Fe que se carga al hombro: el viacrucis comunitario del oriente de Popayán
En las calles empinadas y polvorientas de la Comuna 5, al oriente de Popayán, la Semana Santa trasciende la contemplación para convertirse en una experiencia física y espiritual profundamente personal. Lejos de las procesiones multitudinarias y los grandes templos, un grupo de familias mantiene viva desde hace casi dos décadas una tradición única: construir y cargar su propia cruz, reviviendo en carne propia el sacrificio de Cristo.
El inicio del camino: madera, fe y comunidad
Todo comienza días antes del Viernes Santo, cuando aún no amanece completamente. Hombres y mujeres se reúnen frente a la Parroquia San Antonio de Padua, vestidos con ropa de trabajo: botas, camisas desgastadas, gorras para el sol. Son obreros, campesinos, padres de familia que, ese día, se transforman en creyentes católicos dispuestos a experimentar la Pasión del Señor Jesucristo.
El destino es la parte alta del barrio Los Sauces, una zona rural donde el bosque guarda los árboles que servirán para construir la cruz. El camino es largo y empinado, y a medida que avanzan, el silencio se mezcla con conversaciones sobre la fe, la vida y el sacrificio.
"Esto no es solo cortar un árbol, es prepararnos para entender lo que vivió Jesús", explica uno de los participantes mientras afila su machete. La elección del árbol no es casual: debe ser lo suficientemente fuerte y grande. Cuando finalmente lo derriban, el sonido de la madera al caer rompe la quietud del bosque, marcando el inicio del verdadero viacrucis.
El peso de la fe: esfuerzo colectivo y solidaridad
Los troncos, pesados y toscos, deben ser cargados entre varios hombres. No hay maquinaria ni atajos, solo manos, hombros y voluntad. Cada paso cuesta, el sudor corre y la respiración se agita. Algunos se detienen, otros toman su lugar, pero nadie se queda atrás.
"Con esta jornada aprendemos el verdadero Vía Crucis, es tener que sentir lo que vivió nuestro señor durante los 14 momentos de la pasión, muerte y sepultura", explican los feligreses mientras se internan en la zona boscosa para extraer el pesado madero.
En ese esfuerzo colectivo, muchos dicen entender el significado de las caídas de Cristo camino al Gólgota. Las pausas obligadas, el cansancio extremo, los momentos en que el cuerpo parece no responder, todo evoca la experiencia del hijo de Dios.
El acompañamiento femenino: sostén espiritual y físico
A un lado del camino, las mujeres cumplen un rol esencial. No cargan los troncos, pero sostienen el ánimo de los hombres. Reparten aguapanela con limón, secan el sudor, ofrecen palabras de aliento.
"Esto es fe, pero también es unión. Aquí nadie puede solo", comenta una de ellas mientras extiende un vaso a uno de los hombres exhaustos, en medio de la tupida vegetación.
Gestos de solidaridad y construcción simbólica
Tras horas de esfuerzo, cuando logran sacar los maderos hasta la carretera, aparece un gesto inesperado de solidaridad. Un pequeño transportador que pasaba por el lugar se detiene y ofrece ayuda para llevar los troncos.
"Cuando la carga pesa, siempre aparece alguien. Así es Dios y su obra", reflexiona una mujer participante.
De regreso en la parroquia, comienza otro momento simbólico: la construcción de la cruz. Entre martillos, cuerdas y manos curtidas, la madera toma forma. No es perfecta ni busca serlo; es pesada, rústica y real, como el sacrificio que representa.
Una tradición que perdura: diecinueve años de fe comunitaria
Esa misma cruz será cargada el Viernes Santo por las calles del barrio por toda la comunidad. Ya no desde el bosque, sino entre casas, vecinos y miradas que reconocen en ese acto algo más que una tradición: una forma de creer y de vivir la fe.
Diecinueve años después de iniciada esta práctica, los nombres cambian y las generaciones avanzan, pero la esencia permanece. Cada año, nuevos hombros se suman y nuevas manos sostienen la cruz.
Como explica el padre Óscar Páez, párroco del templo San Antonio de Padua, en cada paso, en cada gota de sudor, en cada pausa para respirar, los habitantes de este rincón de Popayán demuestran que la fe, cuando se vive en comunidad, también se carga y se comparte colectivamente.
Entre los participantes de esta actividad se encuentran Guillermo Burgos, Didimo Cometa, Emilio Palechor Arévalo, Estiven Yandy, Javier Flórez, Fernando Pasaje, Adiela de Pasaje, Argenis Caicedo, Doris Zambrano, Luis Samboní y Jaime Bolaños, quienes año tras año renuevan su compromiso con esta tradición profundamente espiritual y comunitaria.



