Mientras Colombia celebra una matrícula histórica en educación superior, en China se cancelan programas académicos porque ya no dialogan con el mundo del trabajo y Oracle anuncia el despido de al menos treinta mil empleados para redirigir recursos hacia inteligencia artificial (IA). Dos titulares, dos hemisferios y una misma pregunta sin respuesta para las Instituciones de Educación Superior (IES) colombianas: ¿qué clase de profesional estamos formando para un mercado laboral que ya empezó a reescribirse?
La cobertura no basta
La apuesta del Gobierno Nacional por ampliar el acceso es valiosa y necesaria. A esto se suma, en el marco de un sistema de educación superior mixto, el aporte significativo que hacen las IES privadas, que no tienen otra intención diferente a aportar también al acceso, la calidad y la pertinencia. Colombia no puede darse el lujo de seguir excluyendo a los hijos de las familias más pobres ni a los jóvenes de los territorios olvidados. Pero la cobertura, por sí sola, dejó de ser noticia hace mucho. La pregunta de fondo, y la que define si la educación superior será motor de movilidad social o fábrica de frustraciones, es la de la pertinencia.
Datos que alarman
Unos cuantos datos nos ayudan a corroborar lo dicho: 65% de las ocupaciones del sistema productivo colombiano son de nivel práctico y técnico, mientras que 70% de la oferta académica del país es universitaria y teórica. Estamos formando, literalmente, para un país que no existe. Y lo poco que tenemos en formación técnica y tecnológica registra tasas de deserción que duplican las universitarias, en buena medida porque carece del prestigio social y de la promesa cumplida de empleabilidad que sí tienen los pregrados tradicionales.
El desafío de la inteligencia artificial
A ese desfase estructural se suma ahora un acelerador: la inteligencia artificial. IES en Asia, Estados Unidos y Europa están cerrando programas, rediseñando currículos y reduciendo cupos en carreras donde la IA acaba de volver obsoleta una parte sustancial del perfil profesional. Colombia, en cambio, apenas dio sus primeros pasos: el Conpes 4144 fija un horizonte de gobernanza ética y desarrollo de capacidades hasta 2030. Es un comienzo, pero no es una respuesta a la velocidad del cambio.
El riesgo de democratizar la devaluación
Aquí está el punto que el debate público no termina de asumir: ampliar la cobertura sobre currículos diseñados hace veinte años no es democratizar la educación superior, es democratizar su devaluación. Un técnico formado en un oficio que el mercado abandonó, un comunicador especializado en tareas que hace mejor un modelo generativo, un abogado sin alfabetización algorítmica básica son títulos que el sistema sigue produciendo y que, con o sin gratuidad, no entregarán al joven la movilidad social que prometen.
Tres acciones urgentes
Calidad e impacto social, entonces, no son sinónimos de más cupos ni de más recursos; significan tres cosas concretas que el sector empresarial debería estar exigiendo con más fuerza. Primero, currículos vivos: rediseño cada tres años, con participación efectiva del sector productivo, no cada quince con permiso del Ministerio. Segundo, una apuesta seria, no retórica, por la formación técnica y tecnológica de alta calidad; eso exige dignificar salarios, financiar laboratorios y romper el estigma cultural que la condena. Tercero, alfabetización transversal en IA: ningún egresado, sea de medicina, derecho, ingeniería o pedagogía, debería salir hoy sin competencias mínimas para usar estas herramientas con criterio, ética y productividad.
La prueba de las IES
Las IES colombianas enfrentan en este tiempo una prueba que ninguna ley estatutaria resolverá por sí sola. No es la prueba de cuántos jóvenes admiten, sino la prueba de qué les entregan cuando salen. Esa, y no otra, es la conversación que el sector productivo, la academia y el Gobierno deberían estar teniendo hoy.



