Hubo un tiempo, no hace mucho, en que las curvas parecían haber ganado la batalla. Celebrábamos la diversidad, las pasarelas se ensanchaban y el discurso del body positivity nos hacía creer que, por fin, habíamos hecho las paces con el espejo. Pero el péndulo de la historia es caprichoso y cruel. Hoy, al abrir cualquier red social, el paisaje ha cambiado: las facciones se han afilado, las costillas vuelven a ser protagonistas y una fragilidad casi etérea se impone nuevamente como el trofeo de éxito.
Es un ‘deja vú’ que duele. Ver a iconos como las Kardashian —quienes hace una década cimentaron el imperio de las curvas— retirar sus implantes y reducir sus tallas a una velocidad que desafía la biología, o ver a figuras como Ariana Grande, Demi Moore, Lilly Collins y Meghan Trainor —quien de hecho irrumpió en la industria musical glorificando los cuerpos grandes y reales— bajo el escrutinio de una lupa pública que hoy de nuevo vuelve a premiar la fragilidad ósea, nos obliga a preguntarnos cuál es el truco. Pero esto es mucho más que una moda o un “secretito de belleza”; es una grieta social profunda. Estamos ante una coreografía perfecta entre la nostalgia de los años 2000, el regreso del fantasmagórico heroin chic y una necesidad casi desesperada de control en un mundo que, fuera de eje, parece estar olvidando —otra vez— que el cuerpo no es un accesorio de temporada.
La moneda de la escasez
Este fenómeno no ocurre en el vacío; existe un vínculo invisible pero firme entre el bolsillo y la piel. Jair Vega, sociólogo y profesor de la Universidad del Norte, explica que el ideal estético es una construcción histórica y cultural que no responde a leyes naturales ni a acuerdos de voluntades, sino a los vientos de la época. En tiempos de recesión e incertidumbre económica, la delgadez extrema resurge no solo como estética, sino como un símbolo de estatus. Mientras lo procesado y barato abunda, estar “limpio” y delgado proyecta una autodisciplina que solo los recursos y el tiempo pueden comprar.
Al respecto, Vega es enfático: “Lo que llamaríamos el ideal estético que representa la belleza femenina —la construcción de lo erótico y del símbolo sexual— no está definido por un hecho natural, sino por una construcción simbólica que obedece a las circunstancias de cada momento histórico, imponiéndose de la misma forma en que cambia la moda o la ropa”. Así, el cuerpo se convierte en el lienzo donde las crisis económicas y las tendencias de mercado dibujan sus nuevas exigencias de consumo.
Vega señala que esta metamorfosis tampoco es casual, sino que es una estrategia de consumismo bien planeada: “Al cambiar el ideal, se mueve el mercado, se agita la moda y se incentivan nuevos consumos; por eso las tendencias no son estáticas. Es un hecho histórico-cultural donde confluyen intereses comerciales, de marketing y de consumo que dependen de los íconos del momento en el cine y el arte”. Bajo esta lógica, el cuerpo femenino se convierte en una mercancía con fecha de vencimiento; cuando el estándar anterior se satura, las élites culturales y económicas imponen uno nuevo para mantener la maquinaria en movimiento.
No es una estética que nazca de la autenticidad de los sectores populares, sino una imposición que desciende desde las estrellas de cine y las pasarelas hacia la gente del común. “Las tendencias que construyen mercado se apoyan en los medios de comunicación, donde las élites impregnan su fuerza para marcar la referencia”, sentencia Vega. Así, lo que el espectador percibe como una “elección personal” de una celebridad, es en realidad el primer engranaje de un sistema que necesita que nos sintamos obsoletos en nuestra propia piel para seguir operando.
El peligro del algoritmo
Pero si el mercado impone la norma, la tecnología se encarga de que no podamos escapar de ella. Ya no estamos en los 90, cuando la moda se consumía en revistas y periódicos: “La delgadez extrema como ideal estético no es nueva, ha reaparecido cíclicamente a lo largo de la historia, pero lo que sí es radicalmente nuevo y preocupante es el vehículo a través del cual ese ideal llega hoy a las personas: instantáneo, masivo, algorítmico, y prácticamente imposible de evitar”. Para la psicóloga clínica Diana Cecilia Gómez Miranda, estamos ante una emergencia de salud pública subestimada.
Gómez advierte que el cerebro emocional es más rápido que el razonamiento, aunque podemos saber que una imagen de una famosa está editada, la respuesta emocional de “no soy suficiente” se dispara igual. “Es la lógica del goteo: una imagen no destruye la autoestima, pero miles de imágenes al día, durante años, sí la erosionan profundamente”. Además, el algoritmo actúa como un juez invisible; si una joven busca contenido sobre bienestar, puede terminar atrapada en una cámara de eco que glorifica la restricción bajo etiquetas de “salud”.
Esta distorsión es peligrosa porque desordena nuestro sentido de la realidad. “Es uno de los efectos más peligrosos y más difíciles de revertir: la distorsión del referente de normalidad. Cuando la cultura bombardea con imágenes de cuerpos extremadamente delgados, el cerebro recalibra su punto de referencia. Lo que antes se percibía como delgadez patológica empieza a verse como normal, y lo que es biológicamente saludable empieza a percibirse como excesivo. Este fenómeno tiene consecuencias médicas directas. Personas que presentan signos clínicos de desnutrición son elogiadas. Adolescentes que alcanzan un peso peligroso reciben felicitaciones. Médicos reportan cada vez más que pacientes con bajo peso acuden a consulta sin reconocer que su estado es un problema, porque su referente visual ya no lo registra como tal”. En este escenario, el uso de medicamentos como el Ozempic o Mounjaro para fines puramente estéticos se convierte en el “atajo” que democratiza el riesgo, normalizando la medicalización de un estándar que es, por naturaleza, inalcanzable para la mayoría.
El regreso de esta estética no solo es un tema de fotos bonitas; es un asunto de vida o muerte. Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) son, según la Dra. Gómez, las enfermedades mentales con mayor tasa de mortalidad registrada: “La anorexia nerviosa puede llegar a una mortalidad del 10% en casos no tratados, por complicaciones físicas o suicidio”. Son cifras que deberían paralizarnos, pero que se diluyen entre likes y filtros.
El costo de alcanzar lo imposible
Gómez enfatiza que la delgadez extrema no es una preferencia estética más porque requiere conductas de restricción activa para ser alcanzada. “Cuando la cultura premia un cuerpo que la biología solo entrega a través del daño, estamos ante un factor de riesgo real y documentado”. Las señales están ahí, aunque a veces las llamemos “disciplina”: saltarse comidas, ejercicio compulsivo incluso con lesiones, o una autoestima que depende exclusivamente de lo que marca la báscula.
Frente a esta maquinaria, la resistencia parece estar en la “neutralidad corporal”. La psicóloga sugiere dejar de intentar amar el cuerpo como un objetivo forzado y pasar a respetarlo por lo que hace: respira, abraza, camina. En un mundo que nos pide desaparecer para ser vistos, el acto más revolucionario es habitar el cuerpo que tenemos con dignidad, lejos de los fármacos mágicos y los espejismos digitales. Al final del día, como bien apunta Jair Vega, la belleza seguirá cambiando porque el mercado así lo exige, pero nuestra salud, una vez rota, no tiene temporada de regreso.



