La comida callejera es uno de los principales atractivos de Bangkok, donde los puestos informales llenan las aceras con woks chisporroteantes y parrillas humeantes desde la mañana hasta la noche. Sin embargo, el futuro de muchos de estos vendedores es incierto debido a la campaña del gobierno municipal para limpiar y ordenar las aceras, reubicándolos en mercados designados.
Preocupación entre los vendedores
Looknam Sinwirakit, de 45 años, vende pasteles fritos de arroz glutinoso en el Chinatown de Bangkok. Recibió una multa de 1.000 baht (30 dólares) por obstruir la calle con su puesto. "Estoy preocupada porque estamos aquí ilegalmente", confiesa. Aunque sus productos cuestan solo 50 baht (1,50 dólares), el flujo constante de clientes compensa el riesgo. "Los vendedores necesitamos ganarnos la vida. No es justo que nos desalojen, pero si nos lo ordenan, tendremos que hacerlo", afirma.
Wong Jaidee, de 56 años, lleva más de dos décadas vendiendo durián, una fruta de olor intenso muy popular en el sudeste asiático. "No tengo un plan B. Bangkok es una ciudad muy cara y puede que no podamos salir adelante", señala preocupado.
Reducción de vendedores ambulantes
Según la Administración Metropolitana de Bangkok (BMA), desde 2022 el número de vendedores ambulantes en la ciudad cayó más del 60%, con unos 10.000 menos que antes. Decenas se han trasladado a mercados informales o centros de comida callejera, un modelo similar al de Singapur. Sin embargo, muchos otros cerraron sus negocios debido a las restricciones o la falta de rentabilidad, según Kunanop Lertpraiwan, funcionario de la BMA.
La administración se ha centrado en los vendedores de las calles más transitadas, dando más flexibilidad a quienes están en calles secundarias o zonas turísticas. "Les damos tiempo y se lo comunicamos claramente. No es que los echemos mañana", asegura Lertpraiwan. Algunos disponen de varios meses para encontrar una nueva ubicación.
Centros de comida callejera
Las autoridades promueven que los vendedores se instalen en uno de los cinco centros de comida callejera abiertos en los últimos años. El más reciente se inauguró en abril en el parque Lumphini, una de las principales áreas verdes de la ciudad. Allí, una docena de vendedores que antes estaban en calles aledañas ahora pagan 60 baht (1,85 dólares) al día por alquilar un puesto, con acceso a agua y electricidad.
Panissara Piyasomroj, de 59 años, vendía fideos desde 2004 a los corredores del parque. Para ella, el traslado mejoró las condiciones: "Mi negocio ha mejorado y se ve más limpio".
Impacto cultural y turístico
Para otros vendedores, mudarse de su entorno familiar es inquietante. Thitisakulthip Sang-uamsap, de 67 años, lleva más de cuatro décadas vendiendo bolas fritas de verduras cerca de Chinatown. "Vivo por aquí. Si me piden irme, no me sentiré cómoda", dice, esperando que el gobierno sea más flexible con los vendedores de edad avanzada y bajos ingresos.
Las aceras abarrotadas y el olor de delicias callejeras como el calamar asado son parte del encanto de Bangkok para muchos visitantes. El turista alemán Oliver Peter considera que Tailandia tiene una de las mejores cocinas del mundo y su plato favorito es el pad thai. "Sería triste que desaparecieran. Es parte de la cultura", afirma.



