La extrañeza de vivir en modo automático: cuando la vida parece ajena
Vivir en modo automático: cuando la vida parece ajena

La extrañeza de vivir en modo automático: cuando la vida parece ajena

Me encontraba en el aeropuerto de Dubái, esperando mi vuelo, observando a miles de personas en movimiento. Parecían perfectamente coordinadas, cada una con un destino claro y definido. Sin embargo, al mismo tiempo, sentía que había como un aire de suspensión, de vidas en tránsito permanente, como si nadie habitara realmente el lugar donde estaba. En ese instante preciso, comprendí que el aeropuerto no era solo un aeropuerto: era una metáfora poderosa de algo que yo también experimentaba en mi propia existencia, aunque no supiera exactamente cómo nombrarlo.

El cristal que distorsiona la realidad

La sensación era completamente inconfundible: la vida avanza, tú avanzas con ella, pero entre tú y lo que haces se interpone un cristal muy fino que distorsiona sutilmente la realidad. Todo funciona aparentemente a la perfección; los monitores de llegadas y salidas parpadean con precisión milimétrica, los anuncios suenan claros y organizados, pero nada de eso resuena verdaderamente en mi interior. No se trata de tristeza ni de agotamiento. Es algo más difícil de señalar con precisión: un peso sin un origen claro, sin un culpable evidente. Solo sabes, con certeza intuitiva, que algo no termina de encajar completamente.

La Unheimlichkeit de Heidegger

El filósofo Martin Heidegger llamaba a esta experiencia Unheimlichkeit —que significa literalmente "no sentirse en casa en el mundo". No es lo mismo que ser un extranjero en tierras ajenas, sino más bien la vivencia de habitar un espacio que es perfectamente funcional, como este aeropuerto internacional, y no reconocerlo completamente como propio. Es una extrañeza que no grita por ser notada, que simplemente está presente de manera constante, como un aire ligeramente frío en una habitación que, de otro modo, sería completamente acogedora.

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Para Heidegger, esta sensación no era una patología que debía curarse, sino una señal reveladora: vivimos, la mayor parte del tiempo, desde afuera hacia adentro. Adoptamos ritmos, lenguajes y formas de medir el éxito que no elegimos conscientemente —estaban ahí, esperando que los tomáramos como nuestros, simplemente porque era lo que todos hacían—. Lo llamaba das Man: el "se" impersonal. Se hace así. Se valora esto. Se espera aquello. Una vida perfectamente legible para los demás, y, al mismo tiempo, extrañamente distante de uno mismo.

La aceleración de la vida moderna

El sociólogo contemporáneo Hartmut Rosa añade otro ángulo crucial a esta reflexión filosófica: el problema no es solo la distancia de uno mismo, sino la velocidad vertiginosa a la que se produce esta desconexión. Vivimos acelerando constantemente —más opciones, más estímulos, más versiones de nosotros mismos que gestionar— y, en esa vorágine incesante, la vida se vuelve densa sin llegar a ser verdaderamente profunda. Puedes terminar una semana completa con el calendario repleto de compromisos importantes y llegar al domingo con la sensación persistente de que no ha pasado nada que realmente importe en lo esencial.

La pregunta que cambia todo

Desde que comencé a hacerme una pregunta en particular, algo ha cambiado significativamente en mí. Ya no me cuestiono obsesivamente qué me falta —esa pregunta es engañosa, porque te empuja inevitablemente hacia afuera, hacia más logros, más cambios externos—. Ahora me pregunto algo más fundamental y sereno: ¿estoy viviendo desde mí, o simplemente gestionando una vida que se parece a mí?

No existe una solución limpia y definitiva para este peso existencial, pero el simple acto de hacerme la pregunta ya representa un paso importante hacia la conciencia. Las fisuras en nuestra experiencia, a veces, son precisamente por donde comienza a filtrarse lo que realmente importa en la existencia humana.

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