El libro "El señor de las erratas" fue presentado en Barrancabermeja el 13 de mayo. Si una palabra desaparece, también lo hace el pensamiento que la nombraba. El vaciamiento del lenguaje también vacía el pensamiento que podía comprender el pequeño universo que representaba aquella palabra. Ese es el objetivo de la Neolengua en la novela "1984" de George Orwell. Su finalidad es eliminar la posibilidad de expresar ideas críticas o rebeldes, haciendo imposible el "crimental" (crimen del pensamiento) al suprimir las palabras necesarias para concebirlo. La reducción del vocabulario reduce el rango de pensamiento.
La manipulación de una sociedad mediante el uso del lenguaje fue recogida por el escritor Carlos Mario Mejía en su novela "El Señor de las Erratas". En esa obra no hay dictaduras ni continentes que entren en guerra o se alíen de forma cíclica hasta crear en los ciudadanos la coexistencia de creencias contradictorias. Esta obra es la traducción moderna de lo que creó George Orwell. El Ministerio de la Verdad ahora es un bodeguero con agorafobia cuyo trabajo es movilizar la opinión política. Su cabeza todo el tiempo está pensando qué error ortográfico podría no sólo cambiar la redacción de una palabra, sino también su significado. Del "miedo" pasa al "hiedo", esa cosa entre el miedo y el hedor. La "lechembranza" es ese recuerdo lechoso que ya no se sabe si fue vivido y, por tanto, puede cambiar las memorias de una persona o de toda una sociedad. El "tiluto" es el luto por personas famosas cuyas hazañas y pecados se enturbian detrás de su éxito.
Le sugerimos: "Navegaciones y viajes fieros": un libro para la memoria cultural de Colombia. En "El Señor de las Erratas" no se elimina el vocabulario, si algo, se enriquece. Sin embargo, es un enriquecimiento tóxico. La riqueza es aparente, porque detrás, lo que tiene el vocabulario del bodeguero es saturación. Así como la eliminación directa de palabras empobrece el vocabulario, asimismo, cuando todo significa algo distinto a lo que parece, el ciudadano común pierde fundamento idiomático. No distingue entre la noticia y la lechembranza. Y un ciudadano sin fundamento es un votante manejable.
Para George Orwell, la decadencia política y la decadencia del lenguaje pertenecían al mismo fenómeno. La prosa burocrática está llena de eufemismos. "Pacificación" se cambia por bombardeo, "transferencia de población" por deportación, el uso repetitivo de "fascismo" lo vacía de contenido hasta hacer que cualquier fenómeno corresponda al concepto. Esta no era una falla estilística, era el dispositivo que volvía pensables, decibles y votables ciertas atrocidades. El bodeguero de Mejía es el descendiente digital de aquel funcionario que, sentado en un escritorio del Ministerio de la Verdad, organiza el marco de pensamiento de una sociedad.
Podría interesarle: Una carta firmada por Miguel de Cervantes en Sevilla en 1593 será subastada por USD 139.000. Así es como el bodeguero logra manipular las pasiones, los gustos y las indignaciones de las personas que no logran despegarse de las pantallas. Logra entrar a sus cabezas, distorsionar su vocabulario y su pensamiento, hacerlos más maleables. No obstante, de igual forma se vuelve maleable su propio pensamiento. Con el pasar de las páginas, pareciera que el bodeguero se vuelve loco. La paranoia escala. Se siente observado; sus contactos desaparecen; empieza a meter en la conspiración a la senadora, a Rusia, a los Balcanes. La agorafobia lo lleva a secuestrar a su prostituta con promesas y mentiras vacías. La errata regresa a su creador como un bumerán. Ya no sabe si recuerda o lechembra, si teme o hiede. La risa pasa del alivio al síntoma cuando se le queda atragantada.
La posverdad que comenzó a analizar George Orwell hace casi cien años puede comenzar siendo un proyecto calculado por cínicos detrás de sus escritorios, pero también es una bestia que termina devorando a sus operadores hasta que caen en el mismo juego de palabras, olvidos y resignificaciones, y hoy en día, el monstruo tiene tentáculos. Ya no toma la forma de un Estado totalitario que centraliza la mentira, sino la de un poder descentralizado, tercerizado y freelancer que opera por contrato. Si entras al juego, te arriesgas a caer en la misma paranoia que estás intentando esparcir.
Le recomendamos: El Galeón San José y su flota de libros. Escribo esta nota en un teclado que corrige mis propias erratas en tiempo real, en una pantalla que decide qué noticias me muestra primero. Entonces, el bodeguero no tiene por qué ser una persona de carne y hueso que apenas sale a la calle. ¿Y si es un espejo en forma de horario laboral y cansancio social? Quizás es un enemigo al que le damos la bienvenida todos los días, y la única defensa que tenemos contra él es seguir nombrando las palabras por su nombre. Pues las palabras tienen significado.
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