Rogelio Echavarría: el poeta que caminó entre la niebla y dejó huella en la poesía colombiana
De la sala de redacción al café El Automático, su vida atravesó décadas clave de la cultura bogotana mientras consolidaba una voz única en el periodismo y la poesía colombiana. Rogelio Echavarría, nacido en Santa Rosa de Osos en 1926, se convirtió en una figura fundamental de la literatura nacional.
Estación 1. La sala de redacción, 1946
Es 1946. El joven Rogelio Echavarría está arrobado con el tac-tac-tac de las teclas de las máquinas de escribir, acompasado con el ding al final de cada línea y el golpe seco del carro regresando. En el aire flota una niebla tenue de humo de cigarrillo que llega desde los otros "camarotes", como llaman en la redacción los puestos de trabajo.
Rogelio se estaba iniciando en el periodismo bogotano después de sus primeros pasos en Medellín, donde su padre lo envió a terminar el bachillerato. Pero el muchacho se dejó seducir por las cabinas de radio y las salas de redacción, empezando en un radioperiódico de Ecos de la Montaña y luego pasando al periódico El Pueblo.
Con una carta de recomendación en el bolsillo, llegó a Bogotá y fue recibido en El Siglo, donde trabajó cerca de dos años. Al principio se ganó la confianza de Laureano Gómez, pero el idilio duró poco: una entusiasta nota sobre Pablo Neruda, poeta al que detestaba el caudillo conservador, provocó su indignación y Rogelio se quedó sin trabajo.
Estación 2. Café El Automático, 1950
Esta noche, El Automático está más animado que de costumbre. El humo asciende y forma una niebla que hoy resultaría escandalosa, pero es 1950, y esa mezcla de olores resulta perfectamente natural en un lugar que se ha convertido en epicentro de la intelectualidad bogotana.
Rogelio Echavarría ha venido a ver los cuadros de Orlando Rivera, Figurita, recién llegado de Barranquilla. La exposición causó revuelo y la prensa la elogió con entusiasmo, llegando algunos a decir que en Bogotá empezaba a vislumbrarse un pequeño Montmartre.
El periódico donde trabaja ahora, El Espectador, queda muy cerca. Y aunque todavía no tiene certeza, está empezando a explorar una de las vertientes que marcarán su trayectoria durante décadas: el periodismo cultural, campo en el que sería uno de los pioneros en Colombia.
Estación 3. El transeúnte, 1995
Por la carrera Séptima avanza Rogelio Echavarría con paso sereno y expresión apacible. Viste un traje impecable y lleva la gabardina inglesa cuidadosamente doblada sobre el antebrazo. La mañana de septiembre es luminosa, aunque al fondo, el cerro de Monserrate está cubierto por una espesa niebla.
A sus 69 años, Rogelio Echavarría goza de una discreta celebridad en el ámbito literario colombiano. No solo por su larga trayectoria como periodista cultural ni por las compilaciones de poesía que ha publicado, como Versos memorables (1989), Lira de amor (1990) y Los mejores versos a la madre (1992).
Su nombre está asociado, sobre todo, a la obra singular que ha venido esculpiendo pacientemente a lo largo de su vida: El transeúnte. Desde su primera aparición en 1964, el libro ha tenido varias ediciones y hoy es reconocida como una de las propuestas más originales de la poesía urbana en Colombia.
Estación 4. Santa Rosa de Osos, mayo de 1936
Rogelio tiene diez años y está concentrado escribiendo en uno de sus cuadernos escolares. Hoy hubo celebración del día de la madre en la escuela, pero él no quiso ponerse el clavel rojo en la solapa, "porque no tengo mamá", ni tampoco el clavel blanco, "porque ella no está muerta".
Está escribiendo su primer poema, que muchos años después aparecerá en El transeúnte con el título "Así sería mi madre". Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos, un pueblo de niebla y campanas persistentes que también vio nacer al poeta Porfirio Barba Jacob (1883) y a Darío Jaramillo Agudelo (1947).
Entre las memorias de infancia de Rogelio hay episodios amargos, como el abandono de su madre cuando apenas tenía seis años. Pero también hay recuerdos luminosos, como el amor por la lectura que le inculcó su padre, don Jesús María. Y cuando el niño quedó viviendo solo en la pensión, una joven amiga de la familia, "la señorita Esther", fue a buscarlo y se lo llevó a vivir a su casa.
Estación 5. Camino a la niebla, 2009
Lunes 23 de marzo. Rogelio Echavarría llega puntual a nuestra cita en el café Oma, muy cerca de su casa de toda la vida en el barrio El Polo. A cuatro días de cumplir 83 años, conserva su elegancia y su formalismo, pero ya no es el hombre apacible e imperturbable de otros tiempos. La niebla del Alzheimer asedia su memoria.
Prefiere atrincherarse en el pasado, donde todo parece más seguro. Y desfilan los recuerdos: sus hijos Juan Fernando, Santiago, Alejandro y Claudia. La muerte de Juan Fernando, un talentoso músico, fue uno de sus dolores más profundos. "Cesó mi eternidad: mi hijo ha muerto", escribió alguna vez en su poema "Réquiem".
También habla de Maruja Mejía, su novia de adolescencia en Santa Rosa de Osos. Fue un amor imposible que la familia de ella no aceptó. Cuando Rogelio ya se había marchado del pueblo, le llegó la noticia de que Maruja estaba muriendo, y escribió sus "Elegías prematuras". Años después, sin embargo, llegó una carta inesperada: Maruja estaba viva, pero él ya estaba casado.
Rogelio Echavarría moriría el 29 de noviembre de 2017. Tenía 91 años. El transeúnte se desvaneció en la niebla, pero sus pasos seguirán resonando en la poesía colombiana como testimonio de una vida dedicada a las palabras, al periodismo y a la creación literaria que marcó generaciones de lectores y escritores en Colombia.



