¿La moda es arte? Un debate entre oficio y creación
¿La moda es arte? Debate entre oficio y creación

Empecemos reconociendo que el museo de arte es la institución por excelencia que determina qué es arte y qué no. Se supone que aquello que el museo conserva y exhibe son las piezas que configuran la narrativa de la historia oficial del arte. Ahora bien, es de público conocimiento que la indumentaria hace parte de las colecciones de los grandes museos alrededor del mundo, como el MET de Nueva York o el Victoria & Albert de Londres. Incluso aquellos que no tienen una colección de indumentaria han presentado exposiciones de moda, como el Thyssen-Bornemisza de Madrid.

Sin embargo, ello no significa que se declare que toda la ropa allí presente sea una obra de arte per se. Esas piezas están en los museos porque hacen parte de líneas de conservación, ya sean catalogadas como antropológicas, decorativas, textiles, etc. O bien porque las exposiciones de moda han demostrado ser un gancho muy atractivo para los públicos, y con ello viene también la recaudación de fondos para el sostenimiento de las colecciones mismas. En este sentido, podríamos decir que dichas prendas se coleccionan o se exhiben como ejemplares de la cultura del diseño.

Es decir, se trata de piezas que no siempre pasan por el filtro de la obra de arte, ya que no necesariamente presentan una reflexión abstracta ni una propuesta radical en términos de los formatos habituales del arte: pintura, escultura, video-instalación, etc. Son piezas concebidas principalmente con un fin utilitario, pensadas por y para el cuerpo, así nos parezcan absurdas en algunos casos o incluso no se hayan usado nunca.

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Ahora bien, aquello no significa que dichos vestidos no tengan un peso simbólico. Lo tienen, como representaciones del mundo, de las ideas acerca del cuerpo, la higiene, la moral o los oficios asociados a la producción del vestido, entre muchas otras cosas que los curadores quieran leer allí. En resumen, son índices de la cultura material de las sociedades que los produjeron.

Visto de esta manera, la “moda” no es arte: es un oficio donde convergen múltiples saberes para unos fines comerciales y utilitarios. ¿Y el arte no es comercial? Sí, en efecto lo es, y es una industria absolutamente millonaria. Pero no siempre pasa por el filtro de lo utilitario, ni de la producción en serie, y mucho menos de la masificación del modelo, cosa que sí ocurre con la moda. De manera que estamos hablando de dos formas de producción distintas.

Ahora, ¿qué pasa con el trabajo de los diseñadores cuya genialidad produce objetos que se aproximan a la obra de arte y que, finalmente, son declarados como tales por la institucionalidad? Se trata de casos excepcionales, de diseñadores con un enfoque de diseño discursivo, en el cual pesa más el valor comunicativo que el carácter utilitario de la pieza. Recuérdese, por ejemplo, a Hussein Chalayan, quien alguna vez declaró que sus vestidos eran monumentos a las ideas. Por eso habló de asuntos que, en su tiempo, a inicios de los 2000, eran marginales en el discurso de la moda, como la migración o la posibilidad de crear forma a partir de lo intangible.

Históricamente, la pregunta ha ocupado un lugar de tensión conceptual. Modistos como Charles Frederick Worth, a mediados del siglo XIX, o Paul Poiret, a inicios del XX, se declararon artistas antes que modistos, capaces de materializar su genialidad en el vestido. Pero lo hacían en una época en que era necesario justificar, con el aval del arte, el ingreso de los hombres a los oficios de la costura.

En esa misma línea estaba Schiaparelli, para quien la moda era una forma de arte, incluso más difícil de acometer que una pintura o una escultura, pues contaba con un espacio reducido y, tan pronto era realizada, estaba condenada a desaparecer por efecto de la moda. Balenciaga, probablemente, se percibió a sí mismo como artista y hoy sus expertos lo catalogan como representante del arte nacionalista español de los años treinta y cuarenta.

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En una línea contraria estaba Chanel, quien declaró que la moda era un oficio y el arte era “el arte”, y llamaba “poesía costurera” a los intentos de los modistos de vanagloriarse como artistas. Igualmente, Karl Lagerfeld o Valentino trazaron siempre una línea clara entre sus oficios y el arte. O como diría el mismo Lagerfeld: “El objetivo de la moda es que la gente se sienta bien; no se trata de expresar el sufrimiento y la desdicha del mundo con tafetanes”. Esto último, diría yo, es más propio del arte.

En resumen, la moda no es arte en términos generales. Es un oficio, una industria y una forma de cultura material. Sin embargo, ciertos objetos de moda pueden aproximarse a la obra de arte cuando son producidos, leídos o legitimados desde una lógica discursiva e institucional específica.