El santuario de Pompeya, construido sobre las ruinas de una civilización sepultada por el Vesubio, se ha convertido en el epicentro de un mensaje de esperanza que trasciende fronteras. En una reciente intervención, el papa León XIV destacó cómo esta ciudad mariana, fundada por san Bartolo Longo y su esposa, la condesa Marianna Farnararo De Fusco, no es solo un templo de piedra, sino un testimonio vivo de la caridad y la fe aplicada a los problemas más urgentes de la humanidad.
La oración y la acción social como ejes principales
La relación entre la oración y la acción social fue uno de los ejes principales de la jornada. Según se explicó, el rezo del rosario no debe entenderse como una repetición mecánica, sino como un ejercicio contemplativo que devuelve el ritmo de la vida a lo esencial. San Bartolo Longo, reconocido como el apóstol de esta devoción, sostenía una visión profunda sobre la conexión entre los sacramentos y la plegaria: "La Eucaristía es el rosario viviente, y todos los misterios se encuentran en el Santo Sacramento de forma activa y vital", escribió en su obra El Rosario y la Nueva Pompeya en 1914, según recordó el actual pontífice durante su discurso oficial.
La súplica en oración a la Virgen de Pompeya
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
I
¡Oh augusta Reina de las Victorias, oh Virgen soberana del Paraíso!, cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos. ¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario!, nosotros, los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas -en este día sumamente solemne de la fiesta de vuestros triunfos sobre la tierra de los ídolos y de los demonios-, derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón, y con la confianza de hijos os manifestamos nuestras necesidades.
Desde ese trono de clemencia donde os sentáis como Reina, volved, ¡oh María!, vuestros ojos misericordiosos a nosotros; a nuestras familias, a nuestra nación, a la Iglesia Católica, al mundo todo, y apiadaos de las penas y amarguras que nos afligen. Mirad, ¡oh Madre!, cuántos peligros para el alma y cuerpo nos rodean; cuántas calamidades y aflicciones nos agobian. Detened el brazo de la justicia de vuestro Hijo ofendido, y con vuestra bondad subyugad el corazón de los pecadores, pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros, que al dulce Jesús costaron sangre divina y a vuestro sensibilísimo Corazón indecibles dolores. Mostraos hoy para con todos Reina verdadera de paz y de perdón.
Dios te salve, Reina y Madre...
II
En verdad, en verdad, Señora, nosotros, aunque hijos vuestros, con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús y traspasar vuestro tiernísimo Corazón. Si, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos; pero tened presente, oh Madre, que en la cumbre del Calvario recibisteis las últimas gotas de aquella sangre divina y el postrer testamento del Redentor moribundo; y que aquel testamento de un Dios, sellado con su propia sangre, os constituía en Madre nuestra, Madre de los pecadores. Vos, pues, como Madre nuestra, sois nuestra Abogada y nuestra Esperanza. Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos, levantamos hacia Vos nuestras manos suplicantes y clamamos a grandes voces: ¡Misericordia, oh María, misericordia!
El papa León XIV ha querido recordar que la devoción mariana se consolida como motor de transformación social y espiritual en un contexto global marcado por la incertidumbre y los conflictos. La Virgen de Pompeya, conocida como Reina del Santísimo Rosario, sigue siendo un faro de esperanza para millones de fieles que buscan paz y reconciliación.



