Mujeres mantienen vivo el arte de enrollar tabaco en Barichara
Mujeres mantienen vivo el arte de enrollar tabaco en Barichara

El arte de enrollar tabaco se mantiene vivo en Santander, específicamente en Barichara, donde manos expertas, tradición familiar y trabajo femenino sostienen un oficio que resiste al paso del tiempo. Un grupo de mujeres es clave para las exportaciones de puros de una empresa local, demostrando que la calidad artesanal puede trascender fronteras.

La jornada comienza temprano

Doña Leonor Ortiz Ardila empieza su día antes de que el sol caliente con fuerza. A las 7:30 de la mañana ya está abriendo las puertas de la empresa, preparando el material y distribuyendo las hojas de tabaco entre las trabajadoras. El aire se llena del aroma característico del tabaco, una mezcla compleja de madera, heno, miel y frutos guardados en el tiempo. Ese olor íntimo envuelve el taller y marca el ritmo de la jornada.

Leonor cumple jornadas de más de nueve horas entre semana y medias jornadas los sábados. Sus manos no descansan: conocen el oficio desde antes de tener memoria. Escogen cada hoja por su integridad, completas y sin quiebres, provenientes de los Montes de María, Villanueva y Barichara.

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Tradición que atraviesa generaciones

Esta tradición se remonta a la época de la Colonia, cuando comenzó la producción comercial de tabaco en Colombia. Durante años, miles de hogares campesinos dependieron del tabaco secado al sol. En Santander, hubo épocas en que decenas de miles de familias vivían directa o indirectamente de este cultivo. Sin embargo, desde 2019, la reducción de contratos por parte de multinacionales, la caída del consumo y la falta de apoyo al sector provocaron un declive que obligó a muchas familias a buscar otros cultivos.

En municipios como Girón, al menos tres mil familias llegaron a depender directamente de la siembra de tabaco. Hoy, el oficio se resiste en menor escala, sostenido por pequeños productores y procesos artesanales. Pero en Barichara, la historia es diferente.

Barichara: donde el tiempo no se detiene

Entre calles de piedra, muros de tapia pisada y fachadas amarillas, hay un lugar donde las manos no paran. Dentro de una pequeña fábrica, el tiempo no alcanza. Leonor, con 42 años de edad, creció en medio del auge tabacalero. Sus padres y abuelos cultivaban tabaco, y desde niña se apropió de un oficio que no se enseña en las aulas.

"Yo nací entre los surcos", dice Leonor con orgullo. "En la noche nos sentábamos todos a ensartar, de seis hasta las diez, once de la noche. Esa era la vida y uno no veía la hora para crecer e ir a venderlo". Hoy, esos saberes encuentran una nueva forma de mantenerse vigentes en una fábrica que busca rescatar el valor del tabaco santandereano desde la calidad pura y la tradición.

El proceso de elaboración con fuerza femenina

El proceso que ocurre en la fábrica es la etapa final de un trabajo que puede tardar meses. Desde la siembra, el secado y la fermentación, hasta el armado manual, cada paso exige precisión. En ese último momento, todo depende de las manos de las mujeres.

Jazmín, con uñas cortas y limpias, toma varias hojas secas y completas para armar el bonche. Agrupa el tabaco, lo lleva a la máquina y obtiene un rollo compacto. Luego, sella con una goma natural de origen vegetal que no altera el sabor. Los puros pasan al prensado durante tres horas, girándolos cada cierto tiempo. Arianna los revisa y coloca nuevos.

Luego, la torcedora aplica la capa, la hoja más fina y limpia. Se le quitan las venas, se humedece y se envuelve el puro prensado. Karina, de 23 años, destaca que "la capa es lo más importante" y que "nosotras somos más delicadas". De la destreza y el pulso depende que el puro quede parejo. Finalmente, se envuelven en papel celofán, 50 unidades por paquete, listos para exportar.

Mujeres de distintas edades trabajando juntas

En las mesas se ve una escena que habla por sí sola: madres cabeza de hogar, hijas, hermanas y compañeras que aprenden mirando y haciendo. Zaira y Mayra comparten el oficio de enrollar. Ariana, de veinte años, dice: "Aquí me siento segura y como en una familia". Ariana y Jazmín son hermanas migrantes de Venezuela que aprendieron el arte de enrollar tabaco.

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Francis, uno de los socios, sostiene un puro, lo observa a contraluz y lo palpa buscando imperfecciones. "El puro le avisa a uno hasta dónde llegar", dice. No se trata de terminarlo pronto, sino de escucharlo. Cuando el sabor cambia o el humo se vuelve más fuerte, el tabaco marca el alto.

Reconocimiento internacional

La dedicación ha permitido que los productos trasciendan fronteras. Desde Barichara, los puros han llegado a Suiza, Alemania y Turquía. Han sido reconocidos por publicaciones especializadas como Cigars Lover Magazine, una revista europea que evalúa puros mediante catas a ciegas. En 2025, Bribón Cigars logró el quinto lugar en la categoría "resto del mundo", compitiendo con países como México, Brasil o Costa Rica.

Sin embargo, el reconocimiento local aún es limitado. Muchos productos artesanales del departamento son valorados afuera antes que en su propio territorio. En Colombia, cada vez son menos las personas que continúan con esta labor.

Preservando la tradición

La pregunta sobre cómo preservar la tradición se responde en historias como la de Leonor. Durante la pandemia, un viaje a Villavicencio se convirtió en una estancia obligada. Lejos de su tierra, tuvo que resistir hasta poder regresar. Volver a Barichara fue, en muchos sentidos, volver a empezar.

Hoy, el movimiento alrededor del tabaco en la región abre una posibilidad. Afuera de la fábrica, algunos patiamarillos preguntan si el tabaco está volviendo, si otra vez se puede sembrar. "Sería una oportunidad muy grande para el pueblo y para Santander", dice Jennifer. Muchos campesinos cultivan por cultura, aunque no tengan compradores.

Lo que ocurre en Bribón Cigars es parte de un proceso amplio: recuperar una tradición que nunca desapareció del todo, pero que ahora busca un nuevo lugar en el presente. Para Leonor, "esto es como un hogar más donde se aprecian mis presaberes". Una casa donde el pasado y el presente se encuentran bajo la cultura y el trabajo inculcado como patiamarillo.

El tabaco en Santander no desapareció. Hoy, entre hojas, mesas y manos que no se detienen, empieza a tomar forma nuevamente. Más allá de las cifras, el oficio sigue vivo como parte de lo que es el departamento: un saber que no solo se trabaja, sino que se hereda. Y son ellas, sin decirlo mucho, las que siguen manteniendo vivo el oficio.