La Primera C del fútbol colombiano ya comenzó su temporada 2026, aunque para muchos pase desapercibida. Sin el ruido del fútbol profesional, pero con el enorme esfuerzo de empresarios locales que viven de la esperanza de ascender a la segunda división en 2027.
Una promesa que se diluye con el tiempo
Esa promesa de ascenso se ha postergado año tras año. La propuesta está sobre la mesa, pero el temor de los socios de la Dimayor —20 equipos de la categoría A y 16 de la B— a tener que repartir los derechos de televisión con más clubes frena cualquier avance. Detrás de esto hay también una pugna política: si los equipos de la división aficionada (Difútbol) pasan a la profesional, sumarían votos para Álvaro González Alzate, lo que incrementaría su poder en la asamblea.
Hasta ahora no hay certeza de que el ascenso se concrete, más allá de las declaraciones del propio González Alzate en Win Sports, donde afirmó que Colombia debería tener hasta quinta división. Sin embargo, esas intenciones no se han traducido en hechos.
La dura realidad de los clubes aficionados
Los clubes de fútbol aficionado luchan con uñas y dientes por alcanzar el objetivo. Intentan armar nóminas competitivas con los mejores jugadores de sus regiones y diseñan paquetes de patrocinio para reunir al menos 400 millones de pesos. Pero la poca difusión mediática hace que el público no se interese y que los patrocinadores escaseen. Tampoco se ha logrado un convenio con canales públicos regionales para transmitir los partidos, lo que dificulta aún más la obtención de recursos.
La Primera C cuenta con 193 equipos en competencia y duelos regionales en la primera ronda. Lo que necesita con urgencia es claridad: que los futbolistas tengan vitrina para llegar al profesionalismo, que los empresarios sepan que invertir en proyectos locales vale la pena y que los socios de la Dimayor dejen de ver a estos clubes como rivales y los consideren una oportunidad para expandir el fútbol colombiano.
No más discursos, se necesitan decisiones
La Primera C no requiere más discursos ni promesas recicladas, sino decisiones firmes. Hoy no es una categoría en construcción, sino un sistema sostenido por la fe de quienes invierten sin garantías y de futbolistas que compiten sin vitrina. Mientras tanto, el fútbol colombiano permanece atrapado en una lógica cerrada donde unos pocos protegen su tajada y muchos quedan condenados a la invisibilidad.
Si el ascenso no se define pronto, con reglas claras para todos, lo que está en juego no es solo una categoría: es la credibilidad de todo el sistema. No se puede hablar de desarrollo, cantera ni futuro cuando se cierra la puerta al primer escalón. La Primera C no pide un favor, exige un lugar que el fútbol colombiano le debe desde hace años.
Y si ese lugar no llega, habrá que decirlo sin rodeos: en Colombia el problema no es la falta de talento, sino la falta de voluntad.



