Una pieza arqueológica es mucho más que un objeto material; representa un fragmento de memoria cargado de significados políticos, espirituales y afectivos. Nos habla de los vínculos que civilizaciones antiguas desarrollaron con su entorno natural y social, con las historias de sus ancestros y con territorios sagrados ubicados en lo que hoy conocemos como Colombia. Por ello, la devolución de estas piezas suscita preguntas profundas: ¿A quiénes pertenecen realmente? ¿Qué historias guardan? ¿Qué representan para los pueblos originarios? ¿Significan lo mismo para el Estado? ¿Qué entendemos por identidad y soberanía? Aunque las respuestas son complejas, los pueblos ancestrales no hablarían de piezas arqueológicas, sino de seres, abuelos, semillas y memorias. Esto interpela la forma en que el Estado concibe el patrimonio cultural y su retorno, y cuestiona los actos oficiales de recepción, que deberían incluir ritualidad y espiritualidad para honrar a las culturas creadoras.
La colección Errázuriz Cox
En el caso de la colección que la familia Errázuriz Cox heredó de su padre, quien vivió y trabajó en Colombia, la devolución voluntaria desde Santiago de Chile deja varias reflexiones. Por un lado, el proceso evidenció el fortalecimiento y la coordinación de las instituciones colombianas para garantizar el retorno del patrimonio cultural: el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), el Ministerio de Relaciones Exteriores con sus embajadas y consulados, el Ministerio de las Culturas (Minculturas) y el Departamento Administrativo de la Presidencia (DAPRE). En cuatro años de gobierno, Colombia ha repatriado 1.194 piezas arqueológicas, un hito en el retorno de bienes culturales.
Tras la comunicación inicial con la familia Errázuriz Cox, se activaron los protocolos, incluyendo el peritaje técnico del ICANH, que confirmó que los bienes pertenecen al patrimonio arqueológico de la nación. Luego se coordinó entre la familia, la Embajada de Colombia en Chile, la Cancillería y Minculturas para asegurar las condiciones adecuadas de manejo, conservación y registro. Una profesional en conservación y restauración de la Cancillería viajó a Santiago para acompañar el inventario, manipulación y embalaje de las piezas. El retorno se realizó mediante valija diplomática bajo estrictas medidas de seguridad, custodiada por el embajador Sebastián Camilo Guanumen Parra hasta su llegada a Colombia.
Destino de las piezas
Como resultado, Colombia recibió en perfecto estado 174 bienes arqueológicos de las culturas precolombinas Tumaco, Nariño, San Agustín y Tayrona. Entendiendo que es deber del Estado custodiar, investigar, preservar y divulgar este patrimonio, y que la ciudadanía tiene derecho a apreciarlo y reflexionar sobre la identidad y la historia, Minculturas, a través del ICANH, decidió que, tras los estudios correspondientes, algunas piezas se exhibirán en el Museo La Tolita, en Tumaco (Nariño).
Diplomacia cultural fortalecida
Estas acciones de repatriación se enmarcan en el fortalecimiento de la diplomacia colombiana. Gracias a gestiones ante la UNESCO, Colombia logró ser miembro del Comité Subsidiario de la Convención de 1970, clave en la lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales, y presidir el Comité Intergubernamental para Promover el Retorno de Bienes Culturales a sus Países de Origen o su Restitución en Caso de Apropiación Ilícita (ICPRCP). Desde 2025, el país participa en decisiones estratégicas globales sobre gestión del patrimonio cultural. Además, las misiones diplomáticas se han convertido en actores estratégicos que median en la identificación, recuperación y protección de bienes arqueológicos en el exterior.
Es clave que más coleccionistas sigan el ejemplo de la familia Errázuriz Cox y apoyen al Estado en recuperar lo que aún está fuera del país. Esto permitirá seguir reflexionando sobre la deuda con los ancestros de los pueblos originarios y sus historias. El retorno, la repatriación y la rematriación —devolver las piezas a sus pueblos de origen— son una señal clara de que Colombia defiende, con instituciones fortalecidas y diplomacia activa, el derecho inalienable de los pueblos a su memoria y legado. No podemos perder este impulso.



