La economía colombiana: mucho más que magia y quejas
La vida contemporánea nos ofrece comodidades impensables para generaciones anteriores: el gas que surge de la hornilla, el agua que brota del grifo, la electricidad que ilumina nuestros hogares. Los colombianos disfrutamos estos avances, pero cuando nos preguntan cómo funcionan realmente estos servicios esenciales, nuestra respuesta se asemeja más al pensamiento mágico medieval que al conocimiento ciudadano del siglo XXI.
El desconocimiento colectivo sobre nuestro propio país
Esta situación no es muy diferente al entendimiento que tiene el colombiano promedio sobre el funcionamiento de su nación. Nos quejamos constantemente de políticos, empresarios, la economía nacional, el Estado, la inflación y las fluctuaciones cambiarias. Sin embargo, cuando un niño pregunta por qué se deterioran las carreteras, por qué los floricultores sufren cuando el peso se fortalece o por qué aumenta el precio del pasaje de TransMilenio, nuestras respuestas suelen reducirse a dos opciones igualmente simplistas: "es magia" o "es culpa de las oligarquías y gobernantes", como si fueran deidades mitológicas controlando nuestro destino colectivo.
La cadena humana detrás de cada producto
Cuando adquirimos una salsa mexicana en el supermercado, generalmente ignoramos la compleja red humana que existe detrás de cada frasco. Su presencia en la góndola, que ingenuamente equiparamos con cualquier otro producto, ha sido tocada por numerosas personas, haciendo que cada botella sea única en su trayectoria. Cuando un consumidor, llamémoslo Nicolás, compra esa salsa en Bogotá, se lleva a su hogar mucho más que un condimento: transporta horas de trabajo, ilusiones, sueños, sonrisas y sufrimientos de decenas de personas.
Nada ocurre en aislamiento dentro de nuestra economía. Cada transacción forma parte de un sistema integrado donde participan docenas, cientos o incluso miles de individuos interconectados.
Los actores invisibles de nuestra economía
El supermercado donde Nicolás compra gestiona miles de proveedores y atiende a cientos de miles de clientes semanalmente. Detrás de ese frasco de salsa está Viviana, la compradora que ha seleccionado entre decenas de opciones para ofrecer a los visitantes de la cadena los mejores productos para sus canastas familiares. Su trabajo tiene propósito claro: alimentar a las personas, validar el esfuerzo de los productores y compensarlo según su valor real. La empresa donde trabaja Viviana paga salarios, sufre cuando los aumentos del salario mínimo superan su capacidad para ajustar precios, y contribuye con impuestos al Estado colombiano.
Cecilia es la emprendedora que produce las salsas que Viviana selecciona. Ella busca perpetuar el legado culinario de sus ancestros mexicanos, transmitiendo siglos de tradición gastronómica a los paladares colombianos, utilizando insumos de calidad y recetas que cuidan la salud de los consumidores. Cecilia recorre el país buscando los mejores ingredientes, paga servicios públicos para operar su planta, emplea a Diego y Fernando en la preparación de sus productos, y también contribuye con sus impuestos al fisco nacional.
La base agrícola de nuestra economía
Ramiro cultiva los tomatillos que Cecilia utiliza para sus salsas en el Valle del Cauca. Los siembra con esperanza, los cosecha con esfuerzo físico considerable, los empaca con dedicación y los envía a Bogotá con esa angustia característica del productor agrícola colombiano. Se endeuda para adquirir semillas e insumos, y contiene la respiración hasta que sus cajas llegan a la capital y su calidad es validada por sus clientes. Ramiro, como los demás, paga sus impuestos al Estado.
El círculo virtuoso de los impuestos
El Estado colombiano recibe contribuciones fiscales de Nicolás, Viviana, Cecilia, Diego, Fernando y Ramiro. Con estos recursos opera año tras año, financiando las carreteras que transportan los tomatillos de Ramiro, la educación para los hijos de Diego y Fernando, la policía que protege la planta de Cecilia, el sistema de salud que atiende a Viviana y los salarios de servidores públicos que trabajan para Nicolás y todos los colombianos.
Nada en nuestra economía es magia: todo es resultado del trabajo constante de cada persona en esta cadena productiva. Cuando compren ese frasco de salsa en el supermercado, cierren los ojos por un momento y visualicen todas las manos que han tocado ese producto con esperanza, experimenten la profunda conexión humana necesaria para producir los bienes que consumimos como sociedad organizada.
Un llamado a la conciencia ciudadana
Cuando ejerzan su derecho al voto este 8 de marzo, les sugerimos apoyar candidatos que realmente comprendan cómo funciona Colombia, que puedan ponerse en los zapatos de cada ciudadano que participa en nuestra economía, y que legislen pensando en mejorar las condiciones de vida para todos, desde Nicolás en Bogotá hasta Ramiro en Buga. No voten por quienes creen en soluciones mágicas, sino por quienes entienden que el país se construye con las manos de todos sus habitantes, y que cada colombiano merece ser considerado, valorado y protegido en este complejo pero maravilloso sistema que llamamos economía nacional.



