La caída global de la fecundidad: un fenómeno que desafía las teorías económicas
Durante el último medio siglo, prácticamente todos los países del mundo han experimentado un descenso significativo en sus tasas de natalidad, presentando una de las grandes sorpresas demográficas de la era moderna. En 2022, más de la mitad de los 193 países de las Naciones Unidas, representando dos tercios de la población mundial, ya registraban una tasa total de fecundidad inferior al nivel de reemplazo de 2,2 hijos por mujer.
Una tendencia que desafía las explicaciones tradicionales
Los economistas han estudiado esta relación entre ingresos y fecundidad desde los años 60, ofreciendo diversas explicaciones que han resultado erróneas o incompletas. La tendencia continuó incluso con la difusión de prácticas anticonceptivas modernas, indicando que algo más impulsaba a los hogares con mayores ingresos a tener menos hijos que aquellos con menores recursos económicos.
El acceso a anticonceptivos efectivos o al aborto legal no es suficiente para reducir la tasa de natalidad, como lo demuestra la sustancial disminución registrada en Estados Unidos durante el siglo XIX. Para una reducción sostenida y sustancial, las personas en edad fértil también deben optar por tener menos hijos; y para aumentar la tasa, las parejas deben desear tener más hijos con la seguridad de que recibirán cuidados adecuados.
El factor decisivo: autonomía femenina versus compromiso masculino
Según la investigación The Downside of Fertility (2025) de Claudia Goldin, premio Nobel de Economía 2023, el principal factor del descenso de la fecundidad es la mayor autonomía de las mujeres, quienes enfrentan la incertidumbre de no saber si podrán cosechar los frutos financieros y personales de su educación, ni si sus hijos contarán con recursos suficientes.
El verdadero problema podría residir en un desajuste entre lo que las mujeres necesitan para disfrutar de su autonomía y los compromisos creíbles que los hombres pueden asumir. Para una mujer que aspira a educación profesional y carrera, una consideración fundamental al tener un hijo es si el padre compartirá la carga del trabajo doméstico.
La dinámica de género en diferentes contextos
En Estados Unidos, la tasa de natalidad se desplomó hace tiempo debido a que las mujeres tienen mayor capacidad de casarse más tardíamente, obtener más educación y adquirir más experiencia laboral antes del matrimonio. Gracias a su mayor autonomía, disponen de más opciones valiosas, mientras que la proporción de hombres responsables con la paternidad puede que no haya aumentado proporcionalmente.
En otros contextos, la historia se centra en la velocidad del crecimiento económico y los conflictos resultantes entre generaciones y géneros. Cuanto más rápido es el crecimiento económico per cápita, mayor es la divergencia entre el deseo de los hombres de tener hijos en comparación con el de las mujeres.
El rápido crecimiento da poco tiempo para que las tradiciones se adapten a la realidad económica. Los hombres tienden a estar más apegados a las tradiciones de sus padres y abuelos, mientras que las mujeres tienen mucho más por ganar al romper con estas. No es que los hombres sean inherentemente más tradicionales, sino que se benefician más de tradiciones patriarcales.
Consecuencias prácticas y soluciones potenciales
En los países actualmente desarrollados que se modernizaron rápidamente, los hombres realizan considerablemente menos tareas domésticas y de cuidado en sus hogares que las mujeres, en comparación con países con trayectorias de crecimiento más continuas. Esta desigualdad en la división del trabajo doméstico representa un obstáculo significativo para la recuperación de las tasas de natalidad.
El descenso de la fecundidad en países y sociedades muy diferentes sugiere la existencia de un factor común: esta tendencia ha ido de la mano del aumento de la capacidad de las mujeres para casarse con quien deseen y cuando lo deseen, para invertir en su educación y futuro, y para gozar de libertad reproductiva segura.
Al mismo tiempo, las desigualdades sociales y en las relaciones individuales, además de un compromiso tardío y las dificultades de establecer acuerdos vinculantes, han contribuido a tasas de natalidad inferiores a las óptimas. En ausencia de cambios suficientes que garanticen el apoyo a las futuras madres, una mayor autonomía femenina se traducirá en menores tasas de natalidad.
Proyecciones preocupantes y esperanza de cambio
El número promedio de nacimientos por mujer ha disminuido de alrededor de cinco (4,8) en la década de 1970 a un poco más de dos (2,2) en 2024, ocurriendo a una tasa más rápida de la proyectada originalmente. Según las Naciones Unidas en su informe World Fertility 2024, se proyecta que la disminución continuará hasta finales del siglo, alcanzando 1,8 nacimientos por mujer para el año 2100.
Afortunadamente, la investigación también indica que con suficientes garantías de apoyo, una mayor autonomía femenina debería conducir a mayores tasas de natalidad, una mayor productividad femenina en el mercado laboral y familias más equitativas y felices. La clave reside en establecer compromisos creíbles que equilibren la autonomía femenina con responsabilidades compartidas en la crianza.



