El titular apareció en innumerables medios de comunicación alrededor del mundo al cierre de la semana: Elon Musk es la primera persona en la historia cuya fortuna supera la marca del billón de dólares. A modo de comparación, esa suma duplica con creces el valor de la producción anual de Sudáfrica, el país que lo vio nacer hace 54 años, con sus 65 millones de habitantes.
Ya se había convertido en el hombre más rico del mundo a principios de 2021, pero desde entonces quintuplicó su patrimonio. Descrito como una especie de rey Midas de la industria y la tecnología, su logro más reciente fue una oferta inicial de acciones de SpaceX, de la cual posee el 42 %, que se colocó completamente en la bolsa de Nueva York.
Y no solo eso. Aunque el tamaño de la emisión inicial alcanzó los 75 000 millones de dólares, un récord mundial, el precio de los títulos subió después de que comenzaron a negociarse abiertamente el viernes. Al cierre de la jornada, el alza fue del 19 %, aunque en algún momento llegó al 30 %.
¿Por qué tanto apetito por una empresa que pierde dinero?
La razón es que Musk ya ha demostrado ser capaz de triunfar a pesar de las dudas de los escépticos, como ocurrió con Tesla, la compañía que revolucionó el segmento de los autos eléctricos. Por ello, promesas que parecen sacadas de la ciencia ficción son tomadas en serio por múltiples inversores que las consideran factibles.
Los más entusiastas señalan que SpaceX ya logró algo que parecía imposible a comienzos del siglo: lanzar cohetes con un alto grado de confiabilidad para colocar satélites en órbita alrededor de la Tierra. Eso le permitió consolidar Starlink, una subsidiaria que ofrece internet satelital tras ubicar 10 000 artefactos en el espacio, un avance clave para conectar lugares apartados. Por ejemplo, Ucrania ha podido contener la ofensiva rusa gracias a esta herramienta que permite la comunicación segura de las tropas y mejora la efectividad del armamento, incluidos los drones de última generación.
Sin embargo, para mantener el liderazgo y pasar a otra etapa que haría innecesarias las antenas de telefonía celular, SpaceX necesita ampliar la capacidad de carga. Eso requiere un cohete mucho más grande para llevar satélites de mayor volumen. Ya en pruebas, el prototipo mostró fallas por resolver. La promesa más llamativa es que las partes propulsoras serían reutilizables, lo que lo haría comparable a un avión que vuela regularmente. Si se logra, el costo por kilo transportado bajaría a una fracción del actual.
La verdadera apuesta: la inteligencia artificial
En medio del frenesí por construir centros de datos para procesar información, ubicarlos en el espacio aparece como una opción. Mientras en la Tierra crece la oposición a las granjas de servidores que copan la red eléctrica y alteran la vida de las comunidades, más allá de la estratosfera no hay que pedir permisos. Además, la radiación solar provee energía gratis y facilita mantener la temperatura adecuada.
Si convierte esta fantasía en realidad, SpaceX no solo podría destacar con productos de IA que desarrolla una de sus divisiones, sino que también alquilaría espacio a otras empresas, convirtiéndose en un proveedor clave de infraestructura. Pero el desafío no es solo técnico: es una carrera contra el tiempo en términos financieros. Según el prospecto distribuido entre compradores potenciales de acciones de SpaceX, las ventas actuales tendrían que crecer exponencialmente en cinco años y multiplicarse 180 veces para 2040. Las pérdidas de 4900 millones de dólares en 2025 tendrían que convertirse en utilidades de 2,7 billones en década y media.
Por eso, múltiples analistas han aconsejado prudencia, pero los llamados a atemperar los ánimos parecen ignorados en otro episodio de “exuberancia irracional”, término acuñado por Alan Greenspan para describir la burbuja de las punto.com, que ahora se asoma con la IA.
Lo que sigue: dos ofertas más de acciones
Además de la megaemisión de SpaceX, el mercado espera con expectativa dos ofertas adicionales de acciones de OpenAI y Anthropic. OpenAI sacudió al mundo a finales de 2022 con ChatGPT; Anthropic, en medio de una pelea con la administración Trump, es responsable de Claude, un asistente virtual popularizado rápidamente. Aunque faltan definiciones, se espera que la valoración de cada empresa ronde el billón de dólares. En el mundo hay menos de quince sociedades por encima de esa línea.
Con muy pocas excepciones, son emprendimientos relativamente nuevos. En el grupo de las cinco primeras están Nvidia, Alphabet, Apple, Microsoft y Amazon. Pero incluso ese grupo parece tradicional comparado con las que ahora tocan la puerta: OpenAI se fundó a finales de 2015; Anthropic, en 2021.
Aquí aparece la expectativa de un crecimiento muy significativo. Como ambas compañías son propiedad de un grupo de inversores privados, se sabe poco de sus números. Se afirma que sus balances están en rojo, que gastan sumas astronómicas en centros de datos y que necesitan multiplicar ingresos a tasas de doble dígito continuamente. Hasta la fecha, se han fondeado a puerta cerrada en rondas de financiación. Conseguir recursos multimillonarios obliga a pasar muchos filtros.
¿Qué ven quienes se arriesgan? La adopción masiva de una herramienta considerada crítica para los negocios y la disposición a pagar por ella. OpenAI cuenta con unos 900 millones de usuarios, aunque la mayoría opta por la opción gratuita. Anthropic muestra una participación cercana al 30 % en suscripciones de pago en EE. UU., con tendencia al alza.
Para muchas personas, la IA se limita a simplificar tareas o acceder a información rápida, pero en cada vez más áreas profesionales se ha vuelto crítica. Por ejemplo, desarrollar una aplicación puede reducirse de meses a horas con instrumentos que escriben código de programación y lo prueban. Buena parte de la arquitectura se apoya en grandes modelos de lenguaje cada vez más potentes. A medida que ocupen más espacio en la vida diaria, serán más evidentes las diferencias entre paquetes básicos gratuitos y planes especializados.
Otras dudas: concentración de poder y regulación
Nadie sabe si las proyecciones descabelladas se cumplirán. Tampoco se puede asegurar si los dueños del dinero preferirán alternativas más conservadoras. Lo seguro es que muchas instalaciones se están edificando. Solo en EE. UU., el gasto en nuevos centros de datos este año superará los 700 000 millones de dólares, lo que explica en parte los buenos números de su economía y la generación de empleos.
Con el tiempo, las dudas sobre esta danza de los billones se responderán. Mientras tanto, aparecen inquietudes de orden mayor. La más compleja tiene que ver con la concentración del poder en un grupo reducido de personas. En el caso de Musk, la estructura de SpaceX le da un derecho de voto muy superior a su participación accionaria. En la práctica, el fundador de una empresa valorada en casi dos billones de dólares puede hacer lo que quiera sin garantías que protejan a los demás socios.
Además, muchos cuestionan el proceder del magnate, que donó casi 300 millones de dólares a la campaña de reelección de Donald Trump y ahora dedica sus mensajes en X a estimular el odio racial en Gran Bretaña o a fuerzas de extrema derecha en Europa. Tener chequera e influencia ilimitadas abre interrogantes en un planeta donde la concentración del ingreso sigue su marcha.
Tampoco se pueden ignorar las advertencias sobre la IA. Sin llegar a un mundo dominado por máquinas como en Terminator, aumentan las voces que piden regulación ante los efectos de la revolución tecnológica, que podría acabar con millones de empleos reemplazados por robots y algoritmos.
Igualmente importante es la exacerbación de los desequilibrios globales. La mayoría del poder de cómputo estará en manos de empresas estadounidenses o chinas, mientras que algunas migajas se repartirán en otras latitudes. Incluso Europa teme quedarse atrás. Esto significa que la mayoría de los países, comenzando por los de América Latina, quedarán a merced de las dos superpotencias, en lo que se encamina a reeditar la teoría de la dependencia. Para colmo, los interlocutores no siempre serán gobiernos, sino individuos a los que no necesariamente les interesan el bien común o la prosperidad compartida.
Pero esas preocupaciones están en la mente de pocos, y menos en Colombia, donde la opinión se divide entre la política y el fútbol. Solo queda esperar que algún día despertemos y dediquemos tiempo a pensar en cómo prosperar en este nuevo mundo. Porque, como dijo el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos: “Si no estamos sentados alrededor de la mesa, formaremos parte del menú”.



