¿Reforma o revolución agraria? El debate en Colombia
¿Reforma o revolución agraria?

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La convergencia aplicada de la biotecnología, la inteligencia artificial y la biomanufactura para producir la próxima revolución agraria. Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias.

Willy Valdivia Granda es director ejecutivo de Orion Integrated Biosciences y especialista en inteligencia artificial aplicada a la defensa, la salud pública y la seguridad nacional.

¿Reforma o revolución agraria?

Darpa —la agencia de proyectos avanzados de investigación del Departamento de la Guerra de Estados Unidos— desarrolla tecnologías disruptivas y estratégicas en la seguridad nacional. Esta entidad ha impulsado proyectos que, en su momento, parecían sacados de la ciencia ficción. En los años 60, desde Arpanet hasta sistemas robóticos autónomos.

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DARPA busca desarrollar sistemas agrícolas capaces de identificar plagas y enfermedades en tiempo real mediante sensores integrados en la maquinaria de campo. A partir de esa detección, analiza el material genético del patógeno y genera biopesticidas en tiempo real. No se trata de una idea futurista, sino de la convergencia aplicada de la biotecnología, la inteligencia artificial y la biomanufactura para producir la próxima revolución agraria.

Mientras unas economías diseñan la próxima revolución agrícola, en Colombia el debate sigue centrado en la redistribución de la tierra. Una estrategia populista del siglo pasado que aún cultivan los políticos para cosechar votos, pero que en la práctica y en diferentes tierras no ha producido frutos tangibles. En México, tras la reforma, el 50 % de la tierra agrícola quedó por debajo de cinco hectáreas, lo que derivó en baja productividad y empobrecimiento, seguido de la contrarreforma de 1992 que permitió su privatización. En Perú, la expropiación de alrededor de 9 millones de hectáreas en 1969 derivó en cooperativas que colapsaron y aceleraron la migración a zonas urbanas. Después de revertir el modelo en los 90, ese país es hoy una potencial mundial frutícola. En Chile, donde se redistribuyó cerca del 40 % de la tierra agrícola, el salto productivo ocurrió solo en la década de los 80, con la reversión del modelo, y la llegada de la inversión, tecnificación y apertura a mercados.

Quienes toman decisiones en Colombia parecen no haber aprendido de estas experiencias. Más del 70 % de las unidades productivas están por debajo de cinco hectáreas. En estas condiciones, la pobreza monetaria rural supera el 35 % y la pobreza extrema se acerca al 20 %, duplicando la pobreza urbana. Operan con ingresos inestables, baja tecnificación y limitado acceso a crédito. La informalidad laboral supera el 80 % y menos de una quinta parte accede a financiamiento formal. Es decir, abandonados a su suerte, la tierra no resuelve el problema. Lo expone.

La transformación agraria ocurre en la Sabana de Bogotá. Allí, el reto no es la tierra, sino la productividad: una hectárea de floricultura puede generar entre US$80.000 y US$200.000 al año. Este sector exporta US$2–2.4 mil millones anuales a más de 100 países. En el Valle del Cauca, la caña de azúcar supera las 100 toneladas por hectárea, muy por encima del promedio mundial de 70 toneladas. Este complejo agroindustrial emplea 280.000 personas —que incluyen azúcar, etanol y energía— y es una economía de 3000 millones anuales. Claro, como todas las agroindustrias, tienen sus retos. Pese a la evidencia, un sector ataca el modelo.

La pregunta no es cuánta tierra se reparte, sino qué sistema productivo se construye en un sector con baja renovación generacional. El siglo XXI premia la productividad y no la tenencia de la tierra. Insistir en un enfoque distributivo es estratégicamente miope. La tierra es solo un insumo; sin tecnología, crédito ni acceso a mercados, condena al campesino a un sistema de producción precario de finales del siglo XIX y a una pobreza que se hereda por generaciones.

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Un piloto es la alianza público-privada. La tierra que es razón de conflicto —a través de la Sociedad de Activos Especiales— puede transferirse a campesinos que deben capacitarse y articularse con un operador que aporte capacidad técnica y comercial para desarrollar agricultura altamente tecnificada. Con reglas de transparencia y ejecución rigurosa, el cofinanciamiento de Finagro permitiría que diez hectáreas generen entre 150 y 250 empleos formales y produzcan miles de toneladas al año de productos exportables e industrializables para así germinar la verdadera revolución agraria.

Willy Valdivia Granda es director ejecutivo de Orion Integrated Biosciences y especialista en inteligencia artificial aplicada a la defensa, la salud pública y la seguridad nacional. Con más de 20 años de experiencia, ha colaborado con organismos internacionales, asesorado a la Unión Europea y liderado proyectos en América Latina, Europa, Asia, Medio Oriente y África. Actualmente, también se desempeña como profesor adjunto en una universidad de Estados Unidos.