Confesiones literarias de un lector nonagenario
Confesiones literarias de un lector nonagenario

Mi querido y admirado amigo, el excelente y culto escritor Julio César Londoño, confiesa que ha hecho veinte intentos de leer Ulises, y que no ha podido pasar de las primeras páginas.

Yo, que he tenido un libro a mano desde que aprendí a juntar letras, siempre he sentido la vergüenza de confesar que son más las veces que me ha pasado lo mismo con el mamotreto de James Joyce, y que en la tercera página desisto de continuar, pues me parece un ladrillo imposible de leerlo todo. Por eso, agradezco mucho el dicho de Londoño, porque si una persona de su calidad intelectual no ha podido con el célebre texto del irlandés, me siento menos avergonzado.

Pero ya que estamos en confesiones literarias, tampoco he podido llegar a la décima página de los tres tomos de En busca del tiempo perdido, que descansan en mi biblioteca y que contienen la famosa obra de Marcel Proust. En mi defensa alego que he tenido la felicidad de leer en varias ocasiones los inmortales Guerra y paz, de Tolstói; Crimen y castigo, de Dostoievski; Don Quijote de La Mancha, de Cervantes; todas las biografías que salieron de la pluma maestra de Stefan Zweig; y El Aleph, de Borges.

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De nuestros compatriotas, obviamente, he leído y releído todo lo de Gabriel García Márquez, de cuyo cerebro privilegiado han salido esas monumentales obras que han sido traducidas a casi todos los idiomas de la Tierra. No discuto que Cien años de soledad es un ejemplo cumbre de la creación literaria del hijo de Aracataca, pero a mi juicio, el más hermoso texto que yo haya leído en mis 91 años que Dios me ha regalado de vida es El amor en los tiempos del cólera, que es un canto inmarcesible a los amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza.

Revisando toda la literatura que trata del amor humano, en ninguna parte aparece algo tan sublime como el amor contrariado de sus dos personajes. Ni Efraín y María, ni Romeo y Julieta, ni Abelardo y Eloísa, muestran las dificultades que tuvo el romántico Ariza para obtener, ya en la vejez de ambos, la posibilidad del encuentro íntimo con su amada luego de 57 años de espera.

De los libros escritos para la juventud, recuerdo con inmenso afecto los de Emilio Salgari y su personaje Sandokan; los de Julio Verne, cuya mente privilegiada lo llevó a predecir lo que hoy vemos constantemente, como Viaje al centro de la Tierra, o De la Tierra a la Luna, o Veinte mil leguas de viaje submarino.

Reconozco que me sirvió mucho para mi temprana afición por la lectura la revista argentina Billiken, dirigida por Constancio C. Vigil, en la que semanalmente se reseñaba el libro del momento. Llegaba a la librería que en Tuluá tenía Miguel Ángel Potes.

Y hablando de mi pueblo, tengo que declarar que Gustavo Álvarez Gardeázabal y Óscar Londoño Pineda pertenecen por derecho propio al grupo de los grandes escritores colombianos. A mis 91 años, cumplidos el 27 de abril, continúo con la misma fiebre de mantener un libro a la mano. Acabo de terminar El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas, y estoy con el magnífico Calle Londres 38, de Philippe Sands, el escritor inglés que rastreó los procesos judiciales que se adelantaron, sin éxito, contra Augusto Pinochet, chileno, y Walther Rauff, el criminal nazi, alto oficial del ejército alemán de Hitler, que se refugió en Chile, y escapó hasta morir en su cama del brazo de la justicia.

Jorge Restrepo Potes es abogado con 45 años de ejercicio profesional. Ha sido alcalde de Tuluá, senador y representante a la Cámara, secretario de Gobierno y secretario de Justicia del Valle, y director SAG del Valle. Es columnista de El País desde 1977 hasta la fecha.

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