Gorilas de montaña en Ruanda: turismo regulado como estrategia de conservación
Turismo regulado salva gorilas de montaña en Ruanda

El encuentro con los gigantes de espalda plateada

La humedad se adhiere a la piel mientras las botas se hunden en el barro del bosque tropical. Los guardaparques abren camino con machetes entre ortigas y enredaderas, sin senderos definidos, solo rastros. De repente, el guía alza la mano: silencio absoluto. A escasos metros, entre la vegetación espesa, emerge la figura imponente del espalda plateada.

Puede alcanzar 1,80 metros de altura y superar los 180 kilogramos. Se desplaza con una calma que impone respeto, rodeado de hembras atentas, jóvenes inquietos y crías juguetonas. La similitud con los humanos resulta inevitable, compartiendo más del 98% del ADN.

Un modelo de conservación basado en límites estrictos

Esta experiencia ocurre en el Parque Nacional de los Volcanes, ubicado en el noroeste de Ruanda, corazón de África. El turismo aquí no es meramente recreativo sino una herramienta fundamental para la supervivencia de los gorilas de montaña, una de las especies más emblemáticas del planeta.

Según datos del Programa Internacional para la Conservación de los Gorilas (IGCP), actualmente existen aproximadamente 1.063 gorilas de montaña en estado silvestre. En el macizo de Virunga, que incluye el sector ruandés, habitan 604 individuos, mostrando una recuperación gradual desde los 680 registrados en 2008.

El modelo ruandés establece parámetros rigurosos: cada permiso para el rastreo cuesta 1.500 dólares por persona, con edad mínima de 15 años. Solo se permiten ocho visitantes por familia de gorilas diariamente, durante exactamente una hora. En total, se emiten únicamente 96 permisos cada día.

Beneficios comunitarios y protocolos de protección

El 10% de los ingresos generados se destina directamente a comunidades aledañas, financiando escuelas, centros de salud e infraestructura básica. Además, existe un fondo de compensación para agricultores cuyos cultivos resulten dañados por los gorilas, medida esencial para mantener la coexistencia pacífica.

La jornada comienza a las 7:00 a.m. en Kinigi, sede administrativa del parque. Allí se asignan las familias de gorilas y se explican protocolos estrictos: mantener distancia mínima de siete metros, no tocar bajo ninguna circunstancia, hablar en voz baja y utilizar mascarilla quirúrgica para reducir riesgos de transmisión de enfermedades respiratorias.

La caminata puede extenderse desde 30 minutos hasta más de cuatro horas, a altitudes entre 2.500 y 4.000 metros sobre el nivel del mar. Rastreadores especializados salen con anticipación para localizar donde cada grupo pernoctó, guiando posteriormente a los excursionistas mediante comunicación radial.

Comportamiento social y comunicación compleja

Los gorilas exhiben una estructura social sofisticada y métodos comunicativos expresivos. Pueden manifestar dominio mediante exhibiciones que incluyen lanzar vegetación o golpearse el pecho, pero también emplean gestos sutiles como apartarse del camino o adoptar posturas de sumisión.

Sus expresiones faciales revelan estados emocionales: la denominada "cara de juego", con boca abierta y labio inferior relajado, es común entre jóvenes durante interacciones lúdicas. Las vocalizaciones varían desde suaves "eructos" que comunican bienestar hasta sonidos de alerta o angustia.

Incluso el bostezo adquiere significados distintos: cuando un macho muestra los dientes al bostezar, puede estar enviando señales de advertencia o tensión. El icónico golpe de pecho, amplificado por sacos de aire especializados, no siempre implica agresión; frecuentemente aparece en contextos de juego juvenil.

Legado de Dian Fossey y turismo responsable

El IGCP —coalición integrada por Fauna & Flora, Conservation International y WWF— opera en aproximadamente 160.000 kilómetros cuadrados. Su enfoque combina protección del hábitat, reducción de amenazas y promoción del turismo responsable como motor económico.

En estas montañas trabajó la primatóloga Dian Fossey, cuya investigación fue decisiva para visibilizar la crítica situación de la especie durante el siglo XX. Su legado perdura en la cultura conservacionista del parque, donde los visitantes pueden acceder a su tumba tras una caminata por el bosque.

"Hay especies carismáticas que capturan la atención, pero protegerlas implica cuidar todo el ecosistema", explica el periodista de viajes Andrés Zumbambica. "No se trata solo del gorila, sino de todo lo que sostiene su existencia. La sostenibilidad no puede reducirse a discurso comercial; debe constituir compromiso real con la naturaleza".

Lecciones aplicables a Colombia

A miles de kilómetros de las Virunga, en Vista Hermosa, Meta, el turismo de naturaleza también transforma prácticas locales. La Finca Agroturística La Piel Roja, parte del programa Colombia, Territorios de Paz y reconocida por Cormacarena por su sostenibilidad, ofrece avistamiento de mono zocay en hábitat natural y experiencias comunitarias alrededor del cacao.

"Los animalitos se ven bonitos sueltos", resume Aurora Martínez Guerrero, creadora del proyecto. Esta frase sencilla conecta directamente con la filosofía ruandesa: la vida silvestre genera mayor valor económico y ecológico cuando permanece en libertad.

En el bosque nublado de las Virunga, frente a los gigantes de espalda plateada, esta idea adquiere dimensión tangible. El turismo, cuando es limitado, rigurosamente regulado y vinculado al bienestar colectivo, trasciende su carácter industrial para convertirse en genuina estrategia de conservación. Simultáneamente, funciona como espejo que nos recuerda cuánto compartimos con aquello que intentamos proteger.