Después de varios años sin visitar la Universidad de los Andes, un profesor invitó a Juan Carlos Bayona Vargas a dar una charla a sus 30 estudiantes. El educador aceptó y llegó puntual a las 6:30 de la mañana. El profesor había anunciado la visita y el motivo de la invitación en la clase anterior. Bayona preparó una lectura del país desde la perspectiva educativa.
La llegada tardía de Ilona
A las siete pasadas, una joven llamada Ilona entró al salón con total naturalidad, como Pedro por su casa. Atravesó el amplio espacio del bonito salón y se sentó sin mostrar la más mínima señal de sentir que llegaba tarde. Su actitud era tan despreocupada que Bayona no tuvo más remedio que interrumpir su charla y saludarla. Ilona se presentó y, al mencionar que su nombre era como el de la novela de Álvaro Mutis, ella se apresuró a decir que llegaba con la lluvia. Él añadió: "Y tarde".
En ese momento, el ambiente en el salón se volvió tenso. Bayona le hizo ver que podría ser comprensible llegar treinta minutos después, pero al menos jadeando. Explicó el verbo "acezar" en el tablero, que significa jadear, resoplar, respirar con vehemencia. Si hubiera llegado jadeando, el sonoro retraso no habría tenido mayor importancia, porque demostraría preocupación. Sin embargo, Ilona no ofreció ni la más mínima disculpa. Bayona comparó la situación con un avión: si la clase hubiera sido un vuelo, ella ya lo habría perdido. Simplemente llegó tarde como si estuviera llegando a tiempo, con su propio horario, ajena a cualquier responsabilidad. La tensión duró un minuto y luego Bayona continuó con su charla.
El diálogo después de la clase
A las ocho de la mañana, al terminar, Bayona buscó a Ilona antes de que se fuera. Le preguntó cómo se había sentido con su comentario. Ella se lo tomó muy bien y le agradeció, mientras daba alguna explicación de la tardanza y ofrecía disculpas. Bayona le dijo: "Lástima que no lo hubieras dicho cuando llegaste, habría sido mucho mejor". Luego, mientras caminaba con el profesor y algunos alumnos, conversaban sobre la charla. De repente, uno de ellos mencionó el retraso de Ilona. Más que el retraso en sí, el estudiante estaba sorprendido por la intervención de Bayona, a la que calificó como de "profesor de colegio". Se lo dijo a quemarropa, pero a Bayona le pareció bien.
Entonces se desató una pequeña pero muy valiosa conversación entre varios estudiantes sobre por qué en la universidad está normalizado llegar tarde, como si la puntualidad no hiciera parte de la buena educación. Bayona reflexionó que, como a veces ocurre, después de la clase formal comienza otra clase diferente, donde los estudiantes se desinhiben y pueden entablar un diálogo más sincero. La conversación se prolongó unos minutos, hasta que el profesor anfitrión explicó que casi ningún profesor repara en ese tipo de cosas, y que en sus muchos años en la universidad nunca había presenciado una escena similar. Apoyaba a Bayona, pero reconocía que era raro.
El desayuno y la reflexión final
Luego, el profesor invitó a Bayona a desayunar y continuaron hablando sobre las responsabilidades comunes de un educador, sin importar el espacio ni la edad. Bayona señaló que la universidad sigue creyendo que educar en aspectos fundamentales para la vida en sociedad, como la puntualidad, ya no les corresponde. Asumen que los estudiantes, al salir del colegio, ya están formados en lo básico y listos para una educación más sofisticada. Para Bayona, la experiencia fue apasionante, y todo gracias a Ilona, la puntual.



