Una madrugada, un hombre con acento extranjero llegó al edificio para vivir temporalmente con dos mujeres. Nadie sabía quién era ni de dónde venía. Los inquilinos de la torre 4 de una antigua urbanización en Medellín pronto notaron que algo había cambiado. A esa primera noche le siguieron otras, algunas con películas, otras con gritos e insultos. Siempre había ruido, gritos o agresividad. Una noche, las mujeres pidieron ayuda en la portería: los estruendos iban a terminar mal.
Entre esas noches, hubo una memorable: una fiesta que duró más de 24 horas, a la que se unieron varios locales. Llegaron tambaleándose entre alucinógenos y alcohol. Desesperado por el ruido prolongado, un vecino llamó a la Policía. Los agentes llegaron, revisaron, pidieron cédulas y silencio. Luego se fueron. Minutos después, la música regresó, junto con el humo y los visitantes. Cada noche, antes de dormir, después de semanas, algunos comenzamos a preguntarnos: ¿qué sucederá esta noche?
Después de hablar con vecinos, la Policía, la administración y Migración Colombia, y tras varias multas, el vecino se fue. Intentó extender el contrato, pero no pudo. Tras casi tres semanas de noches insoportables, este suceso nos lleva a reflexionar sobre la situación de Medellín: un lugar que amamos pero que, a ratos, parece no interesarse por personas como yo y mis vecinos, que trabajamos desde temprano, nacimos aquí y queremos quedarnos.
A pesar de la amabilidad de Migración Colombia y los esfuerzos para que turistas como este no sigan con su voluntad frenética, cuando uno pregunta qué ayudas existen para que los residentes puedan quedarse en sus barrios junto a los turistas, los silencios aumentan. Los alquileres siguen subiendo y algunos propietarios prefieren arrendar a turistas ruidosos, incluso delincuentes. No importa si ponen en riesgo a vecinos o niños. El dinero es la prioridad.
Aunque Medellín ha avanzado, aún hay sensación de vacío y desprotección. Ya no basta con asumir precios crecientes, tráfico o inundaciones: también hay que cuidarse en las escaleras del propio edificio. Cada semana, el alcalde Federico Gutiérrez habla de un visitante capturado que llegó buscando pornografía infantil, sexo pago o apartamentos para fiestas infinitas. Barrios como Manila, en El Poblado, están llenos de hoteles para turistas, fiestas y restaurantes. Los vecinos no tuvieron más remedio que irse, como ya pasó en Provenza y comienza a pasar en otros lugares.
¿Y si en lugar de tantos eventos y obras para recrearse, nacieran iniciativas para que las personas puedan quedarse en sus barrios y asumir los costos de la gentrificación?



