Hace 1321 días, la vida de la autora se reinició y tuvo que reconstruirla pieza por pieza. Casi le tocó volver a aprender a hablar, pues solo quería llorar y permanecer en silencio. El 16 de agosto de 2022, su padre partió hacia un lugar desconocido. Aún no logra comprender qué sucedió con su muerte ni cómo ha podido vivir tan sola este proceso durante tanto tiempo. Lo único que sabe es que su celular ya no suena tres veces al día y que no puede llamarlo cuando se siente perdida.
Es inevitable pensar en la desconexión en la que viven quienes han crecido entre el cemento y la contaminación ambiental, entre trancones, estrés y una vinculación afectiva con la tecnología cada vez más enfermiza. Forman parte de comunidades digitales de cientos y miles de seguidores que, en la mayoría de los casos, ni siquiera conocen. Creen que esa red es real, que les pertenece. Hasta el día en que fallece un ser amado y todo a su alrededor se derrumba. Entonces se dan cuenta de la fantasía en la que han estado viviendo porque, en realidad, están solos, solas.
En contraste, existen otros universos más reales, llenos de belleza y antigüedad, que durante siglos han estado en contacto con la naturaleza y con el amor entendido desde lo colectivo. Uno de ellos fue incluido en 2014 en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Se refiere a los ritos mortuorios ancestrales de la región del Medio San Juan (Chocó), extendidos entre los pueblos negros del Pacífico colombiano. La herencia de los saberes africanos, los alabaos, gualíes y levantamiento de tumbas, le permite no a una persona, sino a una comunidad entera, aliviar el dolor que deja a su paso la muerte de un ser querido.
Esos rituales incluyen la despedida con cantos y bailes, el abrazo colectivo, el fortalecimiento de las redes de apoyo, la solidaridad, la reflexión y la conversación en torno a lo sucedido durante el duelo. Cuando la autora supo de esta manifestación, se preguntó cómo habría sido su proceso si en los ritos mortuorios occidentales hubiera existido algo similar. Con seguridad, no se habría sentido tan sola, tan perdida, tan devastada.
Hace 25 años, ad portas de graduarse como historiadora, descubrió en la Historia General del África (Unesco) a Amadou Hampaté Ba, Joseph Ki-Zerbo y Jan Vansina. Estos académicos explican cómo las civilizaciones africanas, que son orales, transmiten a través de las tradiciones y la cultura lo más esencial de su patrimonio social, como la relación con el nacimiento y la muerte. Cabe preguntarse por los rituales occidentales frente a estos dos eventos.
La población negra del Pacífico colombiano ha preservado la herencia de sus ancestros y ancestras, y sigue unida al cordón umbilical del origen. En cambio, las personas mestizas, urbanitas, con aspiraciones a ser lo que no son, viven desconectadas de la naturaleza y alejadas de una comprensión superior sobre lo esencial y lo comunitario. Cuando fallece un ser amado, quedan en un limbo del que no saben cómo salir porque sus rituales no los conectan con la vida, sino que los sumergen en un dolor individual profundo del que, además, no se habla y, en consecuencia, no se sabe cómo afrontar.
No cabe duda de que es necesario aproximarse con urgencia a la profundidad espiritual de los pueblos ancestrales de Colombia porque, tal vez, en sus rituales está parte de lo que como sociedad se ha perdido, entre otras cosas, la posibilidad de no atravesar la muerte en soledad.



