Capitanejo: El Macondo Santandereano que Combina Realidad y Magia
A orillas del majestuoso río Chicamocha, el municipio de Capitanejo emerge como un tesoro cultural y natural del departamento de Santander. Sus casas de barro, bahareque y cañabrava parecen suspendidas en el tiempo, alimentando historias que navegan por las faldas del imponente Cañón del Chicamocha que atraviesa esta región colombiana.
Un Clima Extremo y una Historia Enigmática
Los habitantes de Capitanejo han soportado históricamente temperaturas superiores a los 40°C, un clima tórrido e inclemente que ha moldeado su carácter y sus tradiciones. Fundado en medio de la bruma histórica, la versión más extendida atribuye su origen a un oficial español llamado capitán Ejo, aunque muchos prefieren creer que fue obra divina, pues la imaginación no alcanza para inventar quién realmente ayudó a construir sus primeras viviendas.
Este municipio santandereano, bañado por las aguas del Chicamocha, representa el último rincón cafetero de Santander. Según el último reporte oficial del Comité de Cafeteros del departamento, Capitanejo cuenta con 13 hectáreas dedicadas al cultivo del café, una tradición que persiste contra viento y marea.
La Poesía del Realismo Mágico Capitanejano
En Capitanejo también hay mariposas amarillas, como en el Macondo literario de Gabriel García Márquez. La imaginación se convierte en poesía en este lugar donde lo real maravilloso no conoce límites. Sus 6.123 habitantes, dedicados principalmente a la agricultura y el comercio, viven en un escenario donde la fantasía se entrelaza con la cotidianidad.
Muchos creen que por su plaza de tenderetes pasó alguna vez "un armenio taciturno" que anunciaba un jarabe para hacerse invisible, o que los gitanos vendían aparatos multiusos que pegaban botones y bajaban la fiebre. La margen occidental del río, con sus explanadas donde se cultivaba tabaco, parece haberse desvanecido no por una creciente, sino porque la montaña se corrió sigilosamente en una noche sin luna.
Personajes y Secretos Inolvidables
Como en las mejores novelas, Capitanejo tiene sus personajes legendarios. Pedro Mulas, quien caminaba diariamente con un misterioso costal de fique entre La Palmera y el casco urbano, emitiendo un gorjeo peculiar, era considerado por muchos como la reencarnación de Melquíades, ofreciendo con su repetidera el jarabe mágico de los gitanos.
Los misterios también habitan las construcciones. Cuando la familia Dubeibe derrumbó su vieja casa, encontró entre los escombros huevos de salamandras y arañas de patas antiguas. El nuevo propietario de la edificación reconstruida escuchó ruidos extraños en las paredes y, al romper una de ellas, descubrió atónito una guaca antigua, un tesoro chibcha repleto de oro.
El Secreto de las Fallas Dominicales
Durante años, todos los domingos sin falta, el sistema de aguas y electricidad de la alcaldía presentaba una falla inexplicable. Entonces se escuchaba por el altoparlante "se necesita en el despacho de la alcaldía al señor Eduardo Machuca". Don Eduardo, el más experto en aguas y luces del pueblo, falleció hace pocos años llevándose consigo el secreto de esas fallas recurrentes. Tal vez era el Mauricio Babilonia de este Macondo cachaco, tras quien entraban las mariposas amarillas que abundan en Capitanejo.
En este rincón santandereano, donde las estirpes parecen condenadas a más de trescientos años de olvido, quizás encuentren su segunda oportunidad sobre la tierra, entre el calor abrasador, las historias que se cuentan al atardecer y la magia que impregna cada rincón de este pueblo asentado en un recodo del río Chicamocha.