Durante tres días de abril de 2002, Venezuela fue un país sin certezas. Un presidente que no firmaba su renuncia, militares que dudaban, empresarios que se creían dueños del poder antes de tenerlo y llamadas que, en cuestión de minutos, cambiaban el rumbo de la historia. Todo parecía decidido… hasta que dejó de estarlo.
La fragilidad del poder en 'Los golpistas'
Esa sensación de vértigo —de que el poder no es sólido, sino algo que se mueve, se improvisa y, a veces, se desmorona— es el corazón de Los golpistas, la nueva novela de Jaime Bayly. El autor reconstruye ese fallido golpe contra Chávez y nos lleva a sus entrañas: las conversaciones privadas, las decisiones torpes, los egos desbordados y esas escenas casi absurdas que terminaron definiendo el destino de un país.
Con su estilo directo, irónico y sin concesiones, el escritor peruano convierte un episodio político conocido en una historia que se lee como un thriller. Aquí el poder aparece en su dimensión más humana y sumamente frágil. Entre generales que improvisan, aliados que se traicionan, uno que otro detalle revelador y figuras que se mueven desde las sombras, la novela nos deja una pregunta incómoda: ¿qué tan real es el poder cuando todo depende, al final, de quién obedece a quién?
Conversación con Jaime Bayly: entre la ironía y la provocación
Conversar con Jaime Bayly es moverse en ese registro, entre la ironía, la lucidez y una provocación constante. Mientras hablábamos, había momentos en los que la conversación se deslizaba hacia ese mismo territorio que recorre la novela: el absurdo del poder, sus excesos y sus contradicciones. Para Lecturas, hablamos de Los golpistas, de sus personajes y de esa farsa —a veces trágica— que, según él, define la política latinoamericana. Todo en un tono que oscila entre el sarcasmo y una risa incómoda. El autor estará en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026.
¿Chávez le quedó más claro o más desconcertante tras escribir esta novela?
Me quedó claro que Chávez era un hombre enamorado de sí mismo y fatalmente enamorado del poder. También me quedó claro que su verdadera vocación era salir en televisión. A diferencia de otros dictadores que han sido retratados en grandes novelas en español, Chávez era un dictador que, ante todo, se conducía como un animador de televisión. El sueño de su vida era conducir un programa propio y lo consiguió, obligando a todos los canales, en cadena nacional, a emitir su programa.
¿Qué quería contar que no se había contado así?
Quería contar que los golpistas que se conjuraron contra Chávez eran más idiotas que el propio Chávez. Quería relatar cómo y por qué los golpistas, tras capturar el poder, se arrepienten.
¿La política en América Latina ya tiene algo de tragicomedia?
Sí. La historia que he narrado parece una comedia, si no fuera porque los golpes de Estado, tres en total, que he recreado, fueron trágicos. Y el final de la novela es trágico porque el único héroe moral, el general Baduel, acaba muriendo en la cárcel.
¿Le interesaba que el lector sintiera que todo se decide en tiempo real?
Sí. Lo más difícil fueron los diálogos. No conocí a los golpistas de un lado y del otro. Hacerlos hablar de una manera creíble, no siendo yo venezolano ni cubano, resultó una tarea compleja.
Al reconstruir esos días, ¿alguien realmente tenía el control?
Todos pelean por el poder. Bush y Aznar querían que el golpe contra Chávez triunfase. Fidel Castro quería derrotar a los golpistas. Curiosamente, al final, fue Fidel quien ganó esa partida de ajedrez.
¿El poder tiene algo de farsa?
Sí. Ciertamente. Los generales golpistas no estaban preparados para ejercer el poder con una mínima astucia. Fueron improvisando. Y así les fue. Eran tres generales muy gordos corriendo una maratón. Cayeron fulminados al primer kilómetro. Fue un golpe que apenas duró tres días.
¿La autoridad parece muy frágil?
Es un golpe insólito porque, en aquellos días cruciales, el poder descansaba en las armas, y los golpistas controlaban las armas de la república, y por eso consiguen derrocar a Chávez y lo obligan a renunciar. El problema es que luego los golpistas se pelean entre ellos y se arrepienten de la conspiración. Y ocurre luego algo perfectamente improbable: después de dar un golpe contra Chávez, dan otro golpe contra el empresario Pedro Carmona para que regrese Chávez.
¿Hubo momentos reales tan inverosímiles que tuvo que trabajarlos para que el lector los creyera?
Sí. Los momentos más inverosímiles me parecieron las tentativas de los golpistas por matar a Chávez. En más de una ocasión dieron la orden de asesinarlo. Sin embargo, Chávez salva la vida. ¿Cómo y por qué salva la vida?, ¿cuánto influye Fidel en salvarle la vida? Eso está en el corazón mismo de la trama.
¿El humor es una forma de entender o de soportar la política?
Sí. El humor es una forma de sobrevivir a la política. También es un arma poderosa contra los dictadores, que odian que se use el humor contra ellos, que se burlen de ellos, que se haga escarnio de ellos. Pero Chávez, me consta, lo entrevisté, era un dictador humorístico, un dictador que sabía seducir desde el humor. A diferencia de los generales golpistas que no sabían qué diablos hacer con él, Chávez, que, como Fidel, tonto no era, sabía llegarle a la gente desde el humor.
¿Qué le permitió la ficción que no le daría la crónica?
Los diálogos. Los hechos capitales de la novela están inspirados todos en eventos históricos. Pero la prosa periodística me sirvió para darle vibración a la trama, recreando los diálogos. Yo soy un escritor porque primero soy un periodista. No sería un escritor de no haber sido un periodista desde los quince años. Por eso, cuando escribo ficción, lo hago con una prosa periodística, como si estuviera contando un reportaje indudablemente real.
¿Quiénes fueron realmente decisivos en esas horas?
Dos hombres, solo dos, fueron decisivos para salvar a Chávez de morir y restituirlo en el poder: Fidel Castro, que le aconseja no suicidarse como Allende y le dice "ven a La Habana", y el general Raúl Isaías Baduel, que se niega a plegarse al golpe y se propone rescatar a Chávez. Increíblemente, al final de la historia, y siguiendo los consejos maléficos de Fidel, el propio Chávez mete en la cárcel a Baduel, el hombre que lo había sacado de la cárcel. Por eso digo que la novela tiene el final infausto de las tragedias.
¿Quiénes terminaron inclinando la balanza?
La balanza del poder, que Chávez ya había perdido, regresa a él por culpa de los conjurados, que cometen errores muy torpes, de principiantes. El primer error fue no despachar a Chávez a La Habana de inmediato. El segundo error fue nombrar presidente a un señor como Carmona. Y el tercer error, el más grueso, fue disolver los poderes públicos. Dicho de otra manera, los golpistas actuaron, en efecto, como auténticos golpistas aficionados.
¿Quiénes fueron los verdaderos jugadores de fondo en esos días?
Bush y Aznar por la derecha. Fidel y Gabo por la izquierda. Baduel por el centro.
En el caso de García Márquez, ¿estamos más ante una interpretación suya que ante un hecho comprobado?
Es cierto que Gabo nunca fue un chavista convencido, como sí lo fue un castrista hasta el final de sus días. Cuando conoce a Chávez en 1999, escribe una crónica ambivalente, dejando entrever el peligro de que le ganara su pulsión de déspota. Yo no puedo probar que Gabo haya tenido un papel en esos días del golpe de 2002. Pero es un hecho que Fidel Castro hizo numerosas llamadas telefónicas para salvar la vida de Chávez y reponerlo en el poder. Yo creo que, entre tantas llamadas, Fidel también habló con Gabo y compartieron opiniones. Y estoy bien seguro de que, si Fidel quería abortar ese golpe, Gabo estaba alineado con él y, por extensión, también con Chávez. No por chavista, sino por castrista. Y porque en las grandes crisis políticas, Fidel recurría a Gabo y apelaba a su sabiduría.
¿Nuestras democracias dependen más de personas que de instituciones?
Absolutamente. Chávez no era un demócrata, era un golpista, un caudillo populista. Se hace elegir en elecciones democráticas, pero, desde el primer día, gobierna como un dictador. Al comienzo era un dictador popular, pero todos los dictadores son malos, y los dictadores populares son los más peligrosos. Después de Chávez, que siguió el consejo de Fidel, es decir, llegar al poder vía elecciones y luego dinamitar la democracia desde adentro, otros caudillos siguieron ese modelo de asalto al poder, por ejemplo, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Ortega en Nicaragua.
CRISTINA SAID PARA LECTURAS DOMINICALES



