestras relaciones, entonces habrán cumplido un propósito trascendental. Y esto, independientemente de que usted crea o no en Jesús de Nazaret, ya representa un excelente comienzo para cualquier proceso de crecimiento personal. ¡Que la fuerza divina nos asista en este camino!
Luis Alfredo Cortés Capera
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