El duro oficio del arriero en la historia colonial colombiana
En la historia de Colombia, pocos oficios han sido tan sufridos como el de arriero. Estos hombres no solo debían dominar el manejo de las mulas de arria, sino también cargar en las madrugadas y descargar al atardecer, dormir a la intemperie y enfrentar con solo un poncho la fuerza de las lluvias torrenciales y los soles caniculares. Su labor era esencial para el transporte de mercancías en una época donde las carreteras modernas eran inexistentes.
Un contrato histórico de 1776
Un ejemplo emblemático de este oficio se encuentra en el contrato firmado en mayo de 1776 por un gobernador de Girón con dos grupos de arrieros. El primer grupo cargaría en Girón sus mulas con tangos de tabaco y los entregaría en Belén de Cerinza al segundo grupo, compuesto por arrieros vecinos de esa parroquia.
El alcalde de Belén de Cerinza certificó que estos arrieros eran "hombres de todo abono y calidad en sus tratos y contratos", lo que permitió al gobernador protocolizar un contrato con su apoderado. Este acuerdo establecía que los arrieros conducirían por su cuenta y riesgo los tangos de tabaco que les serían enviados desde Girón hasta Belén de Cerinza, y desde allí debían transportarlos a tres reales administraciones de tabaco: Tunja, Zipaquirá y Santafé.
Garantías y responsabilidades de los arrieros
El poderdante y los arrieros garantizaron el cumplimiento de sus obligaciones con todos sus bienes reunidos, lo que incluía:
- 65 mulas de arria
- 30 yeguas
- Dos casas de tapia pisada cubiertas de tejas en Belén de Cerinza
- 90 cabezas de ganado vacuno
- Cuatro estancias de tierra
Los fletes se pagarían diferencialmente por cada carga transportada desde Belén de Cerinza hasta Tunja, Zipaquirá y Santafé, reflejando la complejidad y el riesgo asociados a estas largas travesías.
Contribuciones al mantenimiento de caminos
Los dueños de las arrias de mulas también tenían la obligación de contribuir al reparo de los caminos de herradura, como lo ilustró en 1807 don Adriano Salas, un alcalde del partido del valle del río Sogamoso. Este eficiente funcionario se propuso mantener en buenas condiciones el camino que unía a Girón con este valle, y para ello exigió a los dueños de arrias de mulas de Girón, Bucaramanga y Pie de la Cuesta una contribución económica.
Fue entonces cuando 18 beneméritos dueños de arrias de Piedecuesta respondieron a esta colecta, todos precedidos por el tratamiento de Don y pertenecientes a las familias Mantilla, Sorzano, Calderón, Arenas y Serrano. Lamentablemente, como suele ocurrir en el género humano, sus descendientes los han olvidado, perdiéndose así la memoria de quienes fueron pilares del transporte en la época colonial.
Este relato histórico no solo destaca la dureza del oficio del arriero, sino también su importancia económica y social en la configuración del territorio colombiano, mostrando cómo estos hombres y sus animales fueron la columna vertebral del comercio y la comunicación en una Colombia preindustrial.



