Los pobres sí toman malteada: La transformación de los precios en Colombia
Días después de que mi padre sufriera una quiebra financiera de la que nunca logró recuperarse completamente, nos dirigimos al centro comercial Unicentro para retirar los últimos fondos que quedaban en su cuenta bancaria. Durante el trayecto, mi hermana preguntó con inocencia si después podríamos ir por una malteada, a lo que mi padre respondió con una frase que quedó grabada en mi memoria: "Los pobres no toman malteada".
La cruel realidad económica
En aquel momento, su afirmación resultaba dolorosamente cierta. Cualquier producto relacionado con postres refrigerados representaba un gasto considerable, casi un lujo inalcanzable. Recuerdo con especial cariño una marca de helados que ofrecía un sabor de vainilla con veteado de chocolate que me fascinaba tanto que podía consumir un litro completo en una sola sentada, como si fuera una misión personal que debía cumplir.
Con mi modesta mesada de estudiante, solo podía permitirme comprar ese helado una vez al mes, ya que el resto del dinero se destinaba a transporte público, fotocopias de materiales académicos y comida básica en la universidad. Para satisfacer mi necesidad de azúcar, recurría a alternativas más económicas como tortas, galletas y diversos dulces disponibles en cafeterías estudiantiles.
El sorprendente giro de los precios
Sin embargo, la situación ha cambiado radicalmente en la actualidad. Me di cuenta de esta transformación cuando, para el cumpleaños de mi tía, decidí llevarle como regalo su torta de zanahoria favorita. Para mi asombro, descubrí que un litro y medio de helado de marca reconocida costaba apenas la cuarta parte de lo que me cobraban por el ponqué que originalmente había planeado comprar.
Algunos podrían pensar que exagero, pero como persona que considera el azúcar como su vicio personal, he seguido de cerca la evolución de los precios en el mercado colombiano. Sé perfectamente que productos como la chocolatina Jet, que antes costaban monedas, ahora tienen precios que compiten con chocolates suizos de alta gama. He visto galletas que superan los veinte mil pesos y tortas de chocolate que alcanzan los doscientos mil pesos. ¿Y aquel litro y medio de helado con el que impresioné a mi tía? Exactamente cuarenta y cinco mil pesos.
El poder de las palabras en el mercado
No estoy seguro si este fenómeno se debe a incrementos en los impuestos, a estrategias de mercado que permiten cobrar precios elevados porque ciertos productos se han puesto de moda, o a una combinación de ambos factores. Lo cierto es que, por muy exquisito que sea un postre, sus ingredientes básicos siguen siendo azúcar, harina, mantequilla y huevos en su mayoría.
Para reforzar este punto, recuerdo que durante mi época universitaria, una compañera se mantenía económicamente revendiendo brownies de una marca reconocida. Recientemente visité un almacén para comprar uno de esos brownies, ya que hacía tiempo que no los probaba, y descubrí que su precio había ascendido a quince mil pesos. Con mi antigua mesada de estudiante, habría sido imposible adquirirlo sin afectar seriamente otros gastos esenciales.
Las palabras tienen un poder extraordinario en la determinación de los precios. Actualmente, se cobra significativamente más por productos etiquetados como "artesanales", "orgánicos" o elaborados con "masa madre". Y ni hablar cuando incluyen ingredientes como pistacho, que parece tener la capacidad mágica de encarecer cualquier postre, similar a cómo el guacamole incrementa los precios en los asaderos de carne.
Ejemplos cotidianos de la inflación selectiva
Ignoro los detalles técnicos del comportamiento del mercado, pero observo claramente cómo artículos que antes eran económicos se han convertido en productos carísimos. Durante mi adolescencia, coleccionaba muchos acetatos no por romanticismo musical, sino porque no podía costear los CD, que representaban tecnología de punta en ese momento. Hoy en día, si visitas una tienda especializada para comprar un vinilo, prácticamente necesitas consultar las tasas de interés del Banco de la República y evaluar si vale la pena endeudarse por él.
Sucede algo similar con el álbum de Panini, especialmente ahora que se aproxima el próximo Mundial de Fútbol. Antes, completar ese álbum era accesible con el dinero de bolsillo de cualquier estudiante; en la actualidad, resulta más sensato conformarse con ver a los jugadores por televisión. Más ejemplos ilustrativos: ¿en qué momento exacto el café con leche comenzó a llamarse "latte" y el tinto tradicional se transformó en "americano"?
Me han explicado que tinto y americano no son exactamente lo mismo debido a diferencias en sus técnicas de preparación, pero esto me parece un refinamiento excesivo; ambos cumplen la misma función esencial. Ocurre algo comparable con la pavlova y el merengón; aunque varían en textura y presentación, en esencia son postres similares, pero su costo fluctúa considerablemente según el nombre con el que se comercialicen al cliente.
Una reflexión final sobre la accesibilidad
El punto central de esta reflexión es que, si mi padre estuviera vivo hoy, probablemente se sentiría feliz al descubrir que, a pesar de haber quedado sin recursos económicos en su momento, actualmente podría invitar no solo a su hija, sino a toda la familia a tomar malteadas. Con esa generosa dosis de azúcar compartida, seguramente el golpe emocional de la quiebra hubiera resultado más llevadero para todos los miembros de la familia.
Esta experiencia personal ilustra cómo las dinámicas de precios en Colombia han evolucionado, transformando productos cotidianos en artículos de lujo y viceversa, mientras las estrategias de marketing continúan redefiniendo nuestro concepto de valor y accesibilidad económica.



