El poder de las palabras: más allá del diccionario
El poder de las palabras: más allá del diccionario

Algunos lectores me reconvienen por no ser más explícito en mis columnas, sobre todo con potenciales enemigos de la carpa literaria. Solo que tengo un problema congénito: detesto caer en la vulgaridad o, mejor, evito caer en ella.

Estoy convencido de que un pensamiento sutil hace más por la existencia que una pedrada en el ojo o una descarga de palabras de grueso calibre. El asunto del sexo oral, por ejemplo, tan de moda en nuestros días, no admite ni de lejos un tratamiento escueto en prensa, radio o televisión.

Quienes desde la envidia se han permitido lanzar dardos desde sus tribunas, yo los perdono. Algunos están con un pie en la tumba y otros no escribieron ya la obra de arte que los sacaría del anonimato planetario. El tiempo todo lo cura: “Siéntate a la puerta de tu casa para que veas pasar el cadáver de tu enemigo…”

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Minnesota y la república libre del sexo oral

Quise creer que Minnesota era la república libre del sexo oral, y así lo declaré subliminalmente en una columna, para quienes entienden y no requieren explicaciones. Es claro, Minnesota es la patria de Bob Dylan y del autor de El Gran Gatsby, el queridísimo Scott Fitzgerald, a quien Leonardo DiCaprio le hizo merecido homenaje fílmico.

Al contrario de quienes la critican, creo que es menester conocer el libro para saber que se trata de una gran película. Es como ver Midnight in Paris de Woody Allen, sin el antecedente de París era una fiesta, de Hemingway. Quien no sabe nada acerca de Gertrude Stein, del poeta Ezra Pound o de T.S. Eliot, va a ver este filme y queda más o menos en babia.

Fascinante la recreación del Times Square de los años 20, con el aviso de camisas Arrow, o el Queensboro Bridge en ese momento del siglo XX. El filme adolece de algo que no me parece muy grave: el auto de Gatsby en la novela es de color lavanda, algo que hubiera ido perfecto con el ambiente Art Nouveau y Art Deco que recorre esta película.

La retórica como derecho

Hace unos días alguien me preguntó por qué daba tantos rodeos para expresar algo sencillo, acerca de un asunto que todos conocen. Manifesté que a veces me arrogaba el derecho de ser retórico; me gusta usar las palabras, halarlas del pelo, bajarlas de los árboles, hacerles cosquillas, tirarlas al río, pellizcarlas, sacarlas del mutismo de los diccionarios, para llevarlas por la calle, sobre la cabrilla del auto, o susurradas al oído de ellas.

¿Han notado cuánta gracia le hace a una mujer que uno le hable con absoluta dedicación y de manera firme, aunque lo que digas no tenga particular importancia? Haz la prueba; a toda mujer le gusta que le hablen, y si es de manera específica, considerada, mejor.

Un metalenguaje doméstico

Hay que usar las palabras; son muchas, abundantes. De las que están en el diccionario, solo empleamos un mísero diez por ciento. Es por ello que en mi casa he creado un metalenguaje que poco a poco se abre camino; en la mesa, todos saben que cuando pido ‘juguete del destino’, es porque deseo que me arrimen la jarra del jugo. Cuando cocino, ‘el que vuelve a casa’ es el ajo, por aquello del ‘buen hijo’, el ‘buen ajo’; ¿comprenden?; ‘madureira’ es el plátano maduro y ‘cafeto’ el tinto.

‘Zarpo’, sinónimo de levar anclas, para mí, urbanamente, es tomar camino. Si los bandidos en las calles tienen licencia y libertad para crear su propio ‘slang’ -en España los gitanos tienen su Caló General-, ¿por qué los que estamos dedicados a crear nuevos universos no podemos armar nuestra propia y doméstica jerga?

La herencia de mi abuela

Mi abuela, que era picarona, cada vez que escuchaba hablar en susurros, preguntaba “¿la mujer de quién?”, y si olvidaba el nombre de alguna persona a la que debía referirse en una conversación, completaba con “ciertos bultos”. Ella me enseñó jerigonza, así que otros no entendieran de qué iba la cosa.

A la juventud, particularmente, le fascina crear lenguajes secretos. Hoy, ‘ir al Perú’ es también sinónimo de hacer el amor. Por aquello de Machu Picchu.

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